Bienvenido a la Iglesia Evangélica del Príncipe de Paz en Honduras, Centro América. 

 

 Culto de Adoración en nuestra Convención nacional de Pastores, 20-23 de Febrero de 2018 

 

  

DIRECTIVA NACIONAL ACTUAL

 

PASTORES QUE SE GRADUARON EL 2017

 

PASTORES DE LA ZONA 2

  

 

Nuestra Visión: Predicar el evangelio de nuestro Señor Jesucristo a toda criatura, con el objeto de sembrar la palabra de Dios en los corazones de las personas y éstas, a su vez puedan alcanzar la vida eterna que El Señor Jesús ofrece.

    

 Dios bendiga a  todos los que visitan esta pagina. Nuestro gran anhelo es que Conozca más y más a nuestro Señor Jesucristo.

 

 

Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente (Juan 6:68-69).

  

UN SALUDO MUY ESPECIAL A NUESTROS HERMANOS DE LA IGLESIA DEL PRINCIPE DE PAZ EN CENTRO AMERICA, MEXICO, BELICE, USA, COLOMBIA,ARGENTINA, CUBA Y OTROS PAISES.

                                                                                                                                                                                                      

 DIRECTIVA INTERNACIONAL DE NUESTRA IGLESIA

 

 

  Vosotros sois la sal de la tierra

Mateo 5:13 (Pérez Millos, S. Comentario al Nuevo Testamento, Mateo)

 

La primera responsabilidad del creyente está expresada mediante la metáfora de la sal. El Señor afirma que ὑμεῖς ἐστε los suyos son τὸ ἅλας τῆς γῆςla sal de la tierra”. La sal siempre fue considerada como algo muy valioso. A los soldados que servían en las legiones romanas se les pagaba parte de sus haberes mediante una porción de sal, de ahí el nombre de salario para referirse a los devengos por trabajo personal. En la antigüedad participar en la sal que se ofrecía a los invitados a una comida, era señal de amistad con el que invitaba. Según costumbres de algunos pueblos quien compartía la sal con otro, quedaba bajo su protección. En el ceremonial de la antigua alianza, las ofrendas que se sacrificaban eran sazonadas con sal (Lv. 2:13). Muchos de los contratos o pactos entre personas se confirmaban mediante el intercambio o la participación en una porción de sal. De ahí que simbólicamente se hable de pacto de sal al convenio de Dios con David, como queda registrado en la Palabra: “¿No sabéis vosotros que Jehová Dios de Israel dio el reino a David sobre Israel para siempre, a él y a sus hijos, bajo pacto de sal?” (2 Cr. 13:5). La sal es también un ingrediente básico en las comidas para sazonarlas y darles un sabor más agradable al paladar, de ahí que en el –probablemente- libro más antiguo de la Escritura, Elifaz diga a Job: “¿Se comerá lo desabrido sin sal?” (Job 6:6).

¿Por qué utilizó aquí Jesús la metáfora de la sal? ¿Qué quiso enseñar con ella? Hay muchas respuestas que pueden ser válidas conforme al pensamiento del intérprete. Sin embargo es evidente que la sal tiene tres funciones principales: a) es un elemento antiséptico; b) es una sustancia que provoca la sed; c) es un compuesto que da sabor a los alimentos. Desde estas tres funciones de la sal se puede comprender el alcance de la enseñanza parabólica o metafórica de Jesús.

Como antiséptico la sal no se contamina con la corrupción y combate el deterioro que producen los elementos degenerativos que corrompen otras substancias. La salazón es un procedimiento utilizado desde tiempos antiquísimos para conservar alimentos perecederos, como carnes y pescados, evitando la descomposición. Bajo esta primera condición de la sal, el Señor estaba enseñando que los suyos deben vivir vidas que no se contaminen con la corrupción del mundo. El creyente está llamado a vivir conforme al modelo del Señor que es ejemplo de vida para todos los que han creído en Él y le siguen (1 P. 2:21–25). La condición del creyente es de santidad de vida. Esa vida santa no es el resultado de una imposición por mandamiento, sino de la comunión de vida con Jesucristo. El creyente debe ser santo en todos sus momentos de vida, porque quien lo llamó es también santo y el que ha nacido de nuevo viene a ser partícipe de la divina naturaleza (2 P. 1:4). Es interesante observar que Pedro escribe sobre la razón de la santidad del creyente, refiriéndose a Dios: “sed santos, porque yo soy santo” (1 P. 1:16). No dice el apóstol sed santos como yo soy santo; eso sería por imitación. Escribe: “sed santos, porque yo soy santo”; esto es por principio vital de identificación. Es decir, como el Señor es santo, quien vive a Cristo no tiene otra opción que ser santo. No cabe duda que la sal no impide la corrupción, pero la evita. De esta misma manera la influencia del creyente no puede evitar la corrupción espiritual de quienes le rodean, pero evita las manifestaciones externas de ella con su influencia y presencia. Es evidente que muchas veces los perversos guardan de expresar sus perversidades o de hacerlas cuando hay un creyente delante. El creyente ha sido sacado de la masa de pecado del mundo por la poderosa obra de Dios (Ef. 2:1–6). El propósito de Dios al hacer esa obra está bien definido: “según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él” (Ef. 1:4). Esto es, separados para Dios, en medio de un mundo corrupto para ser referencia visible de Dios en el mundo. Es una operación de la soberanía divina que así lo ha determinado. La conducta del creyente se establece por causa de esta provisión y concordante con ella. Es decir, el cristiano es salvo para ser santo. En razón a la nueva vida de que ha sido dotado el salvo, en la regeneración espiritual, se distancia de la corrupción que hay en el mundo y ésta no lo contamina (1 P. 1:4). Un resumen concluyente de esta verdad está en las palabras de Pedro: “para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios. Baste ya el tiempo pasado para haber hecho lo que agrada a los gentiles, andando en lascivias, concupiscencias, embriagueces, orgías, disipación y abominables idolatrías” (1 P. 4:2–3). El creyente ha huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de haber sido hecho partícipe de la naturaleza divina (2 P. 1:4).

La sal es también un elemento provocador de la sed. En lugares donde el trabajo se realiza bajo elevadas temperaturas y existe el riesgo de deshidratación, suele administrarse a quienes trabajan en ese ambiente, una dosis de sal para que produzca sed y se haga la ingesta de agua necesaria. En ese mismo sentido, la vida del creyente debiera despertar sed en quienes están bajo su influencia y presencia. El testimonio cristiano es el inevitable complemento a la predicación del evangelio; un mensaje que ofrece agua de vida, que apaga la sed del mundo, que es Cristo mismo (Jn. 4:13–14; 6:35; Ap. 22:17). La evangelización debe ir respaldada por el testimonio de vidas que expresan la satisfacción alcanzada en Jesús. El incrédulo debe sentir sed para acudir a la fuente de agua viva. No cabe duda que quien despierta el deseo y capacita al pecador para salvación es el Espíritu Santo (1 P. 1:2). Sin embargo, se vale muchas veces de los creyentes para que con sus vidas despierten en otros interés por Cristo, y deseo de beber del agua de vida que satisface plenamente. En la sociedad actual, las palabras que expresan promesas, son poco aceptadas, sin embargo el ejemplo de vidas transformadas son un poderoso instrumento que Dios usa para despertar en los perdidos deseo por Cristo. Si la iglesia no tiene un pueblo con un testimonio poderoso, no tiene mensaje válido que proclamar.

Además la sal es también un elemento generador de sabor. Esta es, sin duda, una aplicación de la metáfora mucho más genérica que las anteriores. La presencia del creyente da una nota de sabor en una sociedad insípida y sin aliciente alguno para satisfacer las necesidades morales. No se trata aquí de una actuación colectiva de toda la Iglesia, sino individual de cada uno de los creyentes, que actúan mediante el testimonio personal. La Iglesia no está llamada a pronunciamientos políticos, no es una institución temporal sino eterna, no es una organización política sino celestial. Esto no significa que su presencia e influencia no pueda orientar ciertas decisiones políticas en el gobierno del mundo, pero la misión de la iglesia es testimoniar a las gentes de la esperanza que hay en Cristo, y manifestar al mundo la sociedad transformada por el poder de Dios mediante el testimonio de la comunidad cristiana. La conducta ejemplar del creyente produce un sabor especial y agradable en la sociedad. De muchos modos se manifiesta esto. Hay un sabor especial cuando el cristiano es ejemplo en el cumplimiento de lo establecido por las leyes del país donde vive (Ro. 13:1ss). De la misma manera se hace evidente en una relación familiar concordante con lo que la Biblia establece, en donde cada uno de los miembros procura el bien de los demás, sometiéndose en ese sentido los unos a los otros (Ef. 5:22ss). No hay peor ejemplo para el mundo que un cristianismo nominal intransigente que establece jerarquías dentro de la familia y exige sumisión en lugar de comunión de amor. No significa esto que no se establezca el orden necesario para el correcto funcionamiento del hogar. Pero, no es menos cierto que la sociedad actual queda impactada cuando hay matrimonios que se conservan en afecto entrañable a pesar de los años transcurridos; cuando hay padres que comprenden a sus hijos y los tratan sin imposiciones traumáticas, dándoles tiempo y atención a sus problemas; cuando hay hijos que respetan a sus padres, no por razón de autoridad sino por expresión de amor. Hay un sabor especial en unas relaciones laborales desde la base del respeto y del rendimiento en el trabajo, esté o no el creyente bajo la vigilancia atenta de algún superior (Ef. 6:5–9). Cuando las leyes laborales que rigen la relación del trabajo, quedan en todo superadas por las normas morales establecidas en la Palabra de Dios. Hay sabor en una vida que vive una conducta irreprochable en medio de una sociedad cada vez más corrompida; en donde la mentira está proscrita; el enojo cancelado; el robo no existe; el trabajo se desarrolla con el propósito no de enriquecerse sino de poder tener para compartir con el necesitado; donde las palabras corrompidas desaparecen de la forma de hablar; donde la amargura, el enojo, la ira, la gritería, la maledicencia y la malicia ni siquiera existen; donde la benignidad, la misericordia y el perdón, son el modo natural de relación entre creyentes (Ef. 4:25–31). Hay sabor en la vida de quienes cuando son atropellados, despreciados, maltratados, acosados, victimas en el sufrimiento injustamente provocado por otros, tienen la capacidad de perdonar cualquier ofensa y amar a sus propios ofensores (Col. 3:12–14). No cabe duda que la misión principal de la Iglesia es predicar el evangelio (Mt. 28:18–20; Mr. 16:15–16; Hch. 1:8), pero el contenido espiritual del evangelio de salvación para todo aquel que crea, debe ir acompañado de la asistencia social que también forma parte del mismo. El contenido social del evangelio, al que no puede renunciarse, se proclama, no con palabras, sino con las acciones que los cristianos lleven a cabo en ese entorno. Algunos creen que la misión de la Iglesia consiste en una denuncia social, entendiendo que ese era el carácter del mensaje profético del Antiguo Testamento, y que la Iglesia solo estará en la línea de obediencia al mandato de Cristo, en la medida en que su mensaje sea un mensaje de denuncia social, en lo que algunos llaman Teología de la Liberación. Sin duda alguna las injusticias sociales, la opresión a los menos favorecidos, el hambre de un tercer mundo que contrasta escandalosamente con la opulencia y despilfarro de los países más desarrollados, debe ser denunciado, contrastándolo con la ética del reino de los cielos y proclamando como referencia la conducta que Jesús practicó durante su vida. Pero, el mensaje profético del Antiguo Testamento, tenía el carácter de denuncia social para el entorno del pueblo de Dios, esto es, de Israel en el tiempo en que fueron predicados. Los profetas no denunciaron alteraciones y abusos sociales para otras naciones que no fuese Israel, y cuando lo hicieron con algunas otras, siempre estaba involucrada alguna acción relativa a Israel. Éste era el pueblo de Dios. Los profetas llamaban a este pueblo al arrepentimiento y a un retorno a Dios, que debía expresarse en un estilo de vida consecuente. El cristianismo convulsionó el mundo antiguo no por denuncia, sino por testimonio. Con todo, la Iglesia tiene un mensaje de alto contenido social manifestado en la Palabra al que no puede renunciar, sin dejar mermado un importante grado de testimonio si renuncia a la acción social para el mundo de su tiempo y entorno. Es necesario entender claramente que junto con el evangelio de salvación, es necesario dar de comer al hambriento, consolar al afligido y restituir el derecho al agraviado, como Jesús hizo.

La metáfora de la sal tiene aplicación para algunos de los que estaban oyendo las palabras de Jesús. Jesús dijo ὑμεῖς ἐστε τὸ ἅλας τῆς γῆςvosotros sois la sal de la tierra”. ¿A quienes se estaba refiriendo? Sin duda primariamente a los que él había escogido para ser sus discípulos y enviarlos luego en misión apostólica. Son los que habían descendido con él al lugar donde predicaba y le rodeaban acompañándole en todo momento. Pero, por extensión alcanza a todos los que en el tiempo llegarían a ser sus discípulos, de todas las naciones, en el transcurso de la historia (Mt. 28:19). La sal de la tierra sólo es posible cuando en cada uno de los discípulos de Cristo haya el componente espiritual que los hace sal a ellos mismos. De este modo recoge Marcos en su Evangelio: “Tened sal en vosotros mismos” (Mr. 9:50). El buen sabor de la gracia es lo que produce por comunión el buen sabor de la vida cristiana. No se puede salar sin sal, no hay vida de testimonio posible sin la comunión vivencial con la vida de Cristo.

Junto con la demanda de ser sal, el Señor presenta un problema: ἐὰν δὲ τὸ ἅλας μωρανθῇ, ἐν τίνιἁ λισθήσεταιsi la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?”. Los liberales toman estas palabras para afirmar su oposición a la inspiración plenaria de la Escritura. Ellos encuentran aquí un error científico. La sal nunca puede desvanecerse, es decir, nunca puede dejar de ser salada si es realmente sal. Como compuesto químico la sal nunca pierde su sabor. Sin embargo, el verbo que Mateo utiliza aquí16 tiene el sentido de hacerse vano, literalmente se lee “si la sal se vuelve necia”. El verbo tiene una raíz que lo vincula con algo obtuso, lento, torpe, estúpido, etc. El Señor no está afirmando que la sal pudiera desvanecerse, es decir, dejar de ser salada, simplemente lo está apuntando como una hipótesis para resaltar la inutilidad que produciría si se pudiese llegar a esa situación. Es como si Jesús dijese: “Suponed que ocurriría si la sal pudiese perder su salinidad, ¿cómo podría recuperarla?”. Lo que Cristo está enfatizando con esta hipótesis es la realidad de los creyentes y no la apariencia externa del profesante (5:20). El que no obra como sal, es que nunca fue sal. Esto reviste una especial gravedad, porque si aquel que dice ser sal para otros no lo es ¿quién podrá ser sal para él? Solamente el salvo es sal en la tierra por tener el elemento espiritual que lo capacita en él mismo. El profesante tiene apariencia de ser sal, apariencia de piedad, pero con su vida niega la eficacia de ella. En la iglesia de Cristo siempre hubo y habrá, junto con los convertidos otros que solo son convencidos, que viven al estilo de los cristianos pero no tienen a Cristo.

Del hipotético problema de una sal que se desvanece, se desprende la consecuencia que traería: εἰς οὐδὲν ἰσχύει ἔτι εἰ μὴ βληθὲν ἔξω καταπατεῖσθαι τῶν ἀνθρώπωνNo sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres”. Si lo que aparenta ser sal no lo es, es simplemente arena, que sólo es buena para ser pisada por las gentes. No vale para las funciones de la sal, y solo puede ser usada para las propias de la tierra, servir de sustento a los pies de las gentes que caminen sobre ella. La hipocresía espiritual conducirá a esa situación. Los que sin ser hijos del reino de los cielos, se consideran como tales, su único destino no será el de la vida en el reino, sino el ser tomados, como intrusos sin derecho al reino y echados en las tinieblas de afuera (Mt. 8:12). En esta misma línea de comportamiento contrario a lo que realmente se es, debe recordarse el deterioro que la sal produce cuando se echa sobre la tierra, haciéndola improductiva. De ese modo se actuaba cuando se quería causar un daño definitivo sobre alguna propiedad. Así actuó Abimelec con Siquem (Jue. 9:45). La piedad aparente sirve muchas veces para hacer estéril el mensaje del evangelio, como consecuencia del mal testimonio de los que aparentan ser cristianos. Incluso este problema hace estéril también el alimento de la Palabra en aquellos que observan la conducta inconsecuente de otros que se llaman hermanos. Uno de los daños más graves que se ha hecho sobre muchas generaciones de sencillos creyentes, fue la hipocresía de quienes hablaban de santidad en la iglesia y eran infames en el mundo. Otros naufragaron al ver como la unidad y comunión solo se mantenía con aquellos que simpatizaban con el pensamiento del liderazgo, mientras se marginaba a quienes discrepaban de ellos, no en asuntos de doctrina, sino en opiniones personales. Muchos adolescentes y jóvenes fracasaron en la fe porque vieron como quienes debían manifestar amor por los demás expresaban rencor y odio contra ellos. Muchos hijos de cristianos están en el mundo por haber visto el mal ejemplo de sus padres en lo que se refiere al amor y a la comprensión mutua en el hogar.[1]

 



16 Ver notas al texto griego.

[1] Pérez Millos, S. (2009). Comentario Exegético al Texto Griego del Nuevo Testamento: Mateo (pp. 302–308). Viladecavalls, Barcelona: Editorial CLIE.

 

 

Solamente administradores

 

Y vinieron a Juan y le dijeron: Rabí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, él también bautiza, y todos van a él. Respondió Juan: No puede el hombre recibir nada a menos que le sea dado del cielo. Juan 3.26–27

Hacía 400 años que no se había visto en Israel un profeta con un mensaje como el de Juan el Bautista. Su aparición, a orillas del río Jordán, rápidamente atrajo a personas de toda la región. Con el pasar de los días y las semanas, grandes multitudes acompañaban al profeta.

Todo esto cambió cuando apareció el Mesías. Con su llegada, había concluido la misión del Bautista, y al poco tiempo las multitudes acompañaban a Aquel que había sido bautizado por el profeta. Los más leales seguidores de Juan veían con tristeza cómo la gente lo abandonaba y se le acercaron para instarlo a tomar cartas en el asunto. Detrás del reclamo de los discípulos de Juan estaba la convicción implícita de que Jesús se estaba robando la gente que el profeta había ganado con su propia predicación.

En la respuesta de Juan el Bautista vemos una de las razones por las cuales Cristo elogió tan profundamente su vida. Juan entendía que una persona no se «gana» nada por sus propios méritos, ni tampoco con sus esfuerzos. Todo lo que él recibió vino del Padre, cuyo corazón es uno de inmensa misericordia. Sabía que la multitud le fue prestada por un tiempo, pero que en cualquier momento el Padre podía quitársela porque no era, en definitiva, del profeta, sino de Dios. Por esta razón no opuso resistencia, ni tampoco se llenó de amargura cuando la gente empezó a congregarse alrededor de Cristo.

Muchas veces, como pastores, actuamos como si las vidas de las personas nos pertenecieran. Nos tomamos la atribución de imponerles nuestros planes y gustos, y decidimos sobre ellas como si fuéramos sus amos. La gente, sin embargo, se resiste a este tipo de trato y ¡bien pronto demostrarán su insatisfacción!

Cuán diferente era la actitud de Juan. Lejos de amargarse, el profeta actuó con el desprendimiento y la generosidad de quien tiene un genuino interés por los demás. Cómo oponerse a la fuga de las personas, ¡si les convenía mil veces estar cerca de Cristo que de él!

El líder maduro siempre va a buscar lo que más le conviene a su gente, aun cuando esto le quite «prestigio» a su propio ministerio. Tendrá presente que, así como los hijos le son confiados a los padres por unos años, también su gente le ha sido prestada por un tiempo. Tienen libertad para moverse y actuar conforme a lo que entienden es la voluntad de Dios para sus propias vidas. Aun cuando se equivoquen, el líder respetará esa libertad que Dios también le ha otorgado a él mismo.

 

Para pensar:

¿Cómo actúa cuando le da sugerencias a la gente que pastorea? ¿Qué reacciones tiene cuando ellos rechazan sus consejos o escogen un camino diferente al señalado? ¿Qué evidencias hay de que su gente tiene plena libertad para hacer lo que quiera? ¿Qué cosas puede hacer usted para cultivar más esta libertad en ellos?[1]

 



[1] Shaw, C. (2005). Alza tus ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica: Desarrollo Cristiano Internacional.

 

¿Cuál será el final de tu vida?

Lucas 16:19-31

 

Introducción: Cada hombre tendrá su final. Esta vida solo es el inicio de la vida.

Al final de esta vida cada uno recibirá lo que sembró mientras estuvo aquí en la tierra. Usted puede hacer con su vida lo que quiera, pero al final le pasarán la factura. Al examinar este relato de nuestro Señor podemos aprender tres grandes lecciones sobre el ser humano:

 

I.              Un hombre que lo tiene todo en la vida, pero que realmente era un miserable.

1.    Porque se equivocó en cuanto a las prioridades de la vida.

2.    Porque se dejó engañar por el espejismo de las riquezas.

3.    Porque nunca se dio cuenta que lo que administraba no era suyo.

II.            Una persona puede no tener nada en este mundo pero puede ser rico para con Dios.

1.    Lázaro era pobre en dinero pero tenia fe en Dios.

2.    Lázaro estaba enfermo de su cuerpo pero sano el alma.

3.    Lázaro buenas ropas pero tenia paz.

III.         El fin le llega a cada persona.

1.    Al rico le hacen un gran funeral, pero su alma fue llevada al infierno.

a)   Hasta allí se da cuenta que no tenía nada.

b)   Hasta allí se da cuenta que importante es tener fe en Dios.

c)    Hasta allí se da cuenta que tiene familia.

2.    Lázaro es llevado al cielo, al descanso eterno.

a)   no mas pobreza ni dolor.

b)   No mas soledad ni temor.

 

Conclusión: ¿Con cual de estos dos personajes se identifica Usted? El final nos llegará a todos tarde o temprano. Es necesario ser mas sabios en cuanto a nuestro estilo de vida. Nada trajimos y nada nos llevaremos. El que tiene vienes de este mundo, sepa que solo es administrador de ellos. Nada de esta vida se compara con la fe en Cristo. No confunda la apariencia con la realidad. Tofos daremos cuenta ante Dios. Debemos arrepentirnos ahora y creer en Cristo.

 

 

Jerusalén la ciudad del Gran Rey

Todo el mundo tiene hoy los ojos puestos en Jerusalén. Las profecías se están cumpliendo ante nuestro ojos. Demos una ligera mirada a lo que la Biblia dice respecto a la ciudad de Jerusalén. 

Jerusalén la ciudad del Gran Rey

 Nota: Las citas han sido tomadas de LBLA. Cuando son de otra versión se especifica la final de la cita.

Primeras referencias a Jerusalén.

a) El Rey de Salen. Salen aquí se refiere a Jerusalén.  Entonces Melquisedec, rey de Salem, sacó pan y vino; él era sacerdote del Dios Altísimo. Y lo bendijo, diciendo: Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador del cielo y de la tierra; y bendito sea el Dios Altísimo que entregó a tus enemigos en tu mano. Y le dio Abram el diezmo de todo. (Gén_14:18-19)

a)  Abran Ofrece a Isaac en el monte Moriah que es el mismo lugar donde Salomón construyó el Primer Templo y que está en Jerusalén. “Y Dios dijo: Toma ahora a tu hijo, tu único, a quien amas, a Isaac, y ve a la tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré”. (Gén_22:2)

 

Los tiempos de Josué.

a)  Adonisedec era el Rey de Jerusalén antes de ser conquistada por Israel. Y sucedió que cuando Adonisedec, rey de Jerusalén, oyó que Josué había capturado a Hai y que la había destruido por completo (como había hecho con Jericó y con su rey, así había hecho con Hai y con su rey), y que los habitantes de Gabaón habían concertado la paz con Israel y estaban dentro de su tierra,  (Jos_10:1)

b) La Tribu de Judá conquistó Jerusalén y cohabitó con los Jebuseos. Mas a los jebuseos, habitantes de Jerusalén, los hijos de Judá no pudieron expulsarlos; por tanto, los jebuseos habitan hasta hoy en Jerusalén con los hijos de Judá (Jos_15:63).

 

En el tiempo de los Jueces Jeruslén es reconquistada por la Tribu de judá. Y pelearon los hijos de Judá contra Jerusalén y la tomaron, la pasaron a filo de espada y prendieron fuego a la ciudad.(Jue_1:8,)

 

Los tiempos de David

a)  David toma posesión Jerusalén y la llama Ciudad de David. Y el rey y sus hombres fueron a Jerusalén contra los jebuseos, los habitantes de la tierra, y éstos dijeron a David: No entrarás aquí; aun los ciegos y los cojos te rechazarán; pues pensaban: David no puede entrar aquí.

No obstante, David conquistó la fortaleza de Sion, es decir, la ciudad de David. Y dijo David aquel día: Todo el que quiera herir a los jebuseos, que suba por el túnel del agua y llegue a los cojos y a los ciegos, a los cuales el alma de David aborrece. Por eso se dice: Ni los ciegos ni los cojos entrarán en la casa. David habitó en la fortaleza, y la llamó la ciudad de David. Y edificó David la muralla en derredor desde el Milo hacia adentro. (2Sa_5:6-9)

b)  David Compra la ciudad de Jerusalén por designio Divino.Luego el ángel del SEÑOR ordenó a Gad que dijera a David que subiera y edificara un altar al SEÑOR en la era de Ornán jebuseo. David subió según la palabra que Gad había hablado en nombre del SEÑOR. Y volviéndose Ornán, vio al ángel, y sus cuatro hijos que estaban con él se escondieron. Y Ornán estaba trillando trigo. Y cuando David llegó junto a Ornán, éste miró, y al ver a David, salió de la era y se postró ante David rostro en tierra. Entonces David dijo a Ornán: Dame el lugar de esta era, para que edifique en él un altar al SEÑOR; me lo darás por su justo precio, para que se retire la plaga del pueblo. Y Ornán dijo a David: Tómalo para ti, y que mi señor el rey haga lo que sea bueno ante sus ojos. Mira, daré los bueyes para holocaustos y los trillos para leña y el trigo para la ofrenda de cereal; lo daré todo. Pero el rey David dijo a Ornán: No, sino que ciertamente lo compraré por su justo precio; porque no tomaré para el SEÑOR lo que es tuyo, ni ofreceré un holocausto que no me cueste nada.  Y David dio a Ornán el peso de seiscientos siclos de oro por el lugar. Entonces David edificó allí un altar al SEÑOR, y ofreció holocaustos y ofrendas de paz. E invocó al SEÑOR, y El le respondió con fuego del cielo sobre el altar del holocausto. Y el SEÑOR ordenó al ángel, y éste volvió su espada a la vaina. En aquel tiempo, viendo David que el SEÑOR le había respondido en la era de Ornán jebuseo, ofreció sacrificio allí; (1Cr_21:18-30)

 

En los tiempos de Salomón

a)  Construye el templo en Jerusalén. Entonces Salomón comenzó a edificar la casa del SEÑOR en Jerusalén en el monte Moriah, donde el SEÑOR se había aparecido a su padre David, en el lugar que David había preparado en la era de Ornán jebuseo. (2Cr_3:1)

 

El tiempo de los profetas.

a)  Será compa de vértigo para las naciones vecinas.   He aquí, yo haré de Jerusalén una copa de vértigo para todos los pueblos de alrededor, y cuando haya asedio contra Jerusalén, también lo habrá contra Judá (Zac_12:2).

b)  predicen que Jerusalén será piedra pesada para todas las naciones de la tierra. Y sucederá aquel día que haré de Jerusalén una piedra pesada para todos los pueblos; todos los que la levanten serán severamente desgarrados. Y contra ella se congregarán todas las naciones de la tierra (Zac_12:3).

c)   Es la Capital de Israel. ¡Alégrate mucho, capital de Sión! ¡Da voces de júbilo, ciudad de Jerusalem! Mira a tu Rey llegando, justo y victorioso,° Humilde, montado en un asno, en una cría de asna (Zac_9:9 BTX3).

d)  Jerusalén la Ciudad del gran Rey. Hermoso en su elevación, el gozo de toda la tierra es el monte Sion, en el extremo norte, la ciudad del gran Rey. (Sal_48:2)

e)  Jerusalén será restaurada. Y vino la palabra del SEÑOR de los ejércitos, diciendo: Así dice el SEÑOR de los ejércitos: "He celado a Sion con gran celo, sí, con gran furor la he celado."  Así dice el SEÑOR: "Volveré a Sion y en medio de Jerusalén moraré. Y Jerusalén se llamará Ciudad de la Verdad, y el monte del SEÑOR de los ejércitos, Monte Santo."  Así dice el SEÑOR de los ejércitos: "Aún se sentarán ancianos y ancianas en las calles de Jerusalén, cada uno con su bastón en la mano por causa de sus muchos días.  "Y las calles de la ciudad se llenarán de muchachos y muchachas que jugarán en sus calles."  Así dice el SEÑOR de los ejércitos: "Si en aquellos días esto parece muy difícil a los ojos del remanente de este pueblo, ¿será también muy difícil a mis ojos?"--declara el SEÑOR de los ejércitos. Zac 8:7  Así dice el SEÑOR de los ejércitos: "He aquí, salvaré a mi pueblo de la tierra del oriente y de la tierra donde se pone el sol; Zac 8:8  y los traeré y habitarán en medio de Jerusalén; y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios en verdad y en justicia." (Zac_8:1-8).

f)    El Mesías pondrá nuevamente sus pies en Jerusalén en su Segunda venida en Gloria. Entonces saldrá el SEÑOR y peleará contra aquellas naciones, como cuando El peleó el día de la batalla. Sus pies se posarán aquel día en el monte de los Olivos, que está frente a Jerusalén, al oriente; y el monte de los Olivos se hendirá por el medio, de oriente a occidente, formando un enorme valle, y una mitad del monte se apartará hacia el norte y la otra mitad hacia el sur (Zac_14:3-4).

g)  El Mesías reinará en Jerusalén. Y el SEÑOR será rey sobre toda la tierra; aquel día el SEÑOR será uno, y uno su nombre. Toda la tierra se volverá como una llanura desde Geba hasta Rimón, al sur de Jerusalén; pero ésta se levantará y será habitada en su lugar desde la puerta de Benjamín hasta el lugar de la puerta Primera, hasta la puerta del Angulo, y desde la torre de Hananeel hasta los lagares del rey. Y habitarán en ella y no habrá más maldición; y Jerusalén habitará en seguridad. (Zac_14:9-11)

h)  Los que procuraron la destrucción de Jerusalén serán destruidos. Y sucederá aquel día que me dispondré a destruir a todas las naciones que vengan contra Jerusalén.  (Zac_12:9). Zac 14:12  Esta será la plaga con que el SEÑOR herirá a todos los pueblos que han hecho guerra contra Jerusalén: se pudrirá su carne estando ellos aún de pie, y se pudrirán sus ojos en sus cuencas, y su lengua se pudrirá en su boca. Y sucederá aquel día que habrá entre ellos un gran pánico del SEÑOR; y cada uno agarrará la mano de su prójimo, y levantará su mano contra la mano de su prójimo (Zac. 14:12-13)

 

Reflexión: Estamos viviendo los tiempos verdaderamente proféticos. Las Profecías bíblica se están Cumpliendo literalmente. Literalmente en estos días las naciones están aturdidas con respecto a Jerusalén. Pero es un piedra pesada que aplastará a todos los que intenten cargarla.

Nuestro Señor JESUS viene muy pronto por Su Iglesia verdadera. Debemos asegurarnos que somos miembros de esa Iglesia bendita que escapará de los cataclismos que le vienen a este mundo.

 

¿Que hacer para estar preparados? Hay que arrepentirnos de nuestros pecados y aceptar a JESUS como nuestro Señor y Salvador personal. Hay que vivir en santidad para no ser avergonzados en Su Venida. Si no has nacido de nuevo por la fe en Cristo no verás el Reino de Dios.

 

 

MEDITACIONES SOBRE LOS EVANGELIOS (Marcos) (Ryle, J. C. (2002)E. F. Sanz, Trad.) (pp. 370–378). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Marcos 16:15–18

Debemos notar, en primer lugar, en estos versículos, el encargo de despedida que nuestro Señor les da a sus apóstoles. Se está dirigiendo a ellos por última vez. Les señala su tarea hasta que Él vuelva con palabras de amplio y profundo significado: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”.

El Señor Jesús quería que supiéramos que todo el mundo necesita el Evangelio. El hombre es igual en todas partes del mundo: pecador, corrupto y separado de Dios. Civilizado o no, en China o en África, es por naturaleza igual en todas partes: carece de conocimiento, santidad, fe y amor. Dondequiera que veamos a un hijo de Adán, cualquiera que sea su color, vemos a alguien cuyo corazón es malvado y que necesita la sangre de Cristo, la renovación del Espíritu Santo y la reconciliación con Dios.

El Señor Jesús quería que supiéramos que la salvación del Evangelio ha de ser ofrecida libremente a toda la Humanidad. Las alegres noticias de que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” y de que “Cristo murió por los impíos” han de ser proclamadas libremente “a toda criatura”. No tenemos justificación para hacer excepción alguna en la proclamación. No estamos autorizados a limitar el ofrecimiento a los elegidos. Incumplimos la plenitud de las palabras de Cristo y limitamos la amplitud de lo que dijo si no nos atrevemos a decirle a alguien: Dios está lleno de amor por ti, Cristo está dispuesto a salvarte. “Y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22:17).

Veamos en estas palabras de Cristo el más convincente argumento a favor de la tarea misionera tanto en nuestro país como en el extranjero. Recordando estas palabras, no nos cansemos de tratar de hacer bien a las almas de toda la Humanidad. Si no podemos ir a los paganos de China o del Indostán, tratemos de iluminar las tinieblas que fácilmente encontraremos a nuestro alcance en la puerta de al lado. Sigamos trabajando, inconmovibles a pesar de las burlas y los insultos de aquellos que desaprueban las operaciones misioneras y las desprecian. Podemos compadecernos de esas personas. Solo muestran su ignorancia tanto de la Escritura como de la voluntad de Cristo. No entienden “ni lo que hablan ni lo que afirman” (1 Timoteo 1:7).

Debemos notar en estos versículos, en segundo lugar, los términos que nuestro Señor nos dice que hay que ofrecer a todos los que escuchen el Evangelio: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado”. Cada palabra en esa frase es de profunda importancia. Cada expresión en ella merece ser considerada cuidadosamente.

Aquí se nos enseña la importancia del bautismo. Es una ordenanza generalmente necesaria para la salvación allí donde se puede recibir. No dice “el que creyere” simplemente, sino “el que creyere y fuere bautizado, será salvo”. Hay miles de personas que, sin duda, no reciben beneficio alguno de su bautismo. Miles que han sido lavadas en el agua sacramental pero que nunca han sido lavadas en la sangre de Cristo. Pero eso no significa que haya que rechazar o despreciar el bautismo. Es una ordenanza señalada por Cristo mismo y, cuando se utiliza con reverencia, inteligencia y oración, va sin duda acompañada de una bendición especial. El agua bautismal en sí no transfiere gracia. Debemos mirar por encima del mero elemento externo a Aquel que ordenó utilizarlo. Pero la confesión pública de Cristo, que está implícita en el uso del agua, es un acto sacramental que nuestro Maestro mismo ha ordenado; y, cuando la ordenanza se utiliza correctamente, podemos con confianza creer que Él la sella con su bendición.

Se nos enseña aquí, además, la absoluta necesidad de la fe en Cristo para la salvación. Eso es lo único necesario. “El que no creyere” es quien se perderá eternamente. Puede haber sido bautizado y ser miembro de la Iglesia visible. Puede participar de forma regular en la Mesa del Señor. Puede hasta creer intelectualmente en todos los principales artículos del Credo. Pero nada le aprovecharán si carece de fe salvadora en Cristo. ¿Tenemos nosotros esta fe? Esta es la gran pregunta que nos concierne a todos. A no ser que reconozcamos nuestros pecados y vayamos a Cristo por la fe y nos aferremos a Él, con el tiempo descubriremos que mejor nos sería no haber nacido.

Se nos enseña aquí, además, la certeza de los juicios de Dios sobre aquellos que mueren en incredulidad. “El que no creyere, será condenado”. ¡Qué terribles suenan esas palabras! ¡Cuán tremendo el pensamiento de que proceden de Aquel que dijo: “Mis palabras no pasarán”! Que nadie se engañe con palabras vanas. Hay un Infierno eterno para todos aquellos que persistan en su maldad y se vayan de este mundo sin creer en Cristo. Cuanto mayor es la misericordia que se nos ofrece en el Evangelio, mayor será la culpa de aquellos que con obstinación rehúsan creer. “¡Ojalá fueran sabios, que comprendieran esto, y se dieran cuenta del fin que les espera!” (Deuteronomio 32:29). Aquel que murió en la Cruz nos ha advertido claramente que hay un Infierno y que los que no crean serán condenados. ¡Prestemos atención para que no se nos haga en vano esta advertencia!

Debemos notar en estos versículos, finalmente, las promesas de ayuda especial que nuestro Señor por su gracia ofrece a sus apóstoles en sus palabras de despedida. Conocía bien las enormes dificultades de la obra que les acababa de encomendar. Conocía bien la terrible batalla que tendrían que luchar contra el ateísmo, el mundo y el diablo. Por tanto, les anima diciéndoles que su obra iría acompañada de milagros: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán”. En Hechos de los Apóstoles se encuentra el cumplimiento de la mayoría de estas promesas.

La era de los milagros, sin duda, hace tiempo que pasó. Nunca se pretendió que continuaran tras el establecimiento de la Iglesia. Solo al principio, cuando las plantas se han sembrado, necesitan ser regadas y cuidadas cada día. Toda la analogía de la relación de Dios con su Iglesia nos prohíbe esperar que los milagros continúen siempre. En realidad, los milagros dejarían de serlo si sucedieran regularmente sin parar o interrumpirse. Es bueno recordar esto. Puede salvarnos de mucha confusión.

Pero, aunque la era de los milagros físicos haya pasado, podemos animarnos con el pensamiento de que la Iglesia de Cristo nunca carecerá de una ayuda especial en tiempos de necesidad especial. La gran Cabeza celestial nunca abandonará a sus miembros creyentes. Sus ojos están continuamente sobre ellos. Siempre les dispensará su ayuda con sabiduría y los socorrerá el día que sea necesario: “Vendrá el enemigo como río; más el Espíritu de Jehová levantará bandera contra él” (Isaías 59:19).

Por último, nunca olvidemos que la Iglesia creyente en Cristo en todo el mundo es en sí un milagro permanente. La conversión y la perseverancia en la gracia de cada miembro de esa Iglesia es una señal y un milagro tan grande como la resurrección de Lázaro. La renovación de cada santo es una gran maravilla, como la expulsión de un demonio, la sanidad de un enfermo o hablar en una nueva lengua. Demos gracias a Dios por esto y animémonos. La era de los milagros espirituales no ha pasado aún. Bienaventurados aquellos que han aprendido esto por experiencia y pueden decir: Yo estaba muerto y he vuelto a la vida, estaba ciego y ahora veo.

Marcos 16:19–20

Estas palabras constituyen la conclusión del Evangelio de S. Marcos. Aunque el pasaje es breve, se trata de una conclusión idónea para la historia del ministerio terrenal de nuestro Señor Jesucristo. Nos dice adónde fue nuestro Señor cuando dejó este mundo y ascendió a lo alto. Nos dice lo que experimentaron sus discípulos cuando su Maestro los dejó y lo que todos los verdaderos cristianos pueden esperar hasta que Él vuelva.

Señalemos en estos versículos el lugar al que fue nuestro Señor cuando terminó su obra en la Tierra y el lugar donde está en la actualidad. Se nos dice que “fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios”. Regresó a aquella gloria que tenía con el Padre antes de venir al mundo. Recibió, como nuestro victorioso Mediador y Redentor, la más elevada posición de dignidad y poder en el Cielo que nuestras mentes pueden concebir. Allí está sentado, no ocioso, sino llevando a cabo la misma obra bendita por la que murió en la Cruz. Allí vive intercediendo siempre por todos aquellos que por Él se acercan a Dios y a los que puede salvar perpetuamente (cf. Hebreos 7:25).

Hay gran consuelo aquí para todos los verdaderos cristianos. Viven en un mundo malvado. Con frecuencia están preocupados y cargados con muchas cosas y caen gravemente en la debilidad y las flaquezas. Viven en un mundo moribundo. Sienten que sus cuerpos van fallando y cediendo cada vez más. Tienen ante ellos la terrible perspectiva de partir pronto a un mundo desconocido. ¿Qué puede alentarlos? Deben descansar en el pensamiento de que su Salvador está en el Cielo siempre dispuesto a ayudar, nunca inactivo ni durmiendo. Deben recordar que, aunque ellos duerman, Jesús está despierto; aunque ellos desmayen, Jesús nunca se cansa; aunque ellos sean débiles, Jesús es todopoderoso; y aunque ellos mueran, Jesús vive eternamente. ¡Bendito sea este pensamiento! Nuestro Salvador, aunque invisible, es realmente una persona viva. Viajamos hacia una morada donde nuestro mejor Amigo ha ido antes a preparar un lugar para nosotros (Juan 14:2). El precursor ha entrado y ha preparado las cosas. No nos sorprende que Pablo exclame: “¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Romanos 8:34).

Señalemos en estos versículos, por otro lado, la bendición que nuestro Señor Jesucristo otorga a todos aquellos que trabajan fielmente para Él. Se nos dice que, cuando los discípulos salieron y predicaron, el Señor les ayudó y confirmó “la palabra con las señales que la seguían”.

Conocemos bien por Hechos de los Apóstoles y por las páginas de la historia de la Iglesia la forma en que estas palabras demostraron ser ciertas. Conocemos que los primeros frutos que recogieron los obreros en los campos de Cristo fueron prisiones y aflicciones, persecución y oposición. Pero también sabemos que, a pesar de todos los esfuerzos de Satanás, la Palabra de verdad no fue predicada en vano. De vez en cuando se iban reuniendo creyentes que salían del mundo. Se establecieron iglesias de santos en una ciudad tras otra y en un país tras otro. La pequeña semilla del cristianismo creció gradualmente hasta llegar a ser un gran árbol. Cristo mismo luchó denodadamente junto a sus propios obreros y, a pesar de todo obstáculo, su obra siguió adelante. La buena semilla nunca se desperdició totalmente. Antes o después, hubo “señales que la seguían”.

No dudemos de que estas cosas se escribieron para animarnos hasta la llegada del fin del mundo. Creamos que nadie trabajará nunca fielmente para Cristo para descubrir al final que su obra no ha servido para nada. Continuemos trabajando con paciencia, cada uno en su propia situación. Prediquemos, enseñemos, hablemos, escribamos, advirtamos, testifiquemos y tengamos la seguridad de que nuestro trabajo no es en vano. Puede que muramos sin ver resultados de nuestra obra. Pero es seguro que el último día se demostrará que el Señor Jesús siempre trabajó con aquellos que trabajaban para Él y que hubo señales que siguieron esa obra aunque no se le permitiera al obrero verlas. Estemos entonces “firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre”. Quizá continuemos en nuestro camino a duras penas y sembremos con muchas lágrimas; pero, si sembramos la preciosa semilla de Cristo, volveremos “a venir con regocijo, trayendo [nuestras] gavillas” (1 Corintios 15:58; Salmo 126:6).

Y ahora cerremos las páginas del Evangelio de S. Marcos con un examen de conciencia examinándonos a nosotros mismos. No nos conformemos con haber visto con nuestros ojos y oído con nuestros oídos las cosas escritas aquí para aprender acerca de Jesucristo. Preguntémonos si sabemos que Cristo mora por la fe en nuestros corazones. ¿Da el Espíritu testimonio a nuestro espíritu de que Cristo es nuestro y nosotros somos suyos? ¿Podemos decir verdaderamente que estamos viviendo la vida de fe en el Hijo de Dios y que hemos descubierto por experiencia que Cristo es precioso para nuestras almas? Son preguntas muy serias que requieren ser consideradas. ¡No descansemos hasta poder darles una respuesta satisfactoria! “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:12).[1]

 



[1] Ryle, J. C. (2002). Meditaciones sobre los Evangelios: Marcos. (E. F. Sanz, Trad.) (pp. 370–378). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

 

El pecado en el creyente

Artículos | Por Aimeé Pérez

La realidad de las cosas es que todos somos pecadores, no importa si unos más o unos menos, en cuestión de pecado y santidad no existen las competencias; un vestido blanco deja de estar totalmente blanco por una pequeña mancha.

El problema es que nos enfocamos en el tamaño de la mancha y por su medida juzgamos si alguien, o inclusive nosotros mismos, merecemos o no el perdón que ofrece Cristo; este enfoque es completamente incorrecto.

La cuestión aquí es que no importa el tamaño de la mancha, ¡nosotros manchamos un vestido blanco que no nos pertenecía! y no importa qué hagamos para limpiarlo, no podremos nunca dejarlo como estaba. Es por ello que necesitamos desesperadamente a Cristo. Él es el único que puede limpiar las manchas que hicimos.

“Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios”.
(1 Juan 3:4-9
Descripción: http://www.logos.com/images/Corporate/LibronixLink_dark.png)

Casi inmediatamente después de que el hombre fue creado desobedeció al Señor (Gen. 3Descripción: http://www.logos.com/images/Corporate/LibronixLink_dark.png), desde entonces se observa, a lo largo de la historia, al ser humano esforzándose por torcer las leyes (la de Dios y la de los hombres) y estirar los límites de ellas.

Tan sólo la constitución de los Estados Unidos Mexicanos ha sufrido desde 1917, cerca de 700 enmiendas. En 1919 nuestro país vecino, Estados Unidos, aprobó la decimoctava enmienda a su constitución, conocida como “la ley seca”; en ella se prohibía la venta de alcohol. Sin embargo, debido a la presión que ejercía el crimen organizado, tuvo que ser abrogada unos cuantos años más tarde con la vigesimoprimera enmienda. Un excelente ejemplo de un dicho popular que dice: ¡si no puedes contra el enemigo, únetele!

Pero como cristianos este no puede, ni debe ser nuestro dicho, por el contrario, Cristo vino a deshacer las obras del maligno y el pecado en nosotros. Además, como seres humanos podremos cambiar, enmendar, omitir o anular las leyes humanas, pero nunca podremos (por más que unamos fuerzas) cambiar un solo mandato del Señor.

Punto uno: No importa lo que diga la moda actual, ni lo que dicte en este momento el mundo, la Ley de Dios es inmutable y todos la hemos transgredido, necesitamos venir a los pies de Cristo y vivir en obediencia al Padre como Jesús lo hizo.

En estos pocos versículos encontramos 9 veces la palabra pecado o sus vertientes, pero curiosamente la palabra pecado no existe como tal en la lengua griega; la palabra más común que se utiliza quiere decir no dar en el blanco, errar. Pero también se utilizan palabras como: iniquidad, perversidad, transgresión, error, mentira, engaño, desobediencia, concupiscencia y caída, ésta última se refiere a la ruptura de una relación correcta con Dios.

Como se puede apreciar el pecado abarca varias cosas y de la misma manera también varias áreas. La Ley de Dios va más allá de no cometer una acción pecaminosa, Wayne Grudem comenta que “El pecado es no conformarnos a la Ley moral de Dios en acciones, actitudes o naturaleza”. Se trata también de los deseos que hay en nuestro corazón.

Esta sociedad está contaminada de pensamientos que dicen que las personas son libres de hacer lo que les plazca siempre y cuando no se dañe a nadie; filosofías que dicen que, si uno no se da cuenta, no pasa nada, inclusive tenemos dichos populares como: “ojo que no ve, corazón que no siente”. Pero esta mentalidad está muy lejos de ser la mentalidad de Cristo, inclusive, el Señor condena lo que hay en nuestro pensamiento: la lujuria, el egoísmo, la codicia son un ejemplo de esto.

Pasamos por alto que casi todo comienza en nuestro pensamiento como lo dice el libro de Santiago: “sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”.

Somos descuidados en nuestra forma de pensar; primero porque creemos que nuestros pensamientos no hacen daño; segundo porque creemos que nadie se enterará de ellos y tercero; porque no somos conscientes de la importancia que tienen. Nos permitimos a nosotros mismos vivir en el desorden mental y esto no debe ser así.

Debemos estar alerta a los pensamientos que albergamos, ya que es allí donde se anidan las ideas que terminaran siendo nuestras acciones. Debemos poner orden y limites en nuestro pensamiento, dejar la auto indulgencia y volvernos estrictos con nosotros mismos.

A medida en que dejemos al Espíritu Santo hacer su obra completa en nosotros y entendamos que nuestro pensamiento define nuestro cristianismo, nos será mucho más fácil dejar los ataques de pánico, la manipulación, la envidia, la codicia y el considerarnos a nosotros mismos superiores a los demás.

Punto dos: Debemos alinear nuestros pensamientos con la Palabra de Dios ya que en nuestra mente se efectúa la primera escala para llegar a la acción de pecar en contra del Señor.
“Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio”.

Debemos recordar que una de las finalidades con las que el apóstol escribe esta epístola es para alertar a la iglesia sobre las falsas doctrinas, en específico la de los gnósticos; estos “maestros” sostenían estar cerca de Dios y ser justos; no le daban ninguna importancia a su manera de actuar, es decir, cometían pecados intencionalmente y sostenían que esto no era relevante en lo más mínimo.

Juan explicó en estos versículos una de las características del comportamiento de los falsos maestros: practican el pecado deliberadamente y no sienten arrepentimiento; lo que claramente demuestra que no han sido justificados por Cristo y que siguen siendo hijos del diablo, ya que una persona regenerada no puede pecar sin ser fuertemente incomodada por el Espíritu Santo que mora en ella.

“Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”. Cristo vino a vencer las obras del maligno; con su resurrección venció la muerte, con su obediencia perfecta justifica a los pecadores arrepentidos, y aunque Satanás sigue operando en el mundo, ya no controla al creyente y podemos vivir confiados en que llegará un día en que por fin cesará toda la influencia de Satanás en este mundo.

“Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios”

Estos versículos a simple vista parecieran no dejar cabida al error humano o al pecado en el creyente, Juan es tajante en toda su carta; en ella todo es blanco o negro, luz o tinieblas, verdad o mentira, hijo de Dios o hijo del diablo; para el apóstol prácticamente, no existen lo que llamamos medias tintas.

Pero Juan conoce perfectamente la situación del hombre y la realidad que enfrenta el cristiano con el pecado y sabe que el creyente ocasionalmente caerá en el error. El apóstol Pablo lo explica muy acertadamente en Romanos 7Descripción: http://www.logos.com/images/Corporate/LibronixLink_dark.png aseverando que él mismo tiene una lucha; por un lado, quiere hacer el bien y por el otro lado no lo hace, quiere agradar a Dios y cumplir sus mandamientos, pero por otro lado cae en pecado y en la autocomplacencia, “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado”.

La diferencia entre el creyente y el no creyente es que el no creyente busca complacerse en todo momento así mismo y tiene tan cauterizada su conciencia que no busca a Dios ni obedecerle en lo más mínimo, deliberadamente solapa en sí mismo su pecado y se goza con quien lo practica.

Y el creyente, aunque sabe que Cristo ya lo ha limpiado por todos sus pecados pasados, presentes y futuros, lucha en contra de su pecado; se arrepiente, busca con un corazón humilde obedecer y complacer a Dios, de tal manera que, con la ayuda del Espíritu Santo, cada vez va pecando menos y va obteniendo la victoria sobre esa tendencia egoísta y pecaminosa.

Punto tres: El creyente tiene a Cristo quien lo justifica con el Padre de su maldad, pero esto no le da licencia para hacer del pecado un modo de vida rutinario. Por el contrario, si un cristiano persiste deliberadamente en pecar, se debe poner en tela de juicio su salvación.

Debemos estar agradecidos con el Señor porque nos equipa para obtener la victoria día a día y no nos dejó solos en nuestra lucha contra el pecado. Como creyentes es necesario que echemos mano de las herramientas que puso a nuestro alrededor; su Palabra, porque a través de ella conocemos a Dios y lo que le agrada y lo que le disgusta; por el Espíritu Santo, ya que él nos redarguye y nos trae convicción de pecado; y por la comunión con otros miembros de su iglesia, ya que nos ayudan a permanecer fieles a Cristo a través de sus oraciones, exhortaciones y restauraciones.

El amor del Señor es tan grande que a pesar de que sabe que somos pecadores y seguiremos cayendo eventualmente en errores, nos equipa, nos limpia, nos acepta, nos llama hijos y nos bendice cada día. Que nuestro gozo sea complacerlo a Él antes que a nosotros mismos, que su Espíritu nos dé convicción de pecado y no nos permita jamás amoldarnos o acostumbrarnos a manchar lo que Él, a un precio muy alto, ha dejado completamente limpio.

Publicado en La Paz de Cristo el 5 de Mayo de 2017 por Aimeé Pérez
BIBLIOGRAFIA

Simon J. Kistemaker. Comentario del Nuevo Testamento. Grand Rapids, Michigan, EE.UU. 1986.

Matthew Henry. Comentario Bíblico. Editorial CLIE, Barcelona, 1999.

Wayne Grudem, Teología Sistemática, una introducción a la doctrina bíblica, edición revisada 2009 (Editorial Vida – 2007), Miami, Florida, 2009.

E. F. Harrison, G.W. Bromiley y C.F.H. Henry. Diccionario de Teología. Grand Rapids, Michigan, EE.UU. 1960.

The ESV Study Bible, Crossway Bibles, 2008.

Autor: Aimeé Pérez

Es una pintora autodidacta con estudios Bíblicos en Willingdon School of the Bible, Canadá. Es madre de tres adolescentes. Actualmente pinta y sirve a Dios en la iglesia La Paz de Cristo en Baja California Sur, México. Su obra artística puede ser consultada en aimeperez.com

 

 

ENTRADA TRIUNFAL DE NUESTRO SEÑOR A JERUSALEN

(Henry, M., & Lacueva, F. (1999). Comentario Bı́blico de Matthew Henry).

 LUCAS 19:27-40
 Ahora, el Señor Jesús se halla de viaje hacia Jerusalén para asistir a la última Pascua que iba a celebrar, y en la que había de ser sacrificado como la gran Víctima Pascual (1 Co. 5:7). Vemos:
 

I. Cómo se elevó la expectación de sus amigos en esta ocasión (v. 11): «Pensaban que el reino de Dios iba a manifestarse inmediatamente». También los fariseos lo esperaban para este tiempo (v. 17:20). Los discípulos pensaban que el Maestro lo iba a introducir inmediatamente con pompa y poder temporales. Jerusalén por supuesto, había de ser la sede de su reino; por consiguiente, ahora que va directamente allá, no cabe duda de que pronto le van a ver sentado allí en su trono. También los buenos están expuestos a equivocarse en cuanto al reino de Cristo (incluso los que se expresan así. Nota del traductor).

II. Cómo quedaron fallidas estas expectaciones de los discípulos, y rectificados sus errores. Esto lo hace Jesús en cuanto a tres cosas:

1. Ellos esperaban que el Maestro apareciera en su gloria de inmediato, pero Él les dice que habrá que esperar bastante tiempo hasta que sea instalado en su reino. Es como «un hombre noble que se fue a un país lejano, para recibir un reino» (v. 12). Debe recibir primero el reino, «y volver». Cristo volverá en aquel gran día, que aguardamos en esperanza de bienaventuranza y manifestación gloriosa (Tit. 2:3). ¡Mantengamos viva y activa esta expectación!

2. Esperaban que, al ser los apóstoles de Cristo y sus servidores más cercanos serían promovidos a los puestos del más alto rango, pero Él les declara que, en lugar de pensar en honores, se pongan a trabajar, y negociar con el tesoro que pone en sus manos. Ellos soñaban con sentarse a la derecha y a la izquierda del Rey (Mt. 20:21; Mr. 10:37), pero Cristo les hace despertar a la dura realidad de los próximos trabajos, en lugar de animarles en los sueños de glorias todavía lejanas. Les viene a decir:

(A) Que tienen un gran trabajo que llevar a cabo al presente. El Señor les entrega, como a los siervos de la parábola (v. 13), un tesoro con el que han de negociar hasta que Él venga. En la parábola, los siervos son diez, lo mismo que las minas que se entregan a cada uno (cada mina equivalía a 560 dólares oro) por ser «diez» el número base para formar un grupo; de ahí que, en las sinagogas judías, no se comience el servicio propiamente dicho hasta que asistan, por lo menos, diez miembros varones (así se entiende mejor Gn. 18:32; Rt. 4:2). Esta parábola se distingue de la de los talentos (Mt. 25:14 y ss.) en que allí el talento significa la capacidad de cada siervo (v. 15) y la retribución es, por consiguiente, proporcional a la capacidad; mientras que aquí la mina es la misma para todos, pues representa el tesoro de los medios de gracia (en especial, la Palabra de Dios) con que los siervos han de negociar. De ahí que, con un tesoro igual, los resultados son diferentes, mientras que en Mateo 25:14 y ss., a dones diferentes corresponden premios comparativamente iguales. Por eso, esta parábola nos exhorta a echar mano, con la mayor diligencia posible, de los medios que Dios nos proporciona, los cuales no están limitados a los pastores de almas ni a los predicadores de la Palabra de Dios, sino a todo creyente que debe «estar siempre preparado para presentar defensa con mansedumbre y respeto ante todo el que le demande razón de la esperanza» (1 P. 3:15). En el verdadero cristianismo no hay «profesionales» de la religión, sino que todo creyente ha de ser «hombre de Dios», y todo hombre de Dios ha de estar «bien pertrechado [de las Escrituras] para toda buena obra» (2 Ti. 3:16–17).

(B) Que tienen una gran cuenta que rendir en breve, pues se les llamará, para saber lo que ha negociado cada uno (v. 15). Los que hayan trabajado fielmente, saldrán ganadores. Muchos negociantes salen perdedores con su negocio, por mucha diligencia que pongan en él; pero en este negocio, nadie que trabaje fielmente saldrá perdedor, aun cuando muchas veces no vea el fruto de su trabajo. Cada alma que se convierte mediante un buen testimonio del Evangelio es una clara ganancia para Jesucristo y también para el siervo de Dios, por cuyo medio ha sido presentado el mensaje (v. por ej. 2 Ti. 4:7–8). Vemos en la parábola:

(a) La buena cuenta que rindieron algunos de estos diez siervos y la aprobación que recibieron del amo (vv. 16, 19). Los dos que aquí se mencionan habían obtenido ganancias, aunque no iguales, ya que la mina del uno había producido diez, mientras que la del otro había producido cinco. Ambos habían sido fieles, aunque no habían tenido éxito igual. Por el contexto, no podemos aventurarnos a pensar que el uno había puesto más diligencia que el otro, sino que había encontrado menos dificultad en el desempeño del negocio. Ambos también reconocen que el tesoro no era de ellos, sino del amo, pues dicen: «tu mina» (vv. 16, 18). A ambos dice el amo: Está bien (lit. muy bien, o ¡bravo!), buen siervo (v. 17; implícito en el «también» del v. 19). Ha de importarnos, ante todo, lo que diga el Señor de nuestro trabajo, no lo que piensen o digan los demás (v. 1 Co. 4:3–5). En cuanto a la recompensa, dice Lenski: «¿Qué son esas “diez ciudades”, y qué significa estar sobre ellas? Todo lo que somos capaces de decir es que aquí se muestra el más alto grado de gloria para los fieles en el cielo. Más allá de esto, hemos de esperar hasta que llegue el gran día. Así Jesús podía hablar de estas realidades sólo por medio de figuras, porque ningún lenguaje humano es capaz de expresar las realidades». Lo único claro aquí es que, así como los castigos no serán iguales para todos (v. 12:47–48), así tampoco las recompensas serán iguales (comp. con 1 Co. 3:12–15).

(b) La mala cuenta que rindió uno de los siervos y la sentencia que el amo pronunció contra él (v. 20). También éste reconoció que la mina no era suya («tu mina», v. 20), pero pensaba que, al no haber malgastado el dinero, ya había cumplido con el encargo del amo. Este siervo representa a los que se tienen por «creyentes», pero nunca aprovechan la oportunidad de dar un buen testimonio, como si tuvieran el mensaje envuelto en un pañuelo. ¡Y todavía se atreve a excusarse con la expresión injuriosa de que el amo es «exigente» (en el griego, «austero») y que quiere «segar donde no sembró», como si la Palabra de Dios no fuera una «semilla» destinada a producir cosecha! (v. Mr. 4:14, 26–28). El jesuita portugués Vieyra hubo de confesar, en una célebre homilía que la única causa por la que la gente no se vuelve a Dios es «porque en los púlpitos no se siembra la Palabra de Dios». ¿Qué predicamos, a Cristo Crucificado (1 Co. 1:23; 2:2) o a nosotros mismos (2 Co. 4:5)? Pero la mala excusa se volvió contra el mal siervo, pues el amo le dijo: «Por tu propia boca te juzgo» (v. 22). Si pensaba que el amo era exigente, tanto mayor razón para que él fuese diligente. Además, con haber puesto el dinero en el Banco, se conformaba el amo (v. 23); eso, pocos sudores había de costarle al siervo. Aquí vemos que las razones del holgazán son siempre sinrazones (v. Pr. 20:4; 26:13–16). Así que le es quitada la mina, y entregada al que mejor había negociado (v. 24), puesto que todo amo prudente promueve al que mejor le sirve en el negocio, y despide al que no le es útil, esto es lo que significa la respuesta del amo en el versículo 26. (Véase también Mt. 13:12, con el comentario a dicho lugar.) ¡Triste condición la de un creyente (y, especialmente, la de un ministro de Dios) que, al tener tales tesoros en su mano (v. 2 Co. 4:7), no los aprovecha para la gloria de Dios y la salvación de almas inmortales!

3. Esperaban, en fin los apóstoles que simultáneamente con la pronta aparición del reino de Dios, el grueso de la nación judía entraría sin dificultad en él, pero Cristo les dice que, cuando Él se marche, la generación de aquel tiempo persistiría en su rebeldía y obstinación. Lo cual se muestra en esta parábola:

(A) En el mensaje que los ciudadanos enviaron al señor, luego que Él se marchó: «No queremos que éste reine sobre nosotros» (v. 14). Podemos ver este grito en la boca de los principales sacerdotes el día de la crucifixión del Señor (Jn. 19:15) pero la profecía de Jesús se cumplió especialmente después de su ascensión a los cielos, pues desde entonces hasta la fecha, la mayoría inmensa de los judíos se han negado a creer que Jesucristo es el Mesías; menos aún, que es el Hijo de Dios. Podría incluso preguntarse si muchos de los que creen en Cristo como Salvador, están dispuestos a someterse al yugo que Él impone como Rey. No se puede olvidar que el mismo que es Jesús y Cristo, es también Señor (v. por ej. Hch. 2:36; Col. 2:6).

(B) En la sentencia que el señor pronuncia a su vuelta (v. 27): «Pero a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y degolladlos delante de mí». Cuando los fieles siervos del Señor hayan sido recompensados, será el tiempo de que el Señor tome venganza de sus enemigos. La porción de todos los que persistan en su enemistad con Cristo será una ruina total (v. Mt. 10:28). En esta «política» no caben neutrales: los que no se sometan al suave yugo del Rey eterno, serán contados por enemigos declarados del Soberano Divino. Todo el que rehúse ser gobernado por la gracia de Cristo, será arruinado sin escape ni remedio por la ira del Cordero (Ap. 6:16–17).[1]

 



[1] Henry, M., & Lacueva, F. (1999). Comentario Bı́blico de Matthew Henry (pp. 1329–1330). 08224 TERRASSA (Barcelona): Editorial CLIE.

 

 

Meditaciones sobre el Evangelio de Juan

Juan 1:6-13

Por Ryle, J. C

 

S. Juan, después de comenzar su Evangelio con una declaración de la naturaleza de nuestro Señor como Dios, pasa a hablar de su precursor: Juan el Bautista.

No se debe pasar por alto el contraste entre el lenguaje empleado en referencia al Salvador y el empleado para hablar de su precursor. De Cristo se nos dice que era el Dios eterno, el Creador de todas las cosas, la fuente de vida y de luz. De Juan el Bautista se nos dice simplemente que “hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan”.

Vemos en estos versículos, en primer lugar, la verdadera naturaleza del deber de un ministro cristiano. Lo tenemos en la descripción de Juan el Bautista: “Vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él”.

Los ministros cristianos no son sacerdotes ni mediadores entre Dios y el hombre. No son instrumentos a cuyas manos los hombres y las mujeres encomiendan sus almas y que se dedican a la religión de ellos como sus representantes. Son testigos. Tienen la misión de dar testimonio de la verdad de Dios, y especialmente de la gran verdad de que Cristo es el único Salvador y la luz del mundo. Este fue el ministerio de S. Pedro en el día de Pentecostés: “Con otras muchas palabras testificaba” (Hechos 2:40). Ese era el propósito de todo el ministerio de S. Pablo: “Testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hechos 20:21). A menos que un ministro cristiano dé un testimonio pleno de Cristo, no es fiel para hacer su trabajo. En la medida que testifica de Cristo, ha hecho su parte y recibirá su recompensa, aunque sus oyentes no crean su testimonio. Mientras los oyentes de un ministro no crean en aquel Cristo de quien se les habla, no reciben beneficio alguno del ministerio. Puede agradarles e interesarles, pero no obtienen provecho hasta creer. El gran fin del testimonio del ministro es que, por medio de él, los hombres lleguen a creer.

Vemos en estos versículos, en segundo lugar, una posición prioritaria que ocupa nuestro Señor Jesucristo hacia la Humanidad. La tenemos en las palabras: “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo”.

Cristo es para las almas de los hombres lo que el Sol es para el mundo. Es el centro y la fuente de toda luz, vida y salud, de todo calor y crecimiento, de toda belleza y fertilidad espirituales. Como el Sol, brilla para el beneficio generalizado de toda la Humanidad: para altos y bajos, ricos y pobres, judíos y griegos. Como el Sol, es gratis para todos. Todos pueden mirar a Él y recibir salud de su luz. Si millones de personas estuvieran lo bastante locas como para vivir en cuevas bajo tierra o vendarse los ojos, sus tinieblas serían culpa suya, y no culpa del Sol. Así también, si millones de hombres y mujeres aman las tinieblas espirituales más que la luz (cf. Juan 3:19), la culpa es de sus ciegos corazones y no de Cristo: “Su necio corazón fue entenebrecido” (Romanos 1:21). Pero tanto si los hombres ven a Cristo como si no, Cristo es el verdadero sol y la luz del mundo. No hay luz para los pecadores excepto en Jesucristo.

Vemos en estos versículos, en tercer lugar, la extrema maldad del corazón natural del hombre. La tenemos en las palabras de Cristo: “En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”.

Cristo estaba en el mundo invisiblemente mucho antes de nacer de la virgen María. Estaba allí desde el principio mismo gobernando, ordenando y dirigiendo toda la Creación. “Todas las cosas en él subsisten” (Colosenses 1:17). Le dio a todos vida y aire, lluvia del Cielo y estaciones con fruto. Por medio de Él reinaron los reyes y las naciones crecieron o disminuyeron. Pero los hombres no le conocieron ni le honraron, “honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador” (Romanos 1:25). ¡Bien merece el corazón natural ser llamado “malo”!

Pero Cristo vino al mundo visiblemente cuando nació en Belén y no le fue mejor. Vino a las mismas personas a las que había sacado de Egipto y que había adquirido para sí. Vino a los judíos, a quienes había apartado de otras naciones y a quien se había revelado por medio de los profetas. Vino a aquellos judíos mismos que habían leído de Él en las Escrituras del Antiguo Testamento, que le habían visto bajo tipos y figuras en sus cultos en el Templo y que habían profesado estar esperando su Venida. Y sin embargo, cuando vino, aquellos mismos judíos no le recibieron. Llegaron a rechazarle, a despreciarlo y a matarlo. ¡Bien merece el corazón natural ser llamado “extremadamente malo”!

Por último, vemos en estos versículos el inmenso privilegio de todos aquellos que reciben a Cristo y creen en Él. Se nos dice que “a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”.

Cristo nunca se quedará sin algunos siervos. Si la inmensa mayoría de los judíos no le recibieron como el Mesías, hubo, de todos modos, unos cuantos que sí lo hicieron. A ellos les dio el privilegio de ser hijos de Dios. Él los adoptó como miembros de la familia de su Padre. Los reconoció como sus propios hermanos y hermanas, hueso de sus huesos y carne de su carne. Les confirió una dignidad que era una amplia recompensa por la cruz que tenían que llevar por Él. Los hizo hijos e hijas del Señor Todopoderoso.

Debemos recordar que privilegios como estos son posesión de todos aquellos en todas las épocas que reciben a Cristo por la fe y le siguen como su Salvador. Son “hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26). Son nacidos de nuevo por un nacimiento nuevo y celestial y adoptados en la familia del Rey de reyes. Pocos en número y despreciados por el mundo, son cuidados con amor infinito por un Padre en los Cielos que, por amor a su Hijo, se complace mucho en ellos. En el tiempo les proporciona todo lo que es para su bien. En la eternidad les dará una corona de gloria que no se desvanece. ¡Esas son grandes cosas! Pero la fe en Cristo otorga a los hombres abundantes derechos. Dios es maestro en cuidar a sus siervos, y Cristo cuida de los suyos.

¿Somos nosotros hijos de Dios? ¿Hemos nacido de nuevo? ¿Tenemos las marcas que siempre acompañan al nuevo nacimiento: convicción de pecado, fe en Jesús, amor a otros, una vida justa y separación del mundo? Nunca nos conformemos hasta que demos una respuesta satisfactoria a estas preguntas.

¿Deseamos ser hijos de Dios? Entonces recibamos a Cristo como nuestro Salvador y creamos en Él con el corazón. A todo el que le recibe, le dará el privilegio de ser hijo de Dios.[1]

 



[1] Ryle, J. C. (2004–2005). Meditaciones sobre los Evangelios: Juan. (E. F. Sanz, Ed., D. C. Williams, Trad.) (Vol. 1, pp. 36–40). Moral de Calatrava, España: Editorial Peregrino.

 

 

CARTA A MIS COMPAÑEROS DE MILICIA

Por Carlos Izaguirre Medina

 

A cada uno de los  Pastores de la Iglesia del Príncipe de Paz en America: Salud y Paz.

 

Queridos compañeros de la Milicia de nuestra preciosa fe dada una vez a los santos. Ruego a nuestro Dios y Padre Celestial en el Nombre de nuestro Señor Jesucristo, que seas llenos de toda clase de bendiciones en el Día que nuestra Iglesia a designado para reconocer vuestra labor en El Señor.

 

Conociendo por experiencia lo difícil que esta tarea, le rogamos al Señor de la Mies que os de fortaleza y os de sabiduría para que sigáis como lo estáis haciendo hasta ahora. La labor que con empeño hacéis cada día es muy valiosa ante los ojos de Dios. Vosotros sois los instrumentos del Señor para esculpir la imagen de Dios en las almas de los que creen el mensaje del Evangelio. ¡Glorioso trabajo!

 

Vuestra obra trasciende esta vida terrena y la veréis en la eternidad. No te desanimes aunque duro sea el camino que tengas que transitar, llora cuando tengas dolor, ríe cuando puedas, pero no desmayes que al final del camino te espera El Señor.

 

Sigue firme en la Doctrina que has aprendido en la santa Biblia. Recuerda que La Biblia es la única regla infalible de fe y conducta. No te apartes de este precioso Libro, medita de día y de noche en el. Si así lo haces serás prosperado en tu alma y tendrás buen éxito. Recuerda los grandes ejemplos que registran las paginas sagradas de la Biblia.

 

Se tu mismo, pule tu propio estilo, no imites a nadie. No pierdas tu tiempo tratando de convencer a los que ya decidieron ir por el camino equivocado. Trabaja con los que el Señor traiga a Su redil y han decidido ser sus discípulos. Expone las verdades de la Biblia, pero no las impongas. Demuestra con tu vida que vale la pena creer lo que predicas. No trates de demostrar que estas en la verdad, vive en la verdad.

 

Cuando veas a un compañero de milicia que cojea, no le des otro golpe. Ve, dale un abrazo y dile: no esta solo hermano, hay bálsamo en Galad. Si nuestro compañero de milicia cae, poderoso es su Señor para levantarlo.

 

Adelante hermano, no te detengas que el galardón será grande. Si alguien te dijera en tu cara: “Tu no has hecho nada en la obra”, no lo creas. Lo que haces por Jesús y su obra es muy valioso por pequeño que sea. No se te olvide que el Señor no mira lo que uno sabe ni lo que es capas de hacer, sino lo que uno es como persona.

 

Tu eres importante en la obra del Evangelio. Tu tienes mucho que darle a otros. El Señor te ha dotado con algo que no todos tienen. Úsalo para la gloria de Dios. Que no te abrumen las dudas, úsalas como fuerza para seguir investigando mas a fondo nuestra fe.

 

Bien compañero, felicidades en este Día del Pastor. Te habla uno que ha caminado siguiendo al Señor Resucitado ya casi 43 años. Y, ¿Sabes qué? Siempre me ha tratado bien. El mal que el enemigo ha querido hacerme, El Rey JEUS lo a convertido en bien.

 

Un abrazo fuerte de toda la Directiva de nuestra Iglesia en Honduras.

 

Hasta luego mi amado compañero de milicia. Piensa en lo que te he escrito en esta carta. ¿Que tal si El Señor te está dando alguna buena Palabra? ¡Yo también tengo El Espíritu del Señor!

 

Carlos Izaguirre Medina

Tu compañero de Milicia.

 

 

 

El líder y sus riesgos

Yoccou, R. C. (1991). El lı́der conforme al corazón de Dios (pp. 161–184). Miami, Florida: Editorial Unilit.

(Todo líder consciente de lo que implica ser líder en las filas del cristianismo, debería leer este libro.

Creo que hay crisis en muchas denominaciones en lo que respecta al liderazgo. Hay mucha arrogancia y deseo de tener el control absoluto de la Iglesia con fines sucios. Uno de los factores que contribuye a esta desgracia es la miopía o carnalidad de muchos pastores. Me da mucha tristeza como están siendo desplazados muchos lideres viejos de las denominaciones por lideres que no son confiables. No se desplazan porque ya no sirven, se desplazan por que les estorba a los interés mundanos de los lideres corruptos. Le ruego lea este articulo y le animo a que compre el libro completo. Reflexione y compártalo con otros. Carlos Izaguirre Medina, Pastor desde hace mas de 40 años)

Este capítulo es una continuación del anterior, aunque el enfoque sea distinto. Al iniciarlo, debemos decir que existen riesgos producidos por el ministerio y otros por el ministro. Hay inconvenientes que nos sobrevienen por nuestra determinación de cumplir el mandato, y otros por sucumbir a las tentaciones.

Tocante a lo primero ya hemos estudiado algo en casi todos los capítulos, pero especialmente en el cuarto y séptimo; solamente que siempre tenemos el cuidado de pensar que no hemos dicho todo lo que hay que decir con respecto a los riesgos del ministerio y, en verdad, parecería que siempre podemos agregar una palabra más. Sin embargo, para evitar caer en repeticiones, nos limitaremos a lo que Pablo dijo a los Tesalonicenses: “Porque nuestra exhortación no procedió de error ni de impureza, ni por engaño, sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones. Porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo; ni buscamos gloria de los hombres …” (1 Tesalonicenses 2:3–6).

En estas pocas palabras, Pablo describió por lo menos siete riesgos en el ministerio que rodeaban su exhortación, predicación y acción dentro del rebaño. El se había cuidado de hacer todo para agradar a Dios, y a causa de ello había sufrido bastante.

Con respecto a lo segundo, es decir, los riesgos que pudieran sobrevenir por las tentaciones personales que sufre el ministro, podríamos señalar lo siguiente:

1. El mal ejemplo

Un descuido puede ser usado por el enemigo para destruir el potencial espiritual y hacer fracasar al siervo de Dios. Pudiera ser alguna opinión sin madurar, o alguna ligereza en transmitir confidencias. Quizás, desprolijidad en ajustarse a la verdad o gestos que no coindicen con la vida de los santos.

Ya mencionamos en otra parte lo que le sucedió a Pedro, que habiendo sido un ejemplo en Galacia, por temor a los hombres produjo una escena de fingimiento que manchó su reputación (Gálatas 2:11–14). Pero, reprendido, aprendió la lección, y posteriormente, el mismo dice que los pastores debemos ser ejemplos del rebaño (1 Pedro 5:3).

La figura del pastor está unida a la santidad, al temor de Dios, a la conducta de veracidad, etcétera; y cuando estas cualidades esenciales se dañan, nos quedamos con la persona pero no con el liderazgo. Pablo exhortaba a los cristianos a “vivir delante de Dios” (2 Corintios 4:2; 7:12) por el respeto que significaba el llevar su nombre.

2. El ejercicio del dominio sobre los demás

Para ser líder, es necesario que los liderados estén sujetos. El peligro está en que nos olvidemos de quién es el Señor del rebaño, y comencemos a manipularlo; es decir, a usarlo para beneficio propio. Algo así como lo que hizo David cuando envió a todos a la guerra y él se quedó en Jerusalén. Después que se acostó con la mujer de Urías, se produjo un movimiento de personas para aquí y para allí a fin de que Urías muriera y el nacimiento del niño apareciera legítimo (2 Samuel 11). Pero Dios dijo: No.

Quizás, y Dios lo quiera, no lleguemos a semejantes manejos de los que están a nuestro cuidado, pero sí a realizar cosas semejantes a lo que leemos en Gálatas 6:13: “Ni siquiera los que se circuncidan cumplen todo lo que la ley dice. En cambio quieren que ustedes se circunciden, para así ellos presumir de haberlos obligado a ustedes a llevar esa marca en el cuerpo” (Dios Habla Hoy). ¿Dónde estaba el manipuleo? En que ciertos líderes sometían a sus hermanos a ritos para ganar crédito con los judíos que abogaban por este tipo de proselitismo (comp. Filipenses 3:3). ¿No podrían existir ahora quienes impongan algo a los hermanos, para quedar bien con otros o para demostrar capacidad de dominio sobre los que tienen a su cuidado?

3. La búsqueda de prestigio

El mundo está lleno de personajes que andan en busca de prestigio. Hay quienes se afanan para que todos sepan quién es el cerebro de los aciertos, y no investiguen por qué causa ocurren los fracasos.

Pero no debe ocurrir así con nosotros. En el tiempo antiguo, Dios le ofreció a Moisés, ponerlo delante de gente mejor que Israel, cuando le dijo: “Yo los heriré de mortandad y los destruiré, y a ti te pondré sobre gente más grande y más fuerte que ellos” (Números 14:12); pero él no quiso, porque creía que, a pesar de todo, los propósitos del Señor para él estaban unidos a ese pueblo, y oró para seguir con ellos.

Buscar prestigio propio es cambiar el objetivo del plan, y eso no puede ser correcto (Romanos 14:18). La mirada que ponemos en las apariencias estimula la aprobación humana, pero nos aleja de la mirada de Dios. La tentación de convertirnos en ídolo es tan peligrosa como caminar al borde de un precipicio.

Las ovejas tienen que ver a su pastor como alguien que sobresale por sus cualidades espirituales, el medio por el cual Cristo es exaltado en medio del rebaño. Así como un día un palo sirvió para levantar a la serpiente de bronce en el desierto, a la cual los israelitas mordidos tenían que mirar, nosotros debemos ser únicamente medios para levantar a Cristo, al cual todos tienen que ver.

CONSIDERACIONES SOBRE LOS RIESGOS

 

1.  Seguir el modelo bíblico es comprender lo que Dios exige.

2.   Si el Señor no es el Pastor, nosotros no somos sus representantes.

3.   Cuando el Espíritu convoca por medio de un líder, la atracción es hacia el Señor.

4.   El líder puede ganar prestigio, pero solamente Dios le confiere autoridad.

 

 

4. El abandono de la administración espiritual

Estamos rodeados de un ambiente de superficialidad que con suma facilidad nos invade. Imperceptiblemente podemos ir cediendo lugares que corresponden al Señor, si permitimos que hábitos o pensamientos nos distancien de los objetivos trazados por Dios. La administración espiritual reclama una comunicación constante con el Dueño del rebaño.

Varias defecciones, todas unidas entre sí o cada una por separado, pueden integrar los estados espirituales en los cuales hemos abandonado el ministerio del Señor. Trataremos de estudiar algunos, presuponiendo que ni son los únicos ni van generalmente solos, sino que forman parte de un nuevo estilo de vida que se opone a la ley del Espíritu.

A. El abandono del primer amor:

Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor” (Apocalipsis 2:4). El trabajo, la paciencia, el sufrimiento, la severidad con los malos, la firmeza contra la hipocresía, etcétera habían caracterizado a los líderes de Efeso. Dios, que todo lo ve, sabía que no habían desmayado en poner las cosas en su lugar, pero también sabía que todo se había realizado a costa de la pérdida irreparable del primer amor (comp. Jeremías 2:2–5). Nada de malo había en lo realizado. Nadie hubiera podido detectar lo que estaba en juego, pero evidentemente estos pastores se amaban a sí mismos antes que a Dios. Querían demostrar la capacidad para poner orden, pero tenían desordenado el corazón.

Dios es amor (1 Juan 4:8, 16), de modo que abandonar el amor primero, es abandonar a Dios. Permanecer en el amor es estar en Dios; en esencia, en sus planes, en todo lo que quiere. El mismo escritor de Apocalipsis dice repetidamente que conocemos ese amor por la cruz del Calvario y la muerte de Cristo.

Dice 1 Juan 3:16 “En esto hemos conocido el amor, en que el puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos”.

¿Qué había sucedido con los líderes de Efeso? Tenían todo, pero por haber abandonado el amor al Señor, la relación con hermanos era fría. Los reglamentos se habían convertido en los líderes del rebaño, y el desconcierto era muy grande.

La solución demandada por Dios fue muy severa: “Recuerda, por tanto, de donde has caído, y arrepiéntete y haz las primeras obras”; es decir una rectificación total en el modo de pensar y de ser.

B. La soberbia del primer lugar:

Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos, no nos recibe” (3 Juan 9). Con liviandad, Diótrefes había preparado un mal diagnóstico de los hermanos, y los disciplinaba a discreción. Como Juan, estos hermanos tenían hermosos momentos de comunión con Cristo; pero él para dominarlos, reglamentaba esa comunión y quería guiar al rebaño usando instrumentos del diablo: “parloteando con palabras malignas”. Diótrefes reprimía a la iglesia arrebatándole el señorío a Cristo, y doblegando a las ovejas con formas de vida ajenas al reino de Dios. Con ferocidad eliminaba todo aquello que pudiera dañar su investidura; aunque, juntamente con un rebaño asustado, hubieran huido el amor, la comunión y progreso. En su irritación, había disciplinado a Juan, el ungido del Señor, quizás pensando que su presencia devolvería a ese rebaño el amor que él quería para sí.

Nosotros también podemos incurrir en el mismo absurdo, si actuamos pensando en nuestra posición; aunque no podamos ver a Cristo en lo que hacemos, o invoquemos su nombre para conducirnos como lo hacemos.

En el ambiente de tirantez vuelven a sonar las palabras de Pedro: “No como teniendo señorío sobre los que están a vuestro [nuestro] cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:3).

C. La complicación con cosas temporales:

Ninguno que milita se enreda con los negocios de la vida” (2 Timoteo 2:4). Problemas graves nacen de la pérdida o abandono de la verdadera misión.

Algunos aman más la comodidad que el ministerio como, Demas (2 Timoteo 4:10), y se van tras ese objetivo. Otros creen que el ministerio se puede atender “a ratos libres”, quizás como Arquipo (Colosenses 4:17), y lo ponen de lado. Otros creen que el ministerio es un modo para obtener una posición de prosperidad, e invocando que Dios es rico, se “marean” por el dinero. Otros creen que Dios no les ha llamado a dar “más tiempo al ministerio” y dan solamente los momentos de sueño (Efesios 5:14). ¡Cuántas maneras de pensar!

Lamentablemente, si nos enredamos, realmente perdimos el liderazgo. Las ovejas comprenden que ya no dependemos del Señor, sino de las circunstancias, y que nuestros enredos no nos permiten usar la percepción espiritual. Necesitamos volver a entronizar a Cristo, para desatar estas ligaduras y gozar de su libertad.

D. El abuso en las cosas sagradas:

No te corresponde a ti, oh Uzías, el quemar incienso a Jehová” (2 Crónicas 26:18). La historia del rey Uzías había sido muy satisfactoria, porque “persistió en buscar a Dios” (2 Crónicas 26:5). Pero un día, enorgullecido, se introdujo en terreno prohibido, queriendo dominar esferas que Dios tenía reservadas para sí; y fue destituido. Este mismo fue el primer error que cometió Saúl (1 Samuel 13:8–15), y Samuel tuvo que reprenderle severamente.

Estas cosas ocurren cuando en un proceso de autosuficiencia crece el amor propio y sucumbe la santidad.

Hechos similares suelen acompañar a veces a nuestro liderazgo, y entonces se detiene la transformación del Espíritu (2 Corintios 3:18) y se destruye la vida espiritual del rebaño. Andar en santidad es también ver a Dios en todos nuestros actos (Hechos 12:14); es ser guiados por el Espíritu (Romanos 8:4). Andar es mucho más que trabajar, es tener una vida dinámica sujeta a la dirección del Espíritu Santo. Si manipulamos las cosas sagradas, estamos siguiendo los dictados de la carne en total conflicto con Dios; cegado en cuanto al camino de santidad.

Una vez dañado el honor de la santidad, nos será más fácil ingresar en el lugar santo para malversar ofrendas destinadas a Dios o gastar dineros en gustos personales. Una vez que se veló en nosotros el rostro de Dios, la naturaleza carnal tendrá acceso a las determinaciones, y habremos comenzado a ser juguetes de nosotros mismos; sin advertir que él ha puesto ya su ojo de justicia sobre nuestro pecado (1 Pedro 3:12). Sin quererlo, pero sabiéndolo, a nosotros también nos puede suceder algo similar a lo de Uzías.

E. El descuido del sexo:

A las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza” (1 Timoteo 5:2). A la irreprensibilidad de la cual Pablo le habló a Timoteo (1 Timoteo 3:2) le agregó otros adjetivos de pureza y santidad (1 Timoteo 5:22). Una de las asechanzas más eficaces que el diablo usó—y usa—contra los líderes es el sexo. Muchos hombres de Dios, que se alejan de las relaciones con su hogar y se aislan del conveniente consejo pastoral, han caído atados de pies y manos junto a una o varias mujeres que fingían admirarlo. A veces, como en el caso de Judá, la entrada de la codicia (Génesis 38:16–18) desplazó a las reglas del Espíritu. En otras ocasiones faltó la confesión del pensamiento torcido hacia lo impuro (Filipenses 4:8); y el líder siguió esa senda hasta la fatal caída, con un estrépito que prevalece por toda una generación. Bien se encarga el diablo de preparar tretas o trampas para ellos, porque sabe que el daño para el evangelio es enorme.

El antídoto bíblico es el eficaz: “Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:3). El término “puro” es hagnos en griego, y significa entre otras cosas: casto, puro, claro. Se usa en 2 Corintios 11:2 como el objetivo de Pablo para lo Corintios: “Os he desposado con un solo esposo, para presentarnos como una virgen pura a Cristo”, donde nuevamente la vida cristiana aparece como un casamiento en las condiciones bíblicas sin intromisión de amores foráneos.

El primer paso en la derrota está en dejar de mirar al Señor para mirarnos a nosotros mismos y lo que somos; y el segundo, en mirar a una mujer.

El envilecimiento que produce el ver a un modelo en las honduras del pecado es de tal magnitud, que el Espíritu no restablece más su credibilidad delante de ese rebaño. Sí le perdona el pecado, como también debemos hacerlo nosotros si se arrepiente y lo confiesa; pero una cosa es el perdón del pecado y otra la restitución del modelo. Dice la Escritura: “Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; más el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (1 Corintios 6:18). De modo que la fornicación es única en el género de los pecados.

Otra advertencia de Dios es: “Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él, porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:17). “Destruir”, en este versículo, significa: descomponer, corromper, hacer de menor calidad, etcétera, y se utiliza para señalar la retribución para los que dañan las condiciones de la santidad. Es la situación que se plantea cuando un líder quiere “seguir al frente” sin confesar, sin reconocer y sin esperar el veredicto de Dios sobre lo sucedido; imitando sin quererlo a los mismos paganos (2 Pedro 2:12).

Pablo le recomendó a Timoteo: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Timoteo 4:16). La pérdida para el rebaño era fatal si Timoteo no se cuidaba a sí mismo. Si él erraba al blanco y caía, habría enlodado el evangelio con sus propuestas, y desbandado al auditorio por falta de liderazgo y de doctrina. El, también, se hubiera sumado a los erráticos que Pablo le menciona en sus cartas, que tanto dolor le habían producido.

La advertencia para nosotros sigue en pie, es la misma, tiene el mismo origen, y está aplicada con el mismo poder. Dios nos vuelve a llamar a la santidad: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia” (Colosenses 3:12).

ADVERTENCIA SOBRE LOS PELIGROS
DEL LIDERAZGO

 

1.  Vigilar el primer amor es también una manera de saber qué lugar ocupa Dios en nuestras vidas.

2.   Cumplimos con nuestra responsabilidad cuando ocupamos nuestro lugar, y perdemos nuestro lugar cuando buscamos posición.

3.   Para conocer el valor que damos al amor, debemos saber cuánto valen las cosas y viceversa.

4.   Obrar en santidad es trabajar delante de Dios: si nuestras manos están limpias, nuestro corazón es puro.

 

 

XIII

El líder y la rendición de cuentas

Siendo mayordomo del Señor, es previsible que debamos rendir cuentas. Como ya lo hemos visto en los capítulos seis y once, constantemente tenemos que presentarnos delante de él, y en algunas oportunidades recibir reproches muy amargos, así como en otras recompensas.

La Biblia, sin embargo, nos enseña que aún nos espera el día cuando todo el ministerio será expuesto delante del Señor. En Hebreos 13:17 dice: “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta” Dar cuentas significa que, aparte de presentarnos delante de Dios, tendremos que explicar el modo en que cuidamos del rebaño.

No nos agrada admitir que nuestro liderazgo esté tan expuesto como para que, no solamente Dios intervenga, sino que, como veremos a continuación, también los hombres lo observen; aunque él sea el único que juzgue. Esta reflexión surge de 1 Corintios 4:1–5, que trataremos de investigar:

1. Distintos ángulos de observación

A. “Téngannos los hombres por servidores de Cristo (v. 1):

La observación de la gente. La primera fuente de juicio son los demás. Cuando miran, ven hombres, pero cuando contemplan los movimientos, ven “servidores de Cristo”. Pablo se refería a los remeros en un barco romano que ocupaba la fila inferior, los esclavos. Sujetos a un régimen de labor muy riguroso, estos hombres no percibían recompensa, salvo el saber que la embarcación avanzaba.

Por otro lado, el servidor de Cristo es un “administrador de los misterios de Dios”, es decir, la persona que realmente maneja y distribuye las verdades. Parecería que la comparación de esclavo remero no coincidiría con la de administrador de Dios. Lo que ocurre es que la primera, muestra la sujeción al Señor; y la segunda, la relación con los demás. “Los misterios” son las cosas escondidas que Dios tiene para los que le aman (1 Corintios 2:9), y que los líderes reciben y comparten con el rebaño.

B. “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros” (v. 3):

La actitud de los hermanos. También los corintios habían querido tener una parte en el juicio a Pablo, y querían determinar el futuro de su trabajo. Aunque Pablo estaba sujeto a la iglesia de Antioquía, y también respetaba a las que fundaba y posteriormente visitaba, esa iglesia en particular, no estaba en condiciones de emitir ningún parecer respecto de él. El estado de caos en la administración espiritual y la jactancia por el pecado (5:2), les había privado de competencia para emitir opinión sobre su maestro. Antes de pensar en juzgar a Pablo tendrían que haber averiguado quién tomaría la primera piedra. Francamente, la osadía de los corintios era muy grande. Pero a Pablo no le preocupaba el “tribunal humano”, sino, como ya lo había explicado, el temor de estar delante del Señor (1:8; 3:13).

Los hermanos que no conocían su corazón, no podían evaluar sus móviles; ni se daban cuenta de la gravedad del pecado de calumnia en que incurrían. Estaban incapacitados para lo que tenían que hacer, que era copiar modelos (4:16; 11:1) y en cambio querían introducirse en los temas que no les correspondían.

C. “Ni aun yo me juzgo a mí mismo” (v. 3):

La reflexión de Pablo. No es que hubiera perdido el autorreproche, sino que no deseaba justificar sus actos. No dijo que no tuviera faltas, sino que no le correspondía hacer un veredicto sobre su ministerio. No se preocupaba por su evaluación; porque era un remero en el buque de Dios, y únicamente él podía darle o quitarle la recompensa. No quería que su ministerio estuviera influenciado por presiones, aunque fueran de él mismo. Pablo distinguía bien una fuente de observación de un tribunal. Nos hace bien estar bajo las fuentes de observación, nos incentiva en la dignidad de nuestra labor. Las advertencias, las correcciones y aun los exámenes que debemos rendir, nos estimulan para refinar y perfeccionar los métodos hacia al objetivo (2 Corintios 4:18).

2. Confirmación del veredicto

Las obligaciones que Pablo había cumplido en Corinto, así como las actitudes asumidas contra la división, y contra la posición de la sabiduría griega, habían fomentado entre algunos hermanos un ambiente para crear un tribunal de juicio.

Pablo estaba convencido de que su conciencia estaba limpia y de que esos hermanos desubicados debian suspender esa actitud. Los corintios solamente veían el momento que pasaban, pero no tenían noción sobre el futuro. Tampoco comprendían lo que Dios estaba haciendo en el cambio de las ovejas hacia una vida espiritual.

Frecuentemente, también los actos de muchos líderes pasan por la incomprensión circunstancial de hermanos que se resienten cuando notan que están afectados sus intereses, y copian a los corintios, sin ver ni comprender el futuro.

A. “Hasta que venga el Señor” (v. 5):

El momento. Esta frase abre nuevamente el tema de la aplicación práctica de la venida del Señor. Por siglos los teólogos han pasado horas y horas escribiendo cronologías y buscando alternativas a sus opiniones divergentes, sin lograr resultado absoluto.

La Biblia, en cambio, aborda el asunto con fuerte interés práctico. En el caso que nos ocupa, tenemos un vehemente llamado a detener esos juzgamientos, a ver las cosas de otra manera. Porque a pesar de que Pablo y Apolos tenían diferencia en las opiniones (v. 6) tenían una misma meta y mostraban ser ejemplo. El Señor que, es el Juez, aún no había venido; por consiguiente, no había llegado el tiempo del juicio.

Así también con nosotros: si cometiéramos el error de juzgar, subordinaríamos la dignidad del evangelio al arrebatarle los derechos al Señor.

Algunas veces los mismos líderes hemos caído en la trampa de juzgar a nuestros colegas delante de las ovejas por causas que nos parecen equivocadas; sin advertir el daño para el rebaño y la deshonra para el Señor. Esta es la más alta expresión de la murmuración, por la cual Dios condenó a María la hermana de Aarón con lepra (Números 14:1–3).

Pablo, que conocía bien su ministerio y el riesgo que corrían aquellos hermanos, se afanó por sofocar lo que estaba seguro de que Dios no aceptaría; es decir, compartir el trono de su justicia con los hombres (comp. Romanos 14:3–4).

B. “el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas” (v. 5):

El alcance. Cuando venga el Señor corregirá aun el modo de juzgar, porque inagurará la era de la verdad. Desaparecerán, entonces, las sospechas y los juicios prematuros con las limitaciones de todo tipo que tenemos ahora.

“Hasta que venga el Señor”, significa detenernos en nuestros dictámenes apresurados, para depositar todo en el trono de quien es el titular de esa magistratura. Aclarar lo oculto de las tinieblas, es sacar a la luz lo que ahora no se ve. Muchos secretos escondidos durante la vida, sean buenos o malos, sean asuntos privados o conocidos, que han estado en la incertidumbre estarán a plena luz. Ya lo dice el texto: “No hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13).

Hoy él sabe todo, cuando venga nosotros también lo sabremos. Un día Acán, en riguroso secreto, fue el líder de un saqueo de cosas reservadas para Dios (Josué 7). Nadie lo sabía, nadie lo había visto y todo parecía haber acontecido en el más riguroso secreto. Pero Dios lo vio y lo denunció, y Acán fue posteriormente ajusticiado en público.

Como en aquel día lejano, ahora también podemos realizar cosas en oculto que nosotros reservamos por temor a perder nuestro lugar; sin reparar que un día la perdida será aun más catastrófica. Al pensar que Dios sacará a la luz una vida entera con todo lo que tiene de escondido, nos turba y nos hace temblar.

Parte de la reacción surge porque “ignoramos” que ya ahora Dios sabe todas las cosas. Leemos en 1 Samuel 16:7: “Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”.

Eliab no tenía el corazón recto delante de Dios, y nadie lo sabía, ni aun Samuel; pero al oírlo hablar más adelante acerca de su hermano y acumular acusaciones falsas y denigrantes, soltando la lengua desmedidamente, nos damos cuenta lo que Dios había determinado (1 Samuel 18:28–30) (comp. 2 Crónicas 6:30).

¿Qué dice el Salmo 44? “Si nos hubiésemos olvidado del nombre de nuestro Dios, o alzado nuestras manos a dios ajeno, ¿no demandaría Dios esto? Porque él conoce los secretos del corazón” (20–21). Dios es omnisciente, todo lo sabe, todo lo escudriña, todo lo analiza de acuerdo a su estimación infalible nacida de su conocimiento perfecto (comp. Apocalipsis 2:2, 9, 19, 23; 3:1, 2, 15). Por otro lado, habrá llegado también el momento de la claridad para las cosas bien hechas, algunas de las cuales habían pasado inadvertidas por nosotros. Será un comienzo fresco, cambiador del modo de comprender aun lo que nosotros no entendíamos, ni podíamos explicar. Pablo estaba seguro de que había actitudes, así como labores que había hecho con autenticidad, que los corintios no sabían, algunas de las cuales quizás ni sabía él mismo, pero que Dios sacaría a la luz.

Así como leemos que Jesús vio todo en el caso de la mujer que daba las dos blancas, también nos dice el texto que está viendo a los que dan de comer o beber a otros; a los que reciben en sus casas y dan abrigo y medicina en casos de necesidad. Dios mira a los que visitan las cárceles, identificándose con sus hijos perseguidos, y en su momento aparecerá la recompensa.

C. “manifestará las intenciones de los corazones” (v. 5):

El método. La palabra “intenciones” significa: resoluciones o determinaciones del corazón. Las hay por parte de Dios: “A éste, entregado por determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios …” (Hechos 2:23) y también de los hombres: “Y siendo incómodo el puerto para invernar, la mayoría acordó zarpar también de allí …” (Hechos 27:12).

Manifestar las intenciones, es entonces, poner en claro las razones por las que ciertas resoluciones se tomaron y sus resultados. Pablo les dijo a los líderes de Efeso que no había rehusado darles a conocer todos los propósitos (las resoluciones) de Dios (Hechos 20:27) para el funcionamiento de la iglesia. Es el mismo Señor quien hará visible lo que nadie jamás pudo, ni puede ver, que es el interior de nuestro ser. Descubrirá por qué hicimos esto o aquello y, en ese análisis, sabremos qué hicimos y las resoluciones para hacer lo que no pudimos. Leemos en Job: “Sus ojos están sobre los caminos del hombre, y ve todos sus pasos” (34:21).

“Manifestar” (griego phaneroo) es poner en forma visible una dimensión a los actos o trabajos que han permanecido en oculto; es dar a conocer lo que no se vio a la vista humana. En 1 Timoteo 3:16 dice que “Dios fue manisfestado en carne”; y Juan insiste en más de una oportunidad que Cristo era la manifestación visible de la vida eterna (1 Juan 3:8).

En el caso de nuestras obras, también están las dos dimensiones: la que se ve y la que no se ve. El Señor pondrá más luz sobre la primera, y sacará a luz la segunda. Así lo explica en 1 Corintios 3:13: “La obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cual sea, el fuego la probará”.

Todos sabemos que Dios ha colocado el fundamento, que es Cristo, y nos ha dado el privilegio de edificar sobre él. Esto nos obliga a trabajar con materiales que estén de acuerdo con la calidad de ese basamento. Los materiales son los ingredientes de nuestra conducta: En este caso nos referimos a los líderes aunque el texto habla de “cada uno”. El resultado de nuestros esfuerzos puede estar entre los materiales útiles o de los materiales inútiles. La misma frase “si alguno” o “cada uno”, como por ejemplo: “Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa” (v. 14), nos ayuda para pensar en “algún líder”, o: “Si cada uno de los líderes” edifica, tenga cuidado como lo hace, porque la inspección es minuciosa para cada cosa que hayamos hecho. Un verdadero “día” para todas las acciones y pensamientos guardados. El fuego son los mismos ojos de Cristo (Apocalipsis 1:14), mirando y quemando mucho de lo falso y fingido que nos había caracterizado, y produciendo un incendio de grandes proporciones. Por muchos años trabajamos con un estilo devida, que terminará de modo tan desesperante. ¡Qué terrible será percibir que mucho de lo que hacíamos para “honrar al Señor”, no era tal, sino al contrario, servía para su afrenta! ¡Señor, quién estas líneas escribe está conmovido por su propia rendición de cuentas! ¡Señor, como a mí, ayuda también a quién las lee!

Tenemos también la convicción de que Dios ve el “oro, la plata, y las piedras preciosas”, que pasan por el fuego y reciben un fuerte impacto de purificación, para luego recibir la recompensa.

La escena de solemnidad que representa todo este espectáculo, se incrementa por la aparición de la fidelidad de Dios: “él [la persona sometida a prueba] mismo será salvo, aunque así como por fuego” (v. 15), lo cual es la evidencia de “estar en Cristo”.

D. “cada uno recibirá su alabanza de Dios” (v. 5):

El resultado. Dios, que juzgará “los secretos de los hombres” (Romanos 2:16) y demostrará que es el único que “escudriña la mente y el corazón”, dará también la aprobación justa. Tener la alabanza de Dios significa recibir la aprobación que corresponde al veredicto del tribunal de Cristo (2 Corintios 5:10).

Cuando el Señor Jesús estaba en el mundo y habló del tema de las recompensas, abarcó dos esferas de la vida cristiana. La primera en relación con el servicio en general; es decir, los creyentes que han trabajado con fidelidad a él y sufrieron por su causa. Así en Mateo 5:11–12 leemos: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”. Otra mención, que no tiene directa relación con el cielo pero que es muy importante es: “El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá. Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa” (Mateo 10:41–42). La tercera referencia está en Lucas 6:35: “Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande …” Casi al final de su ministerio, el Señor dijo: “De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o adre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá en veces más, y heredará la vida eterna”. (Mateo 9:28–29).

La segunda relación con la recompensa está directamente ligada con la mayordomía de los líderes. Veamos: e1 mayordomo fiel y prudente (Lucas 12:41–47) (Mateo 24:45–51); las diez minas (Lucas 19:11–26); los obreros de la viña (Mateo 20:1–16); los talentos (Mateo 25:14–30). Estas son parábolas que muestran las recompensas a personas asignadas a tareas específicas, y en todas está presente la venida del Señor.

Cada una tiene su característica, pero el Juez manejará las cosas con la sabiduría de la verdad. En todas están los que han cumplido y los que han fallado; pero las que más nos cautivan quizás sean las que contienen una bienaventuranza particular: “Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así” (Mateo 24:46); o: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entren el gozo de tu señor” (Mateo 25:21). Estos son los que han hecho “tesoros en los cielos” (Mateo 6:19–21), que serán reconocidos en el gran día de Cristo. (comp. Marcos 10:21).

Cuando nos referimos a la recompensa, “recibirá la alabanza de Dios”, significa que él tiene reservada una aprobación que nadie conoce, para entregar a quienes han trabajado conforme a su corazón, aunque no de acuerdo a los hombres. En 1 Pedro 1:7 leemos: “Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo”. Este versículo, ubicado detrás de otros que hablan de la “herencia incorruptible”, de alguna manera vinculan esa porción de la eternidad con la alabanza o aprobación que estamos estudiando.

La herencia juega un papel importante en las relaciones entre Israel y Jehová, normalmente relacionada con una posesión (Números 27:7) terrenal, que en Jeremías 2:7 es heredad de Dios. Pero la idea dominante en la Biblia es que se trata del disfrute legítimo de algo que no es el resultado de nuestros méritos. La herencia es una posesión de privilegio, y describe la bendición conferida al hijo de Dios (Efesios 1:14). Pablo le dijo a los líderes de Efeso que tenían “herencia entre los santificados” (Hechos 20:32), que es en verdad “incorruptible, incontaminada e inmarcesible reservada en los cielos” (1 Pedro 1:4). ¡Gracias a Dios!

3. La mirada de gratitud

Como pastores en el rebaño del Señor, estamos sumamente agradecidos por nuestro expectante futuro. Aceptamos con humildad la advertencia: “Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo” (2 Juan 8). Nos bendice en gran manera oír de “galardón completo” y del estímulo bíblico para trabajar por él; como si se abriera ante nuestros ojos una ventana inmensa en el cielo y viéramos al Señor dándose a sí mismo como herencia eterna, y con él lo que aún no ha penetrado en el corazón humano. Al final de la historia, cuando los tiempos terminen, leemos: “He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra”. (Apocalipsis 22:12).

En ese “cada uno” estamos también los líderes que, como aquellos del Antiguo Testamento, esperamos “la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10). Tratamos de esforzarnos para llegar a la meta aprobados y aparecer entre la lista de los vencedores mencionados en Apocalipsis 2 y 3, que reciben por su testimonio y labores distintas recompensas, una de las cuales colma la medida de nuestra admiración: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Apocalipsis 3:21).

Como la salvación es individual, así también la recompensa lo es. Cada líder puede mirar a la suya con esperanza. Lo que fue el símbolo del triunfo en los juegos olímpicos griegos, la palabra de Dios lo aplica a nuestra trayectoria pastoral, convirtiéndonos en mucho más que simples triunfadores terrenales. Los premios (griego, stephanos) cubren áreas definidas, especialmente en aquellas en las cuales el enemigo puso mayor empeño en meter sus flechas encendidas para quemarnos. Así hay una retribución para los que triunfaron en el autocontrol (1 Corintios 9:24–27); otra para el que ganó almas (1 Tesalonicenses 2:19–20) otra para el que sufrió la tentación (Santiago 1:12; Apocalipsis 2:10) y otra para el que aguardó la venida del Señor (2 Timoteo 4:5–8).

Quizás la que más nos afecta sea la de 1 Pedro 5:4: “Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria”; porque Pedro eligió para el Juez el carácter de Príncipe de los pastores, es decir, el Pastor por excelencia (2:25). Alguien que. ejerciendo justicia entenderá y pesará cada experiencia con la balanza del pastor; supo de nuestras limitaciones, y aun nos alentó a seguir haciendo una labor similar a la de él.

Por un lado la rendición de cuentas nos hace temblar, y por otro nos estimula a confiar. “Vosotros recibiréis”, dice el texto, confirmando que la recompensa es segura luego de haber pasado por la prueba. Podemos descansar en la culminación de nuestras labores, y saber que la respuesta a muchas oraciones se ha concretado con su presencia real delante de los pastores.

Comprendemos mejor ahora el porqué de las advertencias: “Nadie os prive de vuestro premio” (Colosenses 2:18); “Retén lo que tienes para que ninguno tome tu corona” (Apocalipsis 3:11); porque representan el conocimiento anticipado que Dios tiene y quiere transferirnos, para que ya gocemos del gran día de la fiesta que no debemos despreciar o descuidar. Es propósito suyo encender el alma de los pastores, y mantener el fuego ardiendo delante de la grey hasta el día cuando aparezca en su gloria. Por muchos años, como líderes, hemos enseñado a alabar a Dios. Ahora, al final de los días, oímos que Dios nos alaba a nosotros: “cada uno recibirá su alabanza de Dios”. Así de grande es el amor de Dios.

LA ACTIVIDAD DE LA JUSTICIA

 

1.  Los hombres ven nuestro servicio, pero Dios conoce nuestras intenciones.

2.   Por ser lo oculto del servicio más importante que lo visible, solamente Dios puede juzgar.

3.   La justicia de Dios no aprueba todo, ni condena todo; solamente recompensa lo que es justo.

 

 

XIV

Biblografía

Adams, Jay: Vida Cristiana en el hogar (Tell)

Adams, Jay: Capacitados para aconsejar (Clie)

Adams, Lane: ¿Por qué me cuesta tanto alcanzar la madurez? (Clie)

Allen, Roland: Missionary Methods (Eerdmans)

Allen, Roland: La expansión espontánea de la Iglesia (Aurora)

Bounds, E. M.: Fundamentos de la oración (Clie)

Bruce, A. B.: The Training of the Twelve (T & T Clark)

Bruce, F. F.: La defensa apostólica del evangelio (Certeza)

Coleman, Robert: They Meet the Master (Revell)

Collins, Gary: Hombre en transición (Caribe)

Cornwall, Judson: La fe no fingida (Vida)

Crabb, L.: Principios bíblicos en el arte de aconsejar (Clie)

Cramer, R.: La psicología de Jesús y la salud mental (Caribe)

Elms, Leroy: Disciples in Action (Navipress)

Engstrom, T. W.: Un líder no nace, se hace (Betania)

Ferguson, Sinclair: Taking Christian Life Seriously (Zondervan)

Gangel, K.: Competent to Lead (Moody)

Geisler, N.: La ética cristiana del amor (Caribe)

Getz, Gene: La medida del cristiano: Estudios en Tito (Vida)

Getz, Gene: La medida de una iglesia (Clie)

Getz, Gene: Refinemos la perspectiva de la iglesia (Caribe)

Gets, Gene: Edificándonos los unos a los otros (Clie)

Henrichsen, Walter: Disciples Are Made (Victor)

Hill, Mónica (ed): How to Plant Churches (Marc Europe)

Hoff, Pablo: El pastor como consejero (Vida)

Horne, H.H.: Teaching Techniques of Jesús (Kregel)

Hunt & McMahon: La seducción de la cristiandad (Portavoz)

Ellinski & Wofford: Organization & Leadership in the Church (Zondervan)

Kornfield, D.: Leader’s Manual for the Church Renewal (Paternoster)

Khune, Gary: La dinámica del evangelismo (Clie)

Khune, Gary: La dinámica de adiestrar discípulos (Betania)

La Haye, Tim: Cómo estudiar la Biblia (Betania)

Lasor, S. M.: Una iglesia viva (Clie)

Lovelace, R.: Dynamics of Spiritual Life (IVP)

Lundstrom, L.: La oración de poder (Vida)

Mac Arthur: The Gospel According to Jesús (Zondervan)

Mallone, G.: Furnace of Renewal (IVP)

Murray, A.: Consagración total (Clie)

Murray, A.: Crecimiento en Cristo (Clie)

Nee, Watchman: La iglesia normal (Clie)

Nee, Watchman: Autoridad espiritual (Vida)

Nicholls, B. (ed): The Church: God’s Agent for Change (Paternoster)

Pate, L.: Misionología (Vida)

Perry, L.: Getting the Church on Target (Moody)

Richards, L.: A New Face for the Church (Zondervan)

Sanders, O.: Liderazgo Espiritual (Vida)

Schaeffer, F.: La iglesia al final del siglo XX (Literatura Evangélica)

Stedman, R.: La iglesia resucita (Clie)

Steven, P.: Liberating the Laity (IVP)

Stott, J.: El cuadro bíblico del predicador (Clie)

Stott, J.: La misión cristiana hoy (Certeza)

Stott, J.: Las controversias de Jesús (Certeza)

Strauss, R.: Gane la batalla de la mente (Vida)

Sweeting, J.: Cómo iniciar la vida cristiana (Moody)

Swindoll, C.: Desafío a servir (Betania)

Trenchard, E.: Primera Corintios (Editorial Literatura Bíblica)

Yonggi Cho, P.: Grupos familiares (Vida)

Youssef, M.: Liderazgo al estilo de Jesús (Clie)

Youssef, M.: Leading the Way (Marshall Pickering)

Wallis, A.: Orad en el Espíritu (Betania)

Wagner, M.: La sensación de ser alguien (Caribe)[1]

 



[1] Yoccou, R. C. (1991). El lı́der conforme al corazón de Dios (pp. 161–184). Miami, Florida: Editorial Unilit.

 

Teología de la unidad en Juan 17

(Chamorro, G. A. (2013). Teología de la Unidad: Una perspectiva filosófica, histórica y bíblica (Primera edición, pp. 110–132). Guatemala: Gonzalo A. Chamorro, bajado de Logos)

El Evangelio de Juan ha sido catalogado como uno de los escritos más profundos en cuanto a contenido teológico.

“Posiblemente no haya libro del Nuevo Testamento que haya invitado y provocado mayor análisis y reflexión”.336 Los eruditos han dicho que el Evangelio posee una afirmación más precisa en cuanto a su tema central, “fijar la atención de los lectores en la trascendente grandeza de Cristo”.337 En medio de esto surge el capítulo 17 de Juan considerado como “la carta magna de la unidad cristiana”,338 donde se presenta una de las oraciones más sublimes de Jesús comúnmente llamada “la oración sacerdotal”,339 “discurso de despedida”340 o la “oración intercesora de Jesús”.341

La unidad de la iglesia sólo puede surgir de su unión con Cristo. Y esto implica que sólo pertenecen a la verdadera iglesia aquellos que pertenecen a Cristo y se hallan unidos a él en forma existencial, personal y comunitaria. Con justa razón, una teología de la unidad de la iglesia suele basarse en la oración de Jesús por sus discípulos.342

Terminada la instrucción a los discípulos en la que estableció el fundamento de su comunidad (caps. 13–14) y determinó su misión (caps. 15–16), Jesús se dirige al Padre, a través de una oración que se compone de un prefacio (17:1–5) y un cuerpo que comprende una oración por su comunidad presente (17:6–19) y por su comunidad futura (17:20–26). Dentro de esta última sección se presenta una conclusión que resume su obra con los discípulos y expresa el deseo de llevarla a cabo.343 Käsemann dice que:

Lo primero que reconocemos es que aquí el evangelista estaba señalando no sólo un periodo de la actuación de Jesús, sino también al mismo tiempo de la historia de la comunidad. Esto se refleja ya en el hecho de que Juan 17 se haya compuesto, a diferencia de los capítulos precedentes, en forma de oración. Nuevamente hay que advertir que no se trata solamente de un recurso literario. En el evangelio la oración de Jesús no desempeña el mismo papel que en los sinópticos; Jesús no necesita pedir nada a su Padre, pues el siempre le escucha. En realidad el sólo puede dar gracias. Así su oración se diferencia a la nuestra en que ella da testimonio, como lo hacen sus discursos, de su unión con el Padre. Juan 17 contiene realmente súplicas, pero en último término no es ninguna oración de petición. Todo se mueve aquí a la sombra de un mayestático Yo quiero. No habla el que necesita ayuda sino el revelador, y así la oración se convierte en promesa, admonición, consuelo y profecía.344

Esta breve explicación tanto del Evangelio como del capítulo 17 de Juan, permite introducir la aproximación exegética al capítulo en cuestión y desarrollar una teología de la unidad a la luz del pensamiento Joánico.

Jesús ora por su glorificación (Juan 17:1–5)

El anuncio de la hora, la afirmación de que Jesús debe ser glorificado345 porque ha completado su obra de “glorificación al Padre”346 mediante el don de la vida eterna, y la petición de que Dios glorifique al Hijo, retoman los temas de 13:31–32. El pedido que realiza Jesús “tiene que ver con la cruz”,347 este no buscaba algo para sí mismo, “sino que expresa su entrega total a la misión de dar vida a los seres humanos (vs. 2)”.348

La unidad de la iglesia surge donde existen discípulos que tienen por meta glorificar al Hijo y al Padre (v. 1). La unidad de la iglesia se establece allí donde individuos obtienen el don de la vida eterna, que consiste en conocer a Cristo como el mesías de Dios (v. 2–3).349

El propósito de la unidad de la iglesia es que Dios sea glorificado. Ocho veces Jesús se refiere a esto en su oración. Ora por la unidad y el testimonio de sus discípulos con el fin de que Dios reciba gloria. El pueblo de Dios está llamado a vivir doxológicamente.350 Por eso la “autoridad”351 que se le dio no fue para su propio deleite, sino, para dar “vida eterna”352 (vs. 3) con la “finalidad de que todos conozcan al Padre”,353 y le glorifiquen. Por eso la unidad, en palabras de Jesús, exhorta a quienes le sigan entiendan y vivan esa unidad en el proceso de ser discípulos.354

El conocimiento del Dios verdadero es sin duda la profesión monoteística, pero el verbo conocer implica una comunión de fe y amor. Este conocimiento del único Dios verdadero implica la aceptación de Jesucristo como su enviado. No se trata aquí como quiere minimizar Boismard, la afirmación de la divinidad de Jesucristo. Se trata precisamente de afirmar que el único Dios verdadero es el Dios que ha enviado a Jesucristo. La oración pone de relieve suficientemente que ese enviado es el Hijo.355

En el vs. 4 se presenta una síntesis del ministerio de Jesús en la cual glorifica al Padre haciendo su voluntad en todo momento. Por eso en el vs. 5 Jesús se atreve a decir Ahora glorifícame tu. Pheme Perkins dice que:

La expresión ahora glorifícame va más allá de las afirmaciones previas sobre la gloria de Jesús y nos recuerda a la gloria atribuida a la palabra en el prólogo (1:14), llamada a ser compartida con los discípulos (vs. 24). Remitiéndose al prólogo el autor deja claro que Jesús es mucho más que un hombre justo y de obediencia perfecta, que ha recibido una misión de parte de Dios y ha sido exaltado y glorificado en el cielo tras haberla cumplido. Jesús, según Juan procede de Dios de una forma mucho más radical de lo que sus oponentes podrían haber imaginado.356

Ante esta perspectiva se debe concluir que, no se puede hablar de unidad por convenio o conveniencia sino de una unidad que es fruto de la transformación que el señor produce en todo aquél que cree en él.357

Como Jesús ya completó la obra que se le encomendó efectuar en la tierra, es necesario dar las últimas instrucciones a sus seguidores para que el Reino de Dios continúe desarrollándose, esto da paso a la segunda sección del capítulo 17 de Juan.

Jesús ora por sus discípulos (Juan 17:6–19)

En esta sección Jesús cambia el objeto de sus oraciones. Anteriormente el objeto era su propia glorificación, ahora son (τοῖς ἀνθρώποις οὓς ἔδωκάς μοιLos hombres que me distes). Por eso los versículos (17:6–8) repasan brevemente el ministerio de Jesús y sus resultados: ha revelado el “nombre de Dios”358 (y su naturaleza) “a sus discípulos”359 y les ha transmitido las palabras de Dios; estos han recibido el mensaje divino y han alcanzado la fe y el “conocimiento”360 verdadero (vs. 7). Discípulos, y por ende integrantes de la verdadera iglesia, son aquellos individuos escogidos que han creído en la palabra de verdad y la guardan (Juan 17:6–8).361

La parte central de la oración (17:9–19) contempla a los discípulos en su situación en el mundo tras la partida de Cristo. El vs. 9 comienza con un ‘Yo’ enfático que en forma continua expresa “la idea de la exclusividad de los discípulos en la oración de Jesús”,362 siendo estos los beneficiarios de la oración y no el “mundo”.363 En el vs. 10 a manera de paréntesis se recalca la idea de unidad entre el Padre y el Hijo, es decir “lo que le pertenece a uno le pertenece al otro”,364 esto habla de una relación de intimidad muy especial. De tal manera que tras esta digresión cristológica, la oración torna a la idea principal: porque los discípulos han acogido las palabras de Jesús como palabra de Dios, Jesús ha sido glorificado en ellos.365

En las escrituras, la Iglesia es una fraternidad creada por el Dios de gracia, integrada por todos los que han sido llamados del mundo para pertenecer a Jesucristo, y enviada al mundo a dar testimonio de esa gracia. La Iglesia tiene que descubrir una y otra vez su vocación corporativa como comunidad testificante tomada del mundo y separada por Dios para la misión.366

El v. 11 está dividido en dos secciones. (1) la circunstancia de la eminente separación, que explica la urgencia de la oración por los discípulos (“y”367 ya no estoy… y yo voy a ti).368 Y (2) el contenido de la súplica ‘guárdalos…’ Y el fin práctico que se pretende con la providencia especial del Padre “para que sean “uno”,369 como nosotros”.370

La unidad que se evoca aquí tiene entre los discípulos paralelos en la unidad entre Jesús y el Padre. La oración de propósito está unida a la petición ‘cuídalos con el poder de tu presencia para que estén unidos lo mismo que tu y yo lo estamos’; ‘por eso te pido que los cuides, y que uses el poder que me diste para que se mantengan unidos como tú y yo lo estamos’ (TLA).371

“La verdadera iglesia existe sólo allí, donde Cristo está presente en sus discípulos y sus discípulos están en Cristo, por lo cual unidad cristiana es unidad con la Trinidad”.372

Mientras Jesús estaba con los discípulos, él era su vínculo de unión. Pero después de su partida, ellos deben mantener la unidad, porque es la expresión y señal de la naturaleza divina. “Por lo tanto la unidad de la comunidad debe responder a la unidad entre Dios y Jesús; éste es su modelo”.373

Tiene que quedar claro que la unidad por la que Jesús ora es una unidad que descansa en una actitud común: que ellos permanezcan en él, y que él permanezca en ellos. Está bien que se trabaje para unir las diferentes denominaciones. Pero es mejor aún buscar una unidad mucho más grande, la unidad suprema, y esta es la unidad por la que está orando Jesús.374

Agustín de Hipona interpretó este texto diciendo: “Nuestro Padre no ha muerto sin testar. Hizo antes de morir, su testamento. Llévalo constantemente delante de tus ojos e inscríbelo en tu corazón: que todos sean uno”.375

En el vs. 12 hay una breve mirada hacia atrás por parte de Jesús, ya que este hace una nueva síntesis de su ministerio. El evangelista vuelve a contar que, Jesús ha cuidado de sus discípulos y ninguno se ha perdido, “excepto el discípulo traidor”.376

En el vs. 13 en una pausa muy al estilo de Juan aparece nuevamente la expresión πρὸς σὲ ἔρχομαιa ti voy (o vuelvo). Jesús recomienda el cuidado de los discípulos nuevamente al Padre. En el vs. 14 se da la razón por la cual Jesús pide el cuidado a los discípulos ‘yo les he dado tu palabra377 y el mundo los ha odiado’, por esta causa Jesús les pide que se mantenga unidos, preservando la verdad que es la palabra y por eso le implora al Padre la protección a favor de sus discípulos.

La unidad del cristianismo siempre se vio amenazada, a veces desde afuera y siempre desde adentro. Es un hecho únicamente si permanece como una tarea a realizar. Puesto que la uniformidad no puede ser una consigan cristiana, hace esta tarea más difícil. No se la puede solucionar con violencia, ni siquiera bajo el punto de vista de la norma. Porque la tarea no consiste en nivelar lo diferente. El mundo organizado y estructurado de una forma múltiple, sólo puede ser penetrado a toda plenitud de las posibilidades de Cristo por la pluralidad de dones y servicios. La unidad nunca significa igualdad sino solidaridad, y por consiguiente, la tensa asociación o vinculación de los que son diferentes entre sí. La unidad cristiana implica la libertad del individuo en el don que se le ha otorgado.378

Una nueva petición que es complementaria a lo que ya se ha visto, precisa en que sentido deben ser librados los discípulos ‘No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno’ (vs. 15).379 “La verdadera Iglesia es diferente del mundo; es odiada por el mundo, pero no obstante es enviada al mundo, santificado en la verdad (15–18)”.380

Unidad en la verdad significa unidad en el credo, al menos en lo que respecta a las grandes verdades centrales de la fe. Cristo ora por sus discípulos porque ellos han recibido y guardado sus palabras (Juan 17:6–8). La unidad en la verdad es la unidad en la Palabra de Dios y en las palabras de Cristo. Lo que Cristo compartió con sus seguidores tenía un verdadero contenido que podía comunicarse: no fue simplemente una experiencia existencial, supraracional. Las buenas nuevas del reino involucran la comunicación de un mensaje. Y la unidad en la verdad debe estar basada en un acuerdo básico en cuanto al contenido de ese mensaje.381

Los discípulos han de permanecer en el mundo, incluso han de ser enviados al mundo (vs. 17:18) por eso Cristo pide para que el Padre los libere del maligno (y de la maldad en sí misma). Esta sección termina (vv. 17–19) con “la santificación de Jesús”382 y la de los discípulos.

Exponer la verdad está incluido en la misión del discípulo. La verdad es la revelación de Dios en Cristo, es la palabra encarnada. Esta verdad es la que debe proclamar el discípulo mediante su encarnación de la Palabra en su vida, sus valores, sus decisiones, sus relaciones. La misión no es simplemente una actividad piadosa sino que consiste en insertarse en el mundo.383

“Pero unidad en la verdad también significa unidad de vida. Significa ortopráxis, a lo que Francis Schaeffer ha llamado «ortodoxia de la comunidad». La encarnación requiere que se vivan en las experiencias diarias las implicaciones de la verdad revelada”.384

Jesús ora por todos los creyentes (Juan 17:20–26)

Finalmente la perspectiva de la oración se ensancha hasta incluir a todos los futuros creyentes. Cristo pide que todos puedan ser llevados a la unidad perfecta de la vida divina según es compartida por el Padre y el Hijo. “Así, Cristo se manifestará al mundo, y los suyos estarán con él, tendrán la visión de la gloria de Dios y experimentarán el amor divino en su plenitud”.385 Ante esta perspectiva se debe saber que “la Iglesia sólo podrá ser signo eficaz de la unidad futura de la humanidad si ella misma es una. Por el contrario su desunión no hace sino reflejar las divisiones del mundo”.386

Al principio de esta unidad (vs. 20) aparece el verbo [gr. ἐρωτῶ] igual que al comienzo de la sección anterior (vs. 9) ahora para expresar el ruego del Hijo al Padre por aquellos que [han de creer “πιστευόντων387] en el Hijo. La manera en cómo creerán en Jesús es [gr. διὰ τοῦ λόγου αὐτῶν388] a través de o por medio de, la palabra de ellos]. En el vs. 21 aunque no contiene el verbo [gr. ἐρωτῶ] Juan presenta el motivo del ruego ‘para que todos sean uno’.

Que sean uno…para que el mundo crea (Juan 17:21), es uno de los desafíos del mundo globalizado actual. Es el mayor reclamo que los cristianos escuchan, y que vienen de todos los países, de todas las etnias, de todas las lenguas y de todas las culturas. Toda la tierra habitada demanda de una presencia unida de los cristianos para llevarles salvación y no separación; sentido de comunidad y no confusión; dignidad y no distracción.389

“Así pues, brota de la comunidad. Nunca debería ser el ejercicio solitario de un anacoreta individualista, porque la salvación a la que Dios llama por medio de Jesucristo, lleva al ser humano a formar parte de esa comunidad llamada iglesia”.390 Es interesante notar el paralelismo gramatical entre las seis frases que forman los vv. 20–21 y las otras seis de los vv. 22–23.391

21a [ἵνα]

 

que todos sean uno.392

 

21b [καθὼς]

 

como tu Padre estas en mí y yo en ti.

 

21c [ἵνα]

 

que también ellos “sean uno”393 con nosotros

 

21d [ἵνα]

 

así creerá el mundo que tú me enviaste

 

22b [ἵνα]

 

para que sean uno

 

22c–23 [καθὼς]

 

como nosotros somos uno, yo con ellos y tu conmigo

 

23b [ἵνα]

 

para que queden realizados en la unidad

 

23c [ἵνα]

 

Así sabrá el mundo que tú me enviaste.

 

En los dos casos la estructura sirve para añadir solemnidad y énfasis. Jesús pide en primer lugar que los discípulos sean uno, y luego que estén en el Padre y en el Hijo de la misma forma que el Padre y el Hijo está el uno en el otro. Leon Morris dice que:

Esto no significa que la unidad entre el Padre y el Hijo sea la misma unidad que entre los creyentes y Dios, pero que apunta que hay cierta analogía. Es decir la unidad que se está pidiendo les llevará a un conocimiento más profundo y a una experiencia más real del Padre y del Hijo. Y como consecuencia, el mundo creerá.394

Como es típico en Juan, la fe tiene que ver con la aceptación de la persona y la misión de Cristo [que tú me enviaste]. En este evangelio uno de los aspectos más importantes del mensaje de salvación es que el Padre envió al Hijo.

En el v. 20 se contraponen los discípulos de Jesús con los que creerán más tarde; pero con el v. 22 el discurso pareciera volver a sus discípulos. Pues a ellos [αὐτοῖς] les ha dado Jesús la gloria [δόξαν] que el Padre le dio a él, al igual que les ha confiado la palabra del Padre y les ha manifestado su nombre. El difícil tránsito del v. 21 al 22 lo han advertido los críticos literarios como una interpolación.395 En el v. 23 Juan presenta la finalidad de que Jesús esté en ellos y el Padre en Jesús y es [para que sean “perfeccionados”396 en unidad] de tal manera que el propósito de la perfección en unidad es que el mundo reciba el testimonio de Cristo. A través del testimonio de unidad el mundo conocerá que el Hijo ha sido enviado por el Padre.397

En la última sección [v. 24] nuevamente la palabra [Πάτερ] introduce en una petición que es la última de todas estas secciones de peticiones que forman la segunda y la tercera parte. Es difícil saber si aquí el evangelista tiene presente directamente a los discípulos o a todos los creyentes398 en Cristo. De alguna manera están todos incluidos. La petición que realiza Jesús es “quiero399 que los que me has dado, estén también conmigo donde yo estoy”. León Morris dice que:

Esta petición de Jesús apunta al futuro: quiere que los discípulos estén con él en el mundo que estar por venir, y no tanto en el presente (cf. 14:3). Quiere que estén [donde yo estoy] (anteriormente ya había dicho [ya no estoy en el mundo vs. 11]. Quiere que sus seguidores estén con él para que puedan ver la gloria que el Padre le ha dado.400

De tal manera que la dadiva que se refiere Jesús en el v. 24, está en singular por medio del pronombre relativo acusativo neutro singular [], y luego en plural mediante el adjetivo demostrativo nominativo masculino plural [κἀκεῖνοι]. La dadiva en ambos casos se refiere a personas, más específicamente los que creyeron en el mensaje de Jesucristo (vs. 6; 8; 11), y de acuerdo a 17:20, también aquellos que creerán en él por la palabra de aquellos primeros.

La posibilidad de esta unión que Jesús pide al Padre, estará dada por una fe común y un amor mutuo. En el v. 25, Jesucristo enfatiza que los creyentes le reconocen como enviado del Padre y esto se ratifica pese a que el “mundo todavía no le ha conocido”.401 En el v. 26 se dice que es el Hijo quien dio a conocer la identidad del Padre. Lo que unía a los creyentes era el reconocimiento mutuo, la fe común, en el testimonio de Cristo acerca de su Padre. Este conocimiento había sido dado por revelación sobrenatural, a través de Cristo mismo. También la unidad será posible porque el amor del Padre para con el Hijo, y el Hijo mismo, este con ellos.

Al enfatizar la unidad Juan no propone un programa de reforma social sino que anuncia el mensaje evangélico de la relación intima entre Jesús y el Padre, y es Jesús quien conduce a la comunión de los discípulos con Dios. El centro de la unidad es Cristo mismo, y ella es su deseo más profundo para su comunidad. Jesús no pronuncio un sermón o discurso sobre la necesidad de la unidad. Jesús en su función sacerdotal elevó una oración al Padre a favor de la unidad de los creyentes de todos los tiempos.

Comunidad cristiana significa comunión en Jesucristo y por Jesucristo. Ninguna comunidad cristiana podrá ser ni más ni menos que eso. Esto es válido para todas las comunidades que puedan formar los creyentes, desde la que nace de un breve encuentro hasta la que resulta de una larga convivencia diaria. Si podemos ser hermanos es únicamente por Jesucristo. Esto significa que Jesucristo es el que fundamenta la necesidad que los creyentes tienen unos de otros; que sólo Jesucristo hace posible su comunión, y finalmente, que Jesucristo nos ha elegido desde toda la eternidad para que nos acojamos durante la vida y nos mantengamos unidos.402

“La verdadera iglesia la constituyen aquellos que conocen a Cristo y se identifican con el nombre del Padre, pues el amor de Dios está en ellos (vs. 26)”.403

Conclusión

Uno de los propósitos principales de la unidad de la Iglesia es que Dios sea glorificado. “Hoy es extremadamente importante enfatizar la prioridad de este objetivo doxológico antes de cualquier otro objetivo de misión”.404 Un segundo propósito de la unidad de la Iglesia es la comunicación efectiva de las buenas nuevas.405

La misión redentora del Dios viviente es cósmica, histórica, filial, encarnacional, mediadora, apostólica y finalmente, ecuménica. Aunque Juan no usa el vocablo oikoumene, indudablemente la idea de ‘toda la tierra habitada’ está presente en su evangelio, de manera especial en el capítulo 17. Juan coincide así con Lucas en que el evangelio debe anunciarse a todas las naciones. Todo esto está en consonancia con el testimonio total de la Biblia, que señala lo universal e incluso lo cósmico como dimensiones que pertenecen a la misión del Dios reconciliador y, por ende, a la misión cristiana.406

Otro aspecto relevante es que unidad en la verdad, es unidad con Cristo en perspectiva trinitaria.407 Sherron Kay George dice:

El Salvador enviado por Dios envía a los discípulos en un esfuerzo colaborativo con Dios y con los demás agentes humanos. Es tremendo comprender que entramos en la misión del Dios Trino, que recogemos para el futuro de Dios. El compañerismo es entrar y compartir el trabajo e invitar a otros a entrar y compartir nuestro trabajo. La mutualidad requiere apertura, hospitalidad, humildad, liderazgo e iniciativa de ambas partes. Si proclamamos seguir a Jesús en la misión, estamos llamados a enfrentar los problemas, riesgos y peligros de la reciprocidad y vulnerabilidad.408

Tanto la unidad como la misión de Dios (evangelización) implican mucho más que simplemente transmitir lo que Samuel Escobar ha llamado resúmenes verbales del Evangelio.409

La construcción de unidad cristiana más allá de las fronteras confesionales y denominacionales no se logra solo enfocando solo aspectos formales. Debe partir de la unidad en Cristo, de la unidad en el Espíritu, de la unidad en la experiencia de la salvación, de la unidad en la hermenéutica bíblica.410[1]

 



336 Everett Harrison, Introducción al Nuevo Testamento (2002), 208. “De todos los escritos de la Biblia, ninguno es más claramente un todo integrado que el Evangelio de Juan. Friedrich Strauss, lo calificó una prenda inconsútil. Sus temas están hábilmente entretejidos en la historia evangélica de la trayectoria de Jesús como maestro y taumaturgo, con su dramático final de muerte y resurrección”. Jhon Ashton, “Juan y la teología joánica”, La interpretación bíblica hoy (2001), 298.

337 William Hendriksen, El Evangelio Según San Juan (1999), 35. “La predicación de Juan consiste en el anuncio de que Dios ha amado al mundo que ha enviado a su hijo, no para juzgarlo, sino para salvarlo. El mundo sería digno de juicio, porque el mundo entero está sumido en el mal, y necesita ser liberado”. Rudolf Bultmann, Teología del Nuevo Testamento (2001), 430; cp. Matthew C. Williams, “Teología de evangelización y misión en el evangelio de Juan” Kairós 38 (2006): 9–10.

338 Juan Pablo García, “Ecumenismo y espiritualidad en la obra de don Julián García Hernando”, Vida religiosa 107 (2009): 31.

339 “Desde el siglo XVI se conoce este capítulo con el título de oración sacerdotal de Jesús. Ya San Cirilo de Alejandría subrayó su carácter sacerdotal. LaGrange prefiere llamarla la oración de la unión, Von Klepper la llama la corona del discurso de despedida”. Juan Leal, “Evangelio de San Juan”, La Sagrada Escritura (1973), 555; cp. Stan Slade, “Evangelio de Juan”, Comentario Bíblico Iberoamericano (1998), 304. Josef Blank, El evangelio según san Juan (1979), 247.

340 “En Juan 17 el evangelista utilizó un esquema literario. Es algo corriente en la literatura universal y también es usual en el judaísmo y Nuevo Testamento. Su forma nos recuerda las palabras de despedida de un moribundo. El Jesús que camina hacia la muerte anticipa el futuro de sus discípulos vaticinando proféticamente, amonestando y consolando. El cuarto evangelio transformó evidentemente esta tradición en una forma desacostumbrada. No se puede hablar ya en serio de una apocalíptica. Cuatro capítulos, por tanto una quinta parte del total, están entrelazados por el discurso de despedida”. Ernst Käsemann, El testamento de Jesús (1983), 29–30; cp. Charles Harold Dodd, La interpretación del cuarto Evangelio (2004), 480; Charles Kingsley Barrett, El evangelio según san Juan (2003), 760.

341 León Morris, El Evangelios según San Juan (2005), 2:343. Rudolf Schnackenburg le da el título de “la oración del redentor en la hora de la partida.” Rudolf Schnackenburg, El evangelio según San Juan (1980), 3:210. Bruce la llama “la oración de consagración.” F. F. Bruce, The gospel of Jhon (1983), 328.

342 Alfred Neufeld, Vivir desde el futuro de Dios (2006), 293. “La comunidad cristiana es fundamentalmente el conjunto de relaciones y de convivencia entre hermanos y hermanas que han encontrado su salvación en Cristo”. José Gallardo, “Comunidad y compromiso desde la periferia”, en Comunidad y misión desde la periferia (2006), 48.

343 Juan Mateos, Juan Barreto, El Evangelio de Juan, análisis lingüístico y comentario exegético (1979), 706.

“La mayoría de estudiosos, prefieren la división del capítulo en tres secciones: (1–5) Jesús ora por sí mismo; (6–19) Jesús ora por sus discípulos; (20–26) Jesús ora por los que creerán”. Hugo Zorrilla, Daniel Chiquete, Evangelio de Juan (2008), 531. León Morris divide en tres secciones aunque reconoce que es difícil hacerlo porque el escrito es básicamente una unidad literaria. León Morris, El Evangelios según San Juan, 343.

Para Slade: “La variedad de análisis estructurales del capítulo es fiel reflejo de la falta de divisiones complementarias. Tal situación se debe a técnicas de temas entretejidos que se ha encontrado a lo largo el libro. Además los cambios de perspectivas temporales que ha sido una parte importante de los capítulos 13 a 16 están presentes también en la oración”. Stan Slade, Evangelio de Juan, 304–305.

344 Ernst Käsemann, El testamento de Jesús, 30–31. Algunos exégetas ven en Juan 17 una serie de coincidencias con el Padrenuestro. Cuando las dos oraciones se comparan, puede verse que el espíritu de este capítulo 17 es similar al que se encuentra en los sinópticos, y en el resto del evangelio de Juan. J. H. Bernard, A Critical and Exegetical Commentary on the gospel according to St. Jhon (1928), 17; C. Wright, Jesus the revelation of God (1950), 13.

345 El verbo es δοξάζω es un aoristo imperativo de solicitud. “La expresión glorifica a tu hijo puede ser equivalente a da todo el honor a tu hijo toda fama maravillosa. Varias versiones traducen como ‘da gloria’. La CEV [Contemporany English Version] traduce con una oración de propósito, subordinada a la anterior “El tiempo ha llegado para que traigas gloria a tu hijo” mientras que la TLA (Traducción en Lenguaje Actual) prefiere ‘ha llegado el momento de que muestres a la gente lo grande y poderoso que soy’ ”. Hugo Zorrilla, Daniel Chiquete, Evangelio de Juan, 553.

346 El propósito ἵνα en la glorificación del Hijo es para que pueda glorificar al Padre. “Esta oración de propósito puede ser traducida como oración consecutiva ‘de manera que él te de la honra maravillosa a ti’ aunque gramaticalmente la traducción en el contexto pesa más la oración final ‘para que’ en esta sección del texto hay dificultades textuales en decidir entre tu Hijo y el Hijo”. Ibíd.

“Resulta difícil decidir si σου se omitió porque los copistas consideraron superflua esta palabra, o si fue añadida para recalcar la solemnidad del estilo. Con base en el peso de

Y sin contradicción, grande es el misterio de la piedad: Dios ha sido manifestado en carne; ha sido justificado con el Espíritu; ha sido visto de los ángeles; ha sido predicado á los Gentiles; ha sido creído en el mundo; ha sido recibido en gloria 

1Tim. 3:16