¡AGUARDA A JEHOVA!

el .

 

 

“Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová.” Salmo 27:14.

 

¡Aguarda! ¡Aguarda! ¡Aguarda a Jehová! Él es digno de que se le espere. Él no defrauda al alma que espera.

Mientras esperen, mantengan el ánimo. Esperen una gran liberación, y estén prestos a alabar a Dios por ella.

La promesa que debería alentarlos, está en el centro del versículo: “aliéntese tu corazón.” Esto va de inmediato al lugar donde necesitan ayuda. Si el corazón está sano, todo el resto del sistema trabajará bien. El corazón necesita tranquilidad y aliento; y estos elementos vendrán si está fortalecido. Un corazón potente descansa y se regocija y bombea fuerza al hombre entero.

Nadie más tiene acceso a esa secreta urna de vida, el corazón, para suministrarle fortaleza. Solamente el que lo hizo puede fortalecerlo. Dios está lleno de fortaleza, y, por eso, puede impartirla a quienes la necesitan. Oh, tengan valor; pues el Señor les impartirá Su fortaleza, y estarán tranquilos en la tempestad, y alegres en la aflicción.

El que escribió estas líneas, puede expresar como David: “Sí, espera a Jehová.” En efecto, ciertamente, lo digo. Sé por una larga y profunda experiencia que es bueno que aguarde a Jehová.

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román.[1]

 



[1] Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Bellingham, WA: Logos Bible Software.

 

Avergonzar al enemigo   

Preséntate tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza, mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable, de modo que el adversario se avergüence y no tenga nada malo que decir de vosotros. Tito 2.7–8

En el libro de Job se nos presenta una imagen vívida de un encuentro entre Dios y Satanás. En este encuentro, Satanás intenta convencer a Jehová de que la aparente piedad de Job no es más que el resultado predecible de la abundancia y prosperidad en la que vive. Sugiere que si se le quita toda esa abundancia bien pronto dejará de caminar en rectitud delante del Señor. Detrás de esta sugerencia vemos un deseo, por parte de Satanás, de encontrar algo en la vida de Job que le sirva para realizar lo que es su actividad principal: acusar a los escogidos. Según la descripción que tenemos en Apocalipsis, esta es una actividad en la que no conoce el descanso, pues afirma la Palabra que acusa a los santos «delante de nuestro Dios día y noche» (Ap 12.10).

Saber esto nos puede ayudar a entender lo profundamente espiritual que es la exhortación de Pablo a Tito. Aquí no se está hablando de una sugerencia sino de no darle pie al enemigo, ni ser partícipe involuntario de ninguna de sus inmundas estrategias para enturbiar la obra de Dios. La manera de lograr esto, según la exhortación del apóstol, es viviendo de tal forma que el enemigo no tenga de qué asirse en la vida del hijo de Dios. En otras palabras, por más que examine nuestra vida con detenimiento no podrá encontrar elemento alguno que le sirva para acusarnos delante del Padre.

Este objetivo necesariamente nos tiene que conducir al plano del comportamiento, dejando de lado la idea, tan común, de que la verdad se define por medio de elaborados ejercicios intelectuales. En la visión de Pablo, la verdad se proclama con la vida. El enemigo no examina nuestra doctrina, para ver si encuentra en ella contradicciones teológicas o falta de evidencias bíblicas. El enemigo observa nuestro andar cotidiano. Nos mira cuando estamos sentados en familia. Nos observa cuando caminamos por la calle. Nos estudia cuando estamos en el lugar de trabajo. Nos escucha cuando hablamos. Nos analiza cuando estamos reunidos y cuando estamos solos. En todo esto él tiene una sola meta: encontrar en nosotros aquellas cosas que deshonran al Señor, para presentarse delante de su trono con la evidencia de nuestra condición indigna.

Debe animar nuestro corazón que, frente a las acusaciones insistentes del enemigo, tengamos también un abogado ante el Padre: Jesucristo (1 Jn 2.1). Él intercede por nosotros y defiende nuestra causa, ¡bendito sea su nombre! No obstante, vemos en el pasaje de hoy un llamado muy serio a vivir en santidad. Pablo nos exhorta a andar de tal manera que el enemigo tenga que «ponerse colorado» para acusarnos, porque no tiene otro recurso que mentir acerca de nuestras vidas. Nuestras obras proclaman que nos hemos comprometido sin reservas con Aquel que nos llamó de tinieblas a su admirable luz. ¡Qué tremendo desafío!

Para pensar:

«La santidad es la cara visible de la salvación». C. H. Spurgeon.[1]

 
 
 
 


[1] Shaw, C. (2005). Alza tus ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica: Desarrollo Cristiano Internacional.

 

 

Stott, J. (2008) La cruz de Cristo).

La sola palabra ‘pecado’ ha desaparecido del vocabulario de la mayoría de las personas en años recientes.

Pertenece al léxico religioso tradicional que, por lo menos en el mundo occidental cada vez más secularizado, no tiene ningún significado. Más aun, si se llega a mencionar la palabra ‘pecado’, lo más probable es que sea entendida mal. ¿Qué es, por lo tanto, el pecado?

El Nuevo Testamento se vale principalmente de cinco palabras griegas para el pecado. En conjunto ofrecen un cuadro de sus diversos aspectos, tanto pasivos como activos. La más común es hamartia, que habla del pecado como la acción de errar el blanco, el intento fallido de alcanzar la meta. Adikia es ‘injusticia’ o ‘iniquidad’, y ponēria es maldad de un tipo vicioso o degenerado. Las palabras más activas son parabasis (con la que podemos asociar el vocablo similar paraptōma), una ‘infracción’ o ‘transgresión’, equivalente a sobrepasar un límite, y anomia, ‘ilegalidad’, o sea la violación de una ley conocida. En cada caso está implícito un criterio objetivo, ya sea un nivel que no alcanzamos o una línea que cruzamos deliberadamente.

Se da por sentado en todas las Escrituras que este criterio o ideal ha sido establecido por Dios. Es, en efecto, una ley moral que expresa el carácter justo de Dios. No se trata de la ley de su propio ser solamente; es también la ley de nuestro ser, dado que nos hizo a su imagen. Al hacerlo, grabó los requisitos de su ley en nuestro corazón (Romanos 2:15). Hay, por lo tanto, una correspondencia vital entre la ley de Dios y nosotros; cometer pecado es cometer una ilegalidad (1 Juan 3:4). En otras palabras, pecar es ir activamente en contra de nuestro propio bien más elevado como también contra la autoridad y el amor de Dios.

En las Escrituras, sin embargo, el énfasis está en el carácter impíamente egocéntrico del pecado. Constituye una infracción de lo que Jesús llamó ‘el primer y grande mandamiento’. Esto ocurre no solamente cuando no amamos a Dios con todo nuestro ser, sino cuando nos negamos activamente a reconocer y obedecer a Dios como nuestro Creador y Señor. Hemos rechazado la posición de dependencia que corresponde a nuestra condición de seres creados y hemos optado por la independencia. Peor todavía, nos hemos atrevido a proclamar nuestra autodependencia, nuestra autonomía, lo cual equivale a reclamar para nosotros la posición que solo Dios ocupa. El pecado no es simplemente un lamentable abandono de los niveles morales tradicionales. Su esencia es la hostilidad para con Dios (Romanos 8:7), que se expresa en rebelión activa contra su persona. Podemos describirlo como ‘eliminar al Señor Dios’ con el fin de colocarnos nosotros en su lugar en una altanera actitud de ‘todopoderosismo divino’. Emil Brunner lo sintetiza muy bien. ‘El pecado es desafío, arrogancia, es deseo de ser igual a Dios, … es la afirmación de la independencia humana por oposición a Dios, … la constitución de la razón, la moralidad y la cultura autónomas.’ Es apropiado que haya titulado al libro del cual he tomado esta cita Man in revolt (La rebelión del hombre) (p. 129).

Cuando percibimos que todo pecado que cometemos es expresión (en diferentes grados de autoconciencia) de este espíritu de rebelión contra Dios, podemos coincidir con la confesión de David. ‘Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos’ (Salmos 51:4). Al cometer adulterio con Betsabé, y al arreglar para que el esposo de ella, Urías, muriera en el campo de batalla, David había cometido ofensas extremadamente serias contra ellos y contra la nación. Pero eran leyes de Dios las que había quebrantado y por ello, en última instancia, fue principalmente contra Dios que había pecado.[1]

 



[1] Stott, J. (2008). la Cruz de Cristo. (A. Powell, Ed., D. R. Powell, Trad.) (2a ed., pp. 120–121). Barcelona; Buenos Aires; La Paz: Ediciones Certeza Unida.

 

“Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto;

y tu Padre que ve en lo secreto recompensará en público.” Mateo 6:3, 4.

Ninguna promesa es hecha a aquellos que dan a los pobres para ser vistos de los hombres. Reciben su recompensa de inmediato, y no pueden esperar un pago doble.

Ocultemos nuestra caridad; sí, ocultémosla incluso de nosotros mismos. Den con tanta frecuencia y den en abundancia, como un asunto de rutina, al punto que ya no sea más notorio haber ayudado al pobre, que haber comido sus comidas regulares. Den sus limosnas sin susurrarse siquiera: “¡cuán generoso soy!” No traten de recompensarse a ustedes mismos. Dejen ese asunto a Dios, que nunca deja de ver, de registrar, y de recompensar. Bienaventurado es el hombre que está ocupado en secreto con su generosidad: encuentra un gozo especial en sus desconocidas benevolencias. Este es el pan que, comido sigilosamente, es más delicioso que los banquetes de los reyes. ¿Cómo me puedo dar el gusto hoy de este lujo exquisito? He de tener un festín real de ternura y generosidad de alma.

Aquí y en el más allá, el Señor mismo verá personalmente que se recompense al dador secreto de limosnas. Esto se hará a Su manera y a Su tiempo; y Él elegirá lo mejor. Cuál es el significado de esta promesa, se requerirá de una eternidad para revelarlo.

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román[1]



[1] Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Bellingham, WA: Logos Bible Software.

 

 

 

«Y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!» (Mateo 14:30) 

 Los siervos del Señor, cuando se están hundiendo, recurren a la oración. Pedro olvidó orar al emprender su atrevido viaje, pero una vez que empezó a hundirse el peligro le hizo clamar; y, aunque su clamor se produjo tarde, no fue demasiado tarde. En las horas de dolores físicos y de angustia mental, nos sentimos llevados a la oración de un modo natural, como las olas llevan al náufrago a la orilla. La zorra corre a su cueva para protegerse; el pájaro vuela al bosque para refugiarse y, de la misma forma, el creyente probado se apresura a ir al propiciatorio para hallar seguridad. La oración es el gran puerto de refugio celestial: miles de naves sacudidas por las tormentas hallaron allí su refugio. Así que, cuando se acerque alguna tormenta, será prudente que nos dirijamos a ese puerto a toda vela.

Las oraciones cortas son suficientemente largas. La petición que Pedro formuló constó solo de dos palabras, pero fueron suficientes para su propósito. Lo deseable no es la extensión, sino el poder. Un sentido claro de nuestra necesidad puede enseñarnos a ser breves. Si nuestras oraciones tuviesen menos plumas de la cola —que indican jactancia— y más de las alas, serían mucho mejores. La verbosidad es a la oración lo que el tamo al trigo. Las cosas preciosas se colocan en espacios reducidos, y cuanto hay de verdadera oración en una larga plegaria, podría expresarse en una petición tan corta como la de Pedro.

Nuestras necesidades son las oportunidades de Dios. En cuanto un vivo sentimiento de peligro arranca de nosotros un clamor angustioso, el oído de Jesús oye en el acto (pues en él, el oído y el corazón son una misma cosa) y su mano no se tarda. Nosotros apelamos al Maestro en el último instante, pero su diligente mano compensa nuestra tardanza con una acción instantánea y efectiva. ¿Estamos a punto de ser arrastrados por las turbulentas aguas de la aflicción? Levantemos nuestras almas al Salvador y descansemos seguros de que él no permitirá que perezcamos. Cuando no podemos hacer nada, Jesús lo hace todo. Pongamos a nuestro lado su poderosa ayuda, y todo irá bien.[1]

 



[1] Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 22). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

 

González, J. L

 Los amigos de la cruz afirman que la cruz es buena y que

las obras son malas, porque mediante la cruz las obras son

derrocadas y el viejo Adán, cuya fuerza está en las obras,

es crucificado (Martín Lutero)

Antes de continuar narrando la vida de Lutero, y su labor reformadora, debemos detenernos a considerar su teología, que fue la base de esa vida y esa obra. Al llegar el momento de la dieta de

Worms, la teología del Reformador había alcanzado su madurez. A partir de entonces, lo que Lutero hará será sencillamente elaborar las consecuencias de esa teología. Por tanto, éste parece ser el momento adecuado para interrumpir nuestra narración, y darle al lector una idea más adecuada de la visión que Lutero tenía del mensaje cristiano. Al contar su peregrinación espiritual, hemos dicho algo acerca de la doctrina de la justificación por la fe. Pero esa doctrina, con todo y ser fundamental, no es la totalidad de la teología de Lutero.

 

La Palabra de Dios

Es de todos sabido que Lutero trata de hacer de la Palabra de Dios el punto de partida y la autoridad final de su teología. Como profesor de Sagrada Escritura, la Biblia tenía para él gran importancia, y en ella descubrió la respuesta a sus angustias espirituales. Pero esto no quiere decir que Lutero sea un biblicista rígido, pues para él la Palabra de Dios es mucho más que la Biblia. La Palabra de Dios es nada menos que Dios mismo.

Esta última aseveración se basa en los primeros versículos del Evangelio de Juan, donde se dice que “al principio era la Palabra, y la Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios“. Las Escrituras nos dicen entonces que, en el sentido estricto, la Palabra de Dios es Dios mismo, la segunda persona de la Trinidad, el Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros. Luego, cuando Dios habla, lo que sucede no es sencillamente que se nos comunica cierta información, sino también y sobre todo que Dios actúa. Esto puede verse también en el libro de Génesis, donde la Palabra de Dios es la fuerza creadora. “dijo Dios …”. Luego, cuando Dios habla Dios crea lo que pronuncia. Su Palabra, además de decirnos algo, hace algo en nosotros y en toda la creación.

Esa Palabra se encarnó en Jesucristo, quien es a la vez la máxima revelación de Dios y su máxima acción. En Jesús, Dios se nos dio a conocer. Pero también en El venció a los poderes del maligno que nos tenían sujetos. La revelación de Dios es también la victoria de Dios.

La Biblia es entonces Palabra de Dios, no porque sea infalible, o porque sea un manual de verdades que los teólogos puedan utilizar en sus debates entre sí. La Biblia es Palabra de Dios porque en ella Jesucristo se llega a nosotros. Quien lee la Biblia y no encuentra en ella a Jesucristo, no ha leído la Palabra de Dios. Por esto Lutero, al mismo tiempo que insistía en la autoridad de las Escrituras, podía hacer comentarios peyorativos acerca de ciertas partes de ellas. La epístola de Santiago, por ejemplo, le parecía ser “pura paja”, porque en ella no se trata del evangelio, sino de una serie de reglas de conducta. También el Apocalipsis le causaba dificultades. Aunque no estaba dispuesto a quitar tales libros del canon, Lutero confesaba abiertamente que se le hacía difícil ver a Jesucristo en ellos, y que por tanto tenían escaso valor para él. Esta idea de la Palabra de Dios como Jesucristo era la base de la respuesta de Lutero a uno de los principales argumentos de los católicos. Estos argüían que, puesto que era la iglesia quien había determinado qué libros debían formar parte del canon bíblico, la iglesia tenía autoridad sobre las Escrituras. La respuesta de Lutero era que, ni la iglesia había creado la Biblia, ni la Biblia había creado a la iglesia, sino que el evangelio las había creado a ambas. La autoridad final no radica en la Biblia ni en la iglesia, sino en el evangelio, en el mensaje de Jesucristo, quien es la Palabra de Dios encarnada. Puesto que la Biblia da un testimonio más fidedigno de ese evangelio que la iglesia corrompida del papa, y que las tradiciones medievales, la Biblia tiene autoridad por encima de esa iglesia y esas tradiciones, aun cuando sea cierto que, en los primeros siglos, fue la iglesia la que reconoció el evangelio en ciertos libros, y no en otros, y determinó así el contenido del canon bíblico.

 

El conocimiento de Dios

Lutero concuerda con buena parte de la teología tradicional al afirmar que es posible tener cierto conocimiento de Dios por medios puramente racionales o naturales. Este conocimiento le permite al ser humano saber que Dios existe, y distinguir entre el bien y el mal. Los filósofos de la antigüedad lo tuvieron, y las leyes romanas muestran que por lo general los paganos sabían distinguir entre el bien y el mal. Además, los filósofos llegaron a la conclusión de que hay un Ser Supremo, del cual todas las cosas derivan su existencia.

Pero ése no es el verdadero conocimiento de Dios. A Dios no se le conoce como quien usa una escalera para subir al tejado. Todos los esfuerzos de la mente humana por elevarse al cielo, y conocer a Dios, resultan fútiles.

Eso es lo que Lutero llama “teología de la gloria”. Tal teología pretende ver a Dios tal cual es, en su propia gloria, sin tener en cuenta la distancia enorme que separa al ser humano de Dios. Lo que la teología de la gloria hace en fin de cuentas es pretender ver a Dios en aquellas cosas que los humanos consideramos más valiosas, y por tanto habla del poder de Dios, la gloria de Dios y la bondad de Dios. Pero todo esto no es más que hacer a Dios a nuestra propia imagen, y pretender que Dios es como nosotros quisiéramos que fuese.

El hecho es que Dios en su revelación se nos da a conocer de un modo muy distinto. La suprema revelación de Dios tiene lugar en la cruz de Cristo, y por tanto Lutero propone que, en lugar de la “teología de la gloria”, se siga el camino de la “teología de la cruz”. Lo que tal teología busca es ver a Dios, no donde nosotros quisiéramos verle, ni como nosotros quisiéramos que fuera, sino donde Dios se revela, y tal como se revela, es decir, en la cruz. Allí Dios se manifiesta en la debilidad, en el sufrimiento, en el escándalo. Esto quiere decir que Dios actúa de un modo radicalmente distinto a como podría esperarse. Dios, en la cruz, destruye todas nuestras ideas preconcebidas de la gloria divina.

Cuando conocemos a Dios en la cruz, el conocimiento anterior, es decir, todo lo que sabíamos acerca de Dios mediante la razón o por la ley interior de la conciencia, cae por tierra. Lo que ahora conocemos de Dios es muy distinto de ese otro supuesto conocimiento de Dios en su gloria.

 

La ley y el evangelio

A Dios se le conoce verdaderamente en su revelación. Pero aun en su misma revelación, Dios se nos da a conocer de dos modos, a saber, la ley y el evangelio. Esto no quiere decir sencillamente que primero venga la ley, y después el evangelio. Ni quiere decir tampoco que el Antiguo Testamento se refiera a la ley, y el Nuevo al evangelio. Lo que quiere decir es mucho más profundo. El contraste entre la ley y el evangelio da a entender que, cuando Dios se revela, esa revelación es a la vez palabra de condenación y de gracia.

La justificación por la fe, el mensaje del perdón gratuito de Dios, no quiere decir que Dios sea indiferente al pecado. No se trata sencillamente de que Dios nos perdone porque en fin de cuentas nuestro pecado le tenga sin cuidado. Al contrario, Dios es santo, y el pecado le repugna. Cuando Dios habla, el contraste entre su santidad y nuestro pecado nos aplasta, y ésa es la ley.

Pero al mismo tiempo, y hasta a veces en la misma Palabra, Dios pronuncia su perdón sobre nosotros. Ese perdón es el evangelio, y es tanto más grande por cuanto la ley es tan sobrecogedora. No se trata entonces de un evangelio que nos dé a entender que nuestro pecado no tiene mayor importancia, sino de un evangelio que, precisamente debido a la gravedad del pecado, se torna más sorprendente.

Cuando escuchamos esa palabra de perdón, la ley, que antes nos resultaba onerosa y hasta odiosa, se nos torna dulce y aceptable. Comentando sobre el Evangelio de Juan, Lutero dice: Antes no había en la ley delicia alguna para mí. Pero ahora descubro que la ley es buena y sabrosa, y que me ha sido dada para que viva, y ahora encuentro en ella mi delicia. Antes me decía lo que debía hacer. Ahora empiezo a ajustarme a ella. Y por ello ahora adoro, alabo y sirvo a Dios.

Esta dialéctica constante entre la ley y el evangelio quiere decir que el cristiano es a la vez justo y pecador. No se trata de que el pecador deje de serlo cuando es justificado. Al contrario, quien recibe la justificación por la fe descubre en ella misma cuán pecador es, y no por ser justificado deja de pecar. La justificación no es la ausencia de pecado, sino el hecho de que Dios nos declara justos aun en medio de nuestro pecado, de igual modo que el evangelio se da siempre en medio de la ley.

 

La iglesia y los sacramentos

Lutero no fue ni el individualista ni el racionalista que muchos han hecho de él. Durante el siglo XIX, cuando el individualismo y el racionalismo se hicieron populares, muchos historiadores dieron la impresión de que Lutero había sido uno de los precursores de tales corrientes. Esto iba frecuentemente unido al intento de hacer aparecer a Alemania como la gran nación, madre de la civilización moderna y de todo cuanto hay en ella de valioso. Lutero se convertía entonces en el gran héroe alemán, fundador de la modernidad.

Pero todo esto no se ajusta a la verdad histórica. El hecho es que Lutero distó mucho de ser racionalista. Basten para probarlo sus frecuentes referencias a “la cochina razón”, y “esa ramera, la razón”. En cuanto a su supuesto individualismo, la verdad es que éste era más poderoso entre los renacentistas italianos que en el reformador alemán, y que en todo caso Lutero le daba demasiada importancia a la iglesia para ser un verdadero individualista.

A pesar de su protesta contra las doctrinas comúnmente aceptadas, y de su rebeldía contra las autoridades de la iglesia romana, Lutero siempre pensó que la iglesia era parte esencial del mensaje cristiano. Su teología no era la de una comunión directa del individuo con Dios, sino que era más bien la de una vida cristiana en medio de una comunidad de fieles, a la que repetidamente llamó “madre iglesia”.

Si bien es cierto que todos los cristianos, por el solo hecho de ser bautizados, son sacerdotes, esto no quiere decir que cada uno de nosotros deba bastarse por sí mismo para llegarse a Dios.

Naturalmente, sí hay tal comunicación directa con el Creador. Pero hay también una responsabilidad orgánica. El ser sacerdotes no quiere decir que solamente lo seamos para nosotros mismos, sino que lo somos también para los demás, y los demás son sacerdotes para nosotros. En lugar de abolir la necesidad de la iglesia, la doctrina del sacerdocio universal de los creyentes la aumenta. Claro está que no necesitamos ya de un sacerdocio jerárquico que sea nuestro único medio de llegarnos a Dios. Pero sí necesitamos de esta comunidad de creyentes, el cuerpo de Cristo, dentro del cual cada miembro es sacerdote de los demás, y nutre a los demás. Sin esa relación con el cuerpo, el miembro no puede continuar viviendo.

Dentro de esa iglesia, la Palabra de Dios se llega a nosotros en los sacramentos. Para que un rito sea verdadero sacramento, ha de haber sido instituido por Jesucristo, y ha de ser una señal física de las promesas evangélicas. Por tanto, hay solamente dos sacramentos, el bautismo y la comunión. Los demás ritos que reciben ese nombre, aunque pueden ser beneficiosos, no son sacramentos del evangelio.

El bautismo es señal de la muerte y resurrección del cristiano con Jesucristo. Pero es mucho más que una señal, pues por él y en él somos hechos miembros del cuerpo de Cristo. El bautismo y la fe van estrechamente unidos, pues el rito sin la fe no es válido. Pero esto no ha de entenderse en el sentido de que haya que tener fe antes de ser bautizado, y que por tanto no se pueda bautizar a niños. Si dijéramos tal cosa, caeríamos en el error de quienes creen que la fe es una obra humana, y no un don de Dios. En la salvación, la iniciativa es siempre de Dios, y esto es lo que anunciamos al bautizar a niños tan pequeños que son incapaces de entender de qué se trata. Además, el bautismo no es solamente el comienzo de la vida cristiana, sino que es el fundamento o el contexto dentro del cual toda esa vida tiene lugar. El bautismo es válido, no sólo en el momento de ser administrado, sino para toda la vida.

Por ello se cuenta que el propio Lutero, cuando se sentía fuertemente tentado, exclamaba: “soy bautizado”. En su bautismo estaba la fuerza para resistir todos los embates del maligno.

La comunión es el otro sacramento de la fe cristiana. Lutero rechazó buena parte de la teología católica acerca de la comunión. Particularmente se opuso a las misas privadas, la comunión como repetición del sacrificio de Cristo, la idea de que la misa confiere méritos, y la doctrina de la transubstanciación. Pero todo esto no lo llevó a pensar que la comunión era de escasa importancia. Al contrario, para él la eucaristía siempre siguió siendo, junto a la predicación, el centro del culto cristiano.

La cuestión de cómo está presente Cristo en el sacramento fue motivo de controversias, no sólo con los católicos, sino también con los protestantes. Lutero rechazaba categóricamente la doctrina de la transubstanciación, que le parecía demasiado atada a categorías aristotélicas, y por tanto paganas, y que además era la base de la idea de la misa como sacrificio meritorio, que se oponía radicalmente a la doctrina de la justificación por la fe.

Pero, por otra parte, Lutero tampoco estaba dispuesto a decir que la comunión era un mero símbolo de realidades espirituales.

Las palabras de Jesús al instituir el sacramento: “esto es mi cuerpo”, le parecían completamente claras. Por tanto, según Lutero, en la comunión los fieles participan verdadera y literalmente del cuerpo de Cristo. Esto no indica, como en la transubstanciación, que el pan se convierta en cuerpo, y el vino en sangre. El pan sigue siendo pan, y el vino sigue siendo vino. Pero ahora están también en ellos el cuerpo y la sangre del Señor, y el creyente se alimenta de ellos al tomar el pan y el vino. Aunque más tarde se le dio a esta doctrina el nombre de “consubstanciación”, Lutero nunca la llamó así, sino que prefería hablar de la presencia de Cristo en, con, bajo, alrededor de y tras el pan y el vino. No todos los que se oponían a las doctrinas tradicionales concordaban con Lutero en este punto, que pronto se volvió uno de los factores más divisivos entre ellos. Carlstadt, el colega de Lutero en la universidad de Wittenberg que participó con él en el debate de Leipzig, decía que la presencia de Cristo en el sacramento era sólo simbólica, y que cuando Jesús dijo: “esto es mi cuerpo”, estaba apuntando hacia sí mismo, y no hacia el pan. Zwinglio, de quien trataremos más adelante, sostenía opiniones parecidas, aunque con mejores argumentos bíblicos. A la postre, esta cuestión fue uno de los principales motivos de división entre luteranos y reformados o calvinistas.

 

Los dos reinos

Antes de terminar esta brevísima exposición de los principales puntos de la teología de Lutero, debemos referirnos al modo en que el Reformador entendió las relaciones entre la iglesia y el estado. Según él, Dios ha establecido dos reinos, uno bajo la ley y otro bajo el evangelio. El estado opera bajo la ley, y su principal propósito es ponerle límites al pecado humano. Sin el estado, los malos no tendrían freno. Los creyentes, por otra parte, pertenecen al segundo reino, y están bajo el evangelio. Esto quiere decir que los creyentes no han de esperar que el estado apoye su fe, o persiga a los herejes. Aun más, no hay razón alguna por la que debamos esperar que los gobernantes sean cristianos. Como gobernantes, su obediencia se debe a la ley, y no al evangelio. En el reino del evangelio las autoridades civiles no tienen poder alguno. En lo que se refiere a ese reino, los cristianos no están sujetos al estado. Pero no olvidemos que los creyentes, al mismo tiempo que son justificados por la fe, siguen siendo pecadores. Por tanto, en cuanto somos pecadores, todos estamos sujetos al estado.

Lo que esto quiere decir en términos concretos es que la verdadera fe no ha de imponerse mediante la autoridad civil, sino mediante la proclamación de la Palabra. Lutero se opuso repetidamente a que los príncipes que lo apoyaban emplearan su autoridad para defender su causa, y solamente tras larga vacilación por fin les dijo que podían apelar a las armas en defensa propia contra quienes pretendían aplastar la Reforma.

Esto no quiere decir que Lutero fuese pacifista. Cuando, como veremos en el próximo capitulo, los turcos amenazaron a la cristiandad, Lutero llamó a sus seguidores a las armas. Y cuando diversos grupos y movimientos, tales como los campesinos rebeldes y los anabaptistas, le parecieron subversivos, no vaciló en afirmar que las autoridades civiles tenían el deber de aplastarlos. Lo que sí quiere decir es que Lutero siempre tuvo dudas acerca de cómo la fe debía relacionarse con la vida civil y política. Y esas vacilaciones han continuado apareciendo en buena parte de la tradición luterana hasta el siglo XX.[1]

 



[1] González, J. L. (2003). Historia de la Reforma (pp. 47–56). Miami, FL: Editorial Unilit.

En las epístolas pastorales se remarca la necesidad de que la mujer joven sea enseñada a ser esa mujer virtuosa y se delega esa responsabilidad a las mujeres mayores, quienes, sin duda alguna, constituyen el grupo más segregado que ha existido a lo largo de la historia, pero al que Dios le ha dado una encomienda sin igual.

“Las ancianas asimismo sean reverentes en su porte; no calumniadoras, no esclavas del vino, maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada”. Tito 2:3-5

El aspecto de una mujer dice mucho de ella. La manera en la que viste y se arregla te habla acerca de lo que hay en su interior, de sus prioridades y de su relación con Dios. En un pasaje paralelo en 1 de Timoteo 2, Pablo explica más detalladamente la exhortación que les hace a las mujeres respecto a su aspecto físico: “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos”.

Pablo deja claro cómo debe ser el aspecto femenino: reverente, decoroso, modesto, pudoroso; sin llamar la atención. En aquellos días las mujeres perdían horas arreglando sus cabellos con trenzas adornadas con hilos de oro y de plata; sus vestidos y atavíos eran exagerados tanto en el precio cómo en lo exuberante, pero, aunque las modas cambian con el tiempo, la vanidad sigue estando ligada íntimamente al corazón de la mujer.

En ninguna manera Pablo está diciendo que una mujer cristiana deba descuidar su aspecto físico, andar sucia, desarreglada, causando penas o usar burkas y túnicas largas. Lo que quiere decir es que se vista y se arregle acorde a la fe que profesa; una mujer de Dios le dará siempre (inclusive en su aspecto) la gloria a su Señor.

Una mujer entregada a Dios ama a su prójimo y por ello difícilmente se vestirá provocativamente; ella es consciente de que puede arrastrar a un hombre al pecado de la lujuria. La mujer que verdaderamente cree lo que la Biblia dice, sabe que la vejez es símbolo de bendición “corona de honra es la vejez que se halla en el camino de justicia” (Prov.16:31) y que el Señor le pide velar por los necesitados, “porque no faltarán menesterosos en medio de la tierra; por eso yo te mando, diciendo: Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra” (Dt. 15:11) por ello, es improbable que pierda su tiempo, su dinero y su paz intentando retrasar su envejecimiento a costa de productos u operaciones estéticas carísimas.

Pablo pide a las ancianas que no sean calumniadoras. La palabra griega que utiliza para calumniadora es diabolous, este término se utiliza en varias ocasiones para describir a Satanás. Él es el padre de mentira, es engañador, acusador y embustero. Es muy común que las mujeres lleguen a comportarse de este modo; el sexo femenino tiene la fama de ser chismoso y de torcer la verdad, al igual que Satanás.

Cuando una mujer sostiene prácticas como estas, vienen divisiones y pleitos que debilitan su propio caminar con Cristo y el de los demás a su alrededor. Sin embargo, la mujer cristiana debe reconocer que la calumnia es un mal hábito que diezma y lastima profundamente a la iglesia; mantenerse lejos de estas costumbres y no tolerar que otras personas digan calumnias alrededor de ella.

El alcoholismo era el vicio dominante de los Cretenses, inclusive era elogiada una persona que tomaba mucho vino, es por ello que no es extraño que Pablo exhorte a las mujeres a no ser esclavas de este problema que en la actualidad sigue siendo tan común.

Cuando alguien está alcoholizado deja de tener dominio propio, los efectos del alcohol dominan a la persona, nublan su juicio y es mucho más sencillo quebrantar la ley de Dios y de los hombres. En Proverbios 31:4-7, la madre del rey Lemuel exhorta a su hijo con estas palabras “No es de los reyes, oh Lemuel, no es de los reyes beber vino, Ni de los príncipes la sidra No sea que bebiendo olviden la ley, y perviertan el derecho de todos los afligidos. Dad la sidra al desfallecido, Y el vino a los de amargado ánimo. Beban, y olvídense de su necesidad, Y de su miseria no se acuerden más”. Y me encantan estos versículos porque hacen evidente que en Cristo nadie tiene necesidad del vino; en Cristo no hay cabida para el ánimo amargado, ni para sentirse desfallecido ya que, aunque el creyente este afligido encuentra su paz en Dios, no en la embriaguez.

También cabe mencionar que la Biblia no prohíbe tomar vino en ninguna parte, lo que si prohíbe es embriagarse (Efesios 5:28) ser dado a mucho vino o a ser esclavo de él (1Tim. 3:8) pero recomienda en versículos como Romanos 14:21, a abstenerse de él cuando haga tropezar a una persona.

“Maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos”.Una mujer madura espiritualmente ha aprendido a hacer el bien, ha aprendido que continuamente se tiene que negar a sí misma para aprovechar las oportunidades de mostrar a las personas, a través de sus buenas obras, el amor, la gracia y la misericordia de Dios.

A estas mujeres maduras que han aprendido a hacer el bien, Pablo las exhorta a enseñar a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos. Y aunque muchas veces damos por sentado que todos sabemos lo que es amar y que no tenemos que aprender nada, la verdad es que el amor bíblico no es algo que se dé en las personas naturalmente.

El amor que enseña la Biblia es sacrificial; poner los deseos y necesidades de los demás antes que los de uno mismo. Sin nadie que le enseñe, el amor de una esposa continuamente es demandante y egoísta. Comúnmente está centrado en ella misma, en lo que piensa que se merece y en lo que ha aprendido de las novelas, del mundo y de otras mujeres mal informadas e influenciadas por la filosofía de moda.

Se ha vuelto tan normal escuchar frases como: “nadie te enseña a ser padre”, que casi se hace una regla de esto y sin embargo una de las cosas que Dios les pide a las ancianas es precisamente lo contrario “que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus hijos”. Podríamos creer que el amor de una madre se da de manera natural, sin embargo, de la misma manera que se puede dañar la relación con el esposo, también se puede dañar y distorsionar la relación con los hijos por falta de conocimiento, entendimiento y la práctica del amor bíblico.

Pablo exhorta a los ancianos y a los jóvenes a ser prudentes. La prudencia es elogiada y alabada en varios libros de la Biblia. Y es que la prudencia es de suma importancia, pero al igual que el amor, debemos ejercitarla y aprenderla. Sófocles decía que “La prudencia es la base de la felicidad”. La Biblia enseña que la base de la felicidad para un cristiano es Cristo, pero sin duda no podemos negar que ser una persona prudente trae paz a su entorno y a su familia, es por ello que el Señor pide a las mujeres a enseñar prudencia a las jóvenes.

A veces se levanta una barrera entre la vejez y la juventud respecto a los temas sexuales y la castidad; aún en el siglo XXI no es tan común que se traten estos temas entre mujeres y menos en la iglesia, y, sin embargo, cada vez es más y más común escuchar que la mujer comete adulterio, ve pornografía o tiene dudas respecto a su inclinación sexual.

Las ancianas cristianas no deben darse el lujo de hacerse a un lado y seguir tratando estos temas con miedo, por encimita o dándoles la vuelta. La verdad es que la Biblia habla de estos temas de una manera muy directa y concisa.
No es el papel de los pastores, ni de los ancianos enseñar a las mujeres jóvenes acerca de estos temas en privado, al contrario, un hombre no debería enseñar directamente (a menos que sea desde el púlpito o en grupo) a las mujeres sobre estas cosas para evitar caer en tentación, es por ello que Pablo en sus epístolas pastorales les encarga esto a las ancianas.
“No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia.” (1 Corintios 7:5) consejos directos y prácticos como este pueden salvar a un matrimonio del dolor de un adulterio.

En la actualidad, la mujer ha ido perdiendo, como nunca antes en historia de la humanidad, su papel como ama de casa. El feminismo se ha ido infiltrando aún en las iglesias, y la falsa creencia de que la mujer debe trabajar para su realización personal ha ido menguando su responsabilidad cristiana dentro de su hogar.

Por otro lado, en Proverbios 7 nos habla de la mujer alborotadora que no sabe estar en casa, que a veces está en la calle y otras en las plazas, pero la verdad es que en cualquiera de los dos casos, por estar trabajando o por estar de alborotadora, es fácil que la mujer joven se pierda la bendición de honrar a Dios en su encomienda irreemplazable de ser ama de casa.

Es por ello que el deber de las ancianas es recordar y enseñar a las jóvenes a ser cuidadosas de lo que pasa en su hogar, desde el orden, hasta estar pendientes en todo sentido de sus hijos; cuidar lo que ven, lo que visten, sus amistades y actitudes.

La sujeción en la mujer, volviendo al tema del feminismo, ha sido un tema de muchísima controversia y definitivamente estoy convencida que ha sido uno de los temas más tergiversados en la Palabra desde el final del siglo pasado y principios de este. El Señor creó al hombre y a la mujer con la misma importancia, pero con diferentes roles (1 Cor.11:3,11-12).

A lo largo de las Escrituras el Señor demanda que la mujer esté en sujeción a su marido; alguien tiene que llevar el timón y Dios decidió que fueran los hombres quien lo llevaran. Es necesario que las ancianas levanten su voz y enseñen el orden divino porque en la actualidad ya es normal ver que la mujer es quien dirige y el hombre el que sigue y ese nunca ha sido el plan de Dios.

En un libro que escribieron John Piper y Wayne Grudem respondieron preguntas acerca de la femineidad y la masculinidad, y expresaron este pensamiento “creemos que el abuso de la esposa (y del esposo) tienen raíces profundas en el fracaso de los padres de impartir a sus hijos e hijas el significado de la verdadera masculinidad y la verdadera feminidad. Las confusiones y frustraciones de la identidad sexual generalmente estallan en comportamientos que hacen daño. La solución no es minimizar las diferencias de género (lo que derivará en cuestiones desafiantes) sino enseñar en el hogar y en la iglesia cómo se expresan la verdadera hombría y la verdadera feminidad en los amorosos papeles complementarios del matrimonio”.

Es de vital importancia que la mujer madura en el Señor haga caso del mandato de Dios y enseñe a las mujeres jóvenes a cumplir con excelencia su papel, para que la Palabra de Dios no sea blasfemada, ni por su esposo, ni por sus hijos, ni por las personas de afuera. De esta manera las señoras jóvenes influirán cristianamente dentro de la sociedad corrompida en la que vivimos; el mundo podrá atestiguar que verdaderamente Dios existe, que su orden es perfecto y se propagará el evangelio de Cristo.

“Para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas” (1 Ped.3:1b).

Publicado en La Paz de Cristo por Aimeé Pérez

BIBLIOGRAFIA

John Piper and Wayne Grudem, 50 Crucial Questions, An Overview of Central Concerns about Manhood and Womanhood, Crossway Books, Wheaton, Illinois, 1991.

Alfred E. Tuggy, Léxico Griego- Español del Nuevo Testamento, Editorial Mundo hispano, El Paso, TX. 1996.

Vidal Valencia, Comentario Bíblico del Continente Nuevo, Editorial Unilit, Miami Fl. 1996.

ESV Study Bible, Crossway Bibles, 2008.
Rafael Porter, Estudios Bíblicos ELA: Una Vida Distinta (Tito), Ediciones Las Américas, A.C. Puebla, México. 1986.

Martínez Ortega, Mari Paz, Polo Luque, María Luz y Carrasco Fernández, Beatriz. Visión histórica del concepto de vejez desde la Edad Media, Editado por Consejo de Enfermería de la Comunidad Valenciana, 2002.

R. Jamieson, A.R. Fausset, David Brown, Comentario Exegético y Explicativo de la Biblia, Tomo 2: El Nuevo Testamento, Casa Bautista de Publicaciones, El Paso, TX. 2002

Lange, John Peter, Schaff, Philip, Van Oosterzee, J.J. Day, George, A commentary on the Holy Scriptures: Titus Public Domain.

 

Aimeé Pérez

Autor: Aimeé Pérez

Es una pintora autodidacta con estudios Bíblicos en Willingdon School of the Bible, Canadá. Es madre de tres adolescentes. Actualmente pinta y sirve a Dios en la iglesia La Paz de Cristo en Baja California Sur, México. Su obra artística puede ser consultada en aimeperez.com

 

Avanzar hacia la madurez 

Artículos | Por Aimeé Pérez

La realidad de las cosas es que todos somos pecadores, no importa si unos más o unos menos, en cuestión de pecado y santidad no existen las competencias; un vestido blanco deja de estar totalmente blanco por una pequeña mancha.

El problema es que nos enfocamos en el tamaño de la mancha y por su medida juzgamos si alguien, o inclusive nosotros mismos, merecemos o no el perdón que ofrece Cristo; este enfoque es completamente incorrecto.

La cuestión aquí es que no importa el tamaño de la mancha, ¡nosotros manchamos un vestido blanco que no nos pertenecía! y no importa qué hagamos para limpiarlo, no podremos nunca dejarlo como estaba. Es por ello que necesitamos desesperadamente a Cristo. Él es el único que puede limpiar las manchas que hicimos.

“Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios”.
(1 Juan 3:4-9
Descripción: http://www.logos.com/images/Corporate/LibronixLink_dark.png)

Casi inmediatamente después de que el hombre fue creado desobedeció al Señor (Gen. 3Descripción: http://www.logos.com/images/Corporate/LibronixLink_dark.png), desde entonces se observa, a lo largo de la historia, al ser humano esforzándose por torcer las leyes (la de Dios y la de los hombres) y estirar los límites de ellas.

Tan sólo la constitución de los Estados Unidos Mexicanos ha sufrido desde 1917, cerca de 700 enmiendas. En 1919 nuestro país vecino, Estados Unidos, aprobó la decimoctava enmienda a su constitución, conocida como “la ley seca”; en ella se prohibía la venta de alcohol. Sin embargo, debido a la presión que ejercía el crimen organizado, tuvo que ser abrogada unos cuantos años más tarde con la vigesimoprimera enmienda. Un excelente ejemplo de un dicho popular que dice: ¡si no puedes contra el enemigo, únetele!

Pero como cristianos este no puede, ni debe ser nuestro dicho, por el contrario, Cristo vino a deshacer las obras del maligno y el pecado en nosotros. Además, como seres humanos podremos cambiar, enmendar, omitir o anular las leyes humanas, pero nunca podremos (por más que unamos fuerzas) cambiar un solo mandato del Señor.

Punto uno: No importa lo que diga la moda actual, ni lo que dicte en este momento el mundo, la Ley de Dios es inmutable y todos la hemos transgredido, necesitamos venir a los pies de Cristo y vivir en obediencia al Padre como Jesús lo hizo.

En estos pocos versículos encontramos 9 veces la palabra pecado o sus vertientes, pero curiosamente la palabra pecado no existe como tal en la lengua griega; la palabra más común que se utiliza quiere decir no dar en el blanco, errar. Pero también se utilizan palabras como: iniquidad, perversidad, transgresión, error, mentira, engaño, desobediencia, concupiscencia y caída, ésta última se refiere a la ruptura de una relación correcta con Dios.

Como se puede apreciar el pecado abarca varias cosas y de la misma manera también varias áreas. La Ley de Dios va más allá de no cometer una acción pecaminosa, Wayne Grudem comenta que “El pecado es no conformarnos a la Ley moral de Dios en acciones, actitudes o naturaleza”. Se trata también de los deseos que hay en nuestro corazón.

Esta sociedad está contaminada de pensamientos que dicen que las personas son libres de hacer lo que les plazca siempre y cuando no se dañe a nadie; filosofías que dicen que, si uno no se da cuenta, no pasa nada, inclusive tenemos dichos populares como: “ojo que no ve, corazón que no siente”. Pero esta mentalidad está muy lejos de ser la mentalidad de Cristo, inclusive, el Señor condena lo que hay en nuestro pensamiento: la lujuria, el egoísmo, la codicia son un ejemplo de esto.

Pasamos por alto que casi todo comienza en nuestro pensamiento como lo dice el libro de Santiago: “sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”.

Somos descuidados en nuestra forma de pensar; primero porque creemos que nuestros pensamientos no hacen daño; segundo porque creemos que nadie se enterará de ellos y tercero; porque no somos conscientes de la importancia que tienen. Nos permitimos a nosotros mismos vivir en el desorden mental y esto no debe ser así.

Debemos estar alerta a los pensamientos que albergamos, ya que es allí donde se anidan las ideas que terminaran siendo nuestras acciones. Debemos poner orden y limites en nuestro pensamiento, dejar la auto indulgencia y volvernos estrictos con nosotros mismos.

A medida en que dejemos al Espíritu Santo hacer su obra completa en nosotros y entendamos que nuestro pensamiento define nuestro cristianismo, nos será mucho más fácil dejar los ataques de pánico, la manipulación, la envidia, la codicia y el considerarnos a nosotros mismos superiores a los demás.

Punto dos: Debemos alinear nuestros pensamientos con la Palabra de Dios ya que en nuestra mente se efectúa la primera escala para llegar a la acción de pecar en contra del Señor.
“Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio”.

Debemos recordar que una de las finalidades con las que el apóstol escribe esta epístola es para alertar a la iglesia sobre las falsas doctrinas, en específico la de los gnósticos; estos “maestros” sostenían estar cerca de Dios y ser justos; no le daban ninguna importancia a su manera de actuar, es decir, cometían pecados intencionalmente y sostenían que esto no era relevante en lo más mínimo.

Juan explicó en estos versículos una de las características del comportamiento de los falsos maestros: practican el pecado deliberadamente y no sienten arrepentimiento; lo que claramente demuestra que no han sido justificados por Cristo y que siguen siendo hijos del diablo, ya que una persona regenerada no puede pecar sin ser fuertemente incomodada por el Espíritu Santo que mora en ella.

“Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”. Cristo vino a vencer las obras del maligno; con su resurrección venció la muerte, con su obediencia perfecta justifica a los pecadores arrepentidos, y aunque Satanás sigue operando en el mundo, ya no controla al creyente y podemos vivir confiados en que llegará un día en que por fin cesará toda la influencia de Satanás en este mundo.

“Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios”

Estos versículos a simple vista parecieran no dejar cabida al error humano o al pecado en el creyente, Juan es tajante en toda su carta; en ella todo es blanco o negro, luz o tinieblas, verdad o mentira, hijo de Dios o hijo del diablo; para el apóstol prácticamente, no existen lo que llamamos medias tintas.

Pero Juan conoce perfectamente la situación del hombre y la realidad que enfrenta el cristiano con el pecado y sabe que el creyente ocasionalmente caerá en el error. El apóstol Pablo lo explica muy acertadamente en Romanos 7Descripción: http://www.logos.com/images/Corporate/LibronixLink_dark.png aseverando que él mismo tiene una lucha; por un lado, quiere hacer el bien y por el otro lado no lo hace, quiere agradar a Dios y cumplir sus mandamientos, pero por otro lado cae en pecado y en la autocomplacencia, “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado”.

La diferencia entre el creyente y el no creyente es que el no creyente busca complacerse en todo momento así mismo y tiene tan cauterizada su conciencia que no busca a Dios ni obedecerle en lo más mínimo, deliberadamente solapa en sí mismo su pecado y se goza con quien lo practica.

Y el creyente, aunque sabe que Cristo ya lo ha limpiado por todos sus pecados pasados, presentes y futuros, lucha en contra de su pecado; se arrepiente, busca con un corazón humilde obedecer y complacer a Dios, de tal manera que, con la ayuda del Espíritu Santo, cada vez va pecando menos y va obteniendo la victoria sobre esa tendencia egoísta y pecaminosa.

Punto tres: El creyente tiene a Cristo quien lo justifica con el Padre de su maldad, pero esto no le da licencia para hacer del pecado un modo de vida rutinario. Por el contrario, si un cristiano persiste deliberadamente en pecar, se debe poner en tela de juicio su salvación.

Debemos estar agradecidos con el Señor porque nos equipa para obtener la victoria día a día y no nos dejó solos en nuestra lucha contra el pecado. Como creyentes es necesario que echemos mano de las herramientas que puso a nuestro alrededor; su Palabra, porque a través de ella conocemos a Dios y lo que le agrada y lo que le disgusta; por el Espíritu Santo, ya que él nos redarguye y nos trae convicción de pecado; y por la comunión con otros miembros de su iglesia, ya que nos ayudan a permanecer fieles a Cristo a través de sus oraciones, exhortaciones y restauraciones.

El amor del Señor es tan grande que a pesar de que sabe que somos pecadores y seguiremos cayendo eventualmente en errores, nos equipa, nos limpia, nos acepta, nos llama hijos y nos bendice cada día. Que nuestro gozo sea complacerlo a Él antes que a nosotros mismos, que su Espíritu nos dé convicción de pecado y no nos permita jamás amoldarnos o acostumbrarnos a manchar lo que Él, a un precio muy alto, ha dejado completamente limpio.

Publicado en La Paz de Cristo el 5 de Mayo de 2017 por Aimeé Pérez
BIBLIOGRAFIA

Simon J. Kistemaker. Comentario del Nuevo Testamento. Grand Rapids, Michigan, EE.UU. 1986.

Matthew Henry. Comentario Bíblico. Editorial CLIE, Barcelona, 1999.

Wayne Grudem, Teología Sistemática, una introducción a la doctrina bíblica, edición revisada 2009 (Editorial Vida – 2007), Miami, Florida, 2009.

E. F. Harrison, G.W. Bromiley y C.F.H. Henry. Diccionario de Teología. Grand Rapids, Michigan, EE.UU. 1960.

The ESV Study Bible, Crossway Bibles, 2008.

Autor: Aimeé Pérez

Es una pintora autodidacta con estudios Bíblicos en Willingdon School of the Bible, Canadá. Es madre de tres adolescentes. Actualmente pinta y sirve a Dios en la iglesia La Paz de Cristo en Baja California Sur, México. Su obra artística puede ser consultada en aimeperez.com

 

 

 

(Juan 3:16)

 

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Según información recibida de las Sociedades Bíblicas, este versículo ha sido traducido a más de 1900 idiomas y dialectos en todo el mundo. Se lo conoce como el versículo más famoso de las Escrituras. Y alguien ha declarado que no sólo es el más famoso sino también el más grande.

16Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Este versículo es el corazón mismo del glorioso evangelio de nuestro Señor Jesucristo. El mundo—todo el mundo—debe oírlo, proclamarlo y explicarlo.

A. El dador más grande

Vemos a Dios como el más grande dador: “De tal manera amó Dios.” (Ver también 6:32, 51; 10:28; Mt. 20:28; Lc. 11:13; 12:32; Ro. 8:32; Ef. 3:16; 1 Ti. 6:17).

B. El amor más grande

“De tal manera amó Dios al mundo …” ¿Acaso hay amor más grande que el de Dios? (Os. 14:4; Ap. 1:5). A pesar de nuestra rebelión contra él, Dios nos ama. Nos ama con amor eterno (Jer. 31:3; Jn. 13:1).

C. El alcance más grande

Se nos dice que Dios amó al mundo. Nadie queda excluido (Is. 45:22). No hay persona que esté fuera del alcance del amor de Dios, por más bajo que haya caído, por más lejos que se haya ido o se haya apartado de Dios (2 Co. 5:19).

D. El regalo más grande

“Ha dado a su Hijo unigénito”. Dios nos dio todo, ni siquiera nos escatimó a su propio Hijo (Ro. 8:32) y lo regaló al mundo, lo hizo hombre, lo mandó a la cruz y lo resucitó. Dios no vende a su Hijo, no lo intercambia por buenas obras (Ef. 2:9). Dios regala la salvación, por eso dice que nos ha dado a su Hijo (1 Jn.3:1).

E. El personaje más grande

Dios envió a su Hijo único, Jesucristo. Nunca ha habido en la historia del mundo personaje más grande. Aun ha llegado a dividir la historia en dos grandes eras. (Ver Fil. 2:10–11; Col. 1:15–20; He. 1:2.)

F. La oferta más grande

“Para que todo aquel que en él cree”. Ninguno está excluido de la oferta divina, de su regalo. Es para todos, por más lejos que algunos se sientan de Dios, por mucho que se hayan rebelado, por mucho tiempo que hayan sido indiferentes a él (2 P. 3:9).

G. La sencillez más grande

La única condición es creer. La salvación que Dios ofrece se recibe como un regalo y se recibe por una sencilla decisión de fe (Jn. 20:31; Ef. 2:8).

H. La salvación más grande

El propósito de Dios es que todo aquel que cree no se pierda. Es una verdad cuyo complemento está en la declaración paulina de que “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1).

I. La posesión más grande

La vida eterna es la posesión más grande que podamos tener. La máxima posesión del ser humano (Jn. 10:28; Ef. 2:5). Tener a Cristo en el corazón es tener la vida eterna (1 Jn. 5:20).

J. La decisión más grande

Hay una crucial decisión que debe tomar el ser humano. Es lo único que no puede hacer Dios por el hombre. Todo lo demás lo hizo; la decisión es de cada uno. (Ver Jos. 24:15–16; Jer. 21:8).

¡Gloria a nuestro Dios y Padre celestial por esta salvación tan grande y tan sencilla!

 

 Palau, L. (1991). Comentario bı́blico del continente nuevo: San Juan I (pp. 87–88). Miami, FL: Editorial Unilit.

 

 

“Y veré la sangre y pasaré de vosotros.” Éxodo 12:13.

 

Mi propia contemplación de la preciosa sangre me sirve de consuelo;

pero es la contemplación del Señor de esa sangre lo que garantiza mi seguridad. Incluso cuando estoy imposibilitado de contemplarla, el Señor la mira, y pasa de mí por causa de ella. Si no estoy tan tranquilo como debería estarlo, porque mi fe es débil, a pesar de ello estoy igualmente seguro, porque el ojo del Señor no es débil, y Él ve la sangre del grandioso sacrificio con una mirada constante. ¡Qué gran gozo es este!

El Señor ve el profundo significado interno, la infinita plenitud de todo lo que está significado por la muerte de Su amado Hijo. Él lo ve con una memoria pacificada por la justicia satisfecha, y todos Sus incomparables atributos glorificados. Él contempló la creación en su progreso de creación y dijo: “es bueno en gran manera”; pero ¿qué dice de la redención en su consumación? ¿Qué dice de la obediencia hasta la muerte de Su Bienamado Hijo? Nadie puede decir de Su deleite en Jesús, Su descanso en el dulce olor que Jesús presentó cuando se ofreció a Sí mismo sin mancha a Dios.

Ahora descansamos en una calma seguridad. Tenemos el Sacrificio de Dios y la Palabra de Dios que crean en nosotros un sentido de perfecta seguridad. Él pasará de nosotros, Él ha de pasar de nosotros, porque no perdonó a nuestro glorioso Sustituto. La justicia une sus manos al amor para proveer salvación eterna para todos los que son rociados con Su sangre.

 

La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Román[1]

 



[1] Spurgeon, C. H. (2008). La Chequera del Banco de la Fe. Bellingham, WA: Logos Bible Software.

 

Entonces Jesús le dijo: «Un hombre hizo una gran cena y convidó a muchos». Lucas 14.16

Esta es una de las tantas historias que usó Jesús para ilustrar los principios del reino. Como toda buena ilustración, es corta y sencilla, lo cual, además de facilitar la enseñanza, ayuda a grabar la verdad en el corazón de los oyentes. Si no recuerda los detalles quisiera animarlo a que se tome un momento para leer el relato completo de la parábola.

La historia contiene varios detalles interesantes para nosotros. En primer lugar, observe que el hombre decidió por sí mismo hacer una fiesta. Desconocemos los motivos por los cuales tomó esta decisión, pero sí sabemos que su deseo de llevar a cabo la cena era muy fuerte. Así también nuestro Dios. Creo que nunca podremos entender con claridad por qué decidió crear al hombre, aunque la Palabra nos da indicios de que su motivación principal era compartir el gozo de la comunión perfecta entre el Padre, el Hijo y el Espíritu. A nuestro Señor le produce un incomparable placer compartir una relación con sus criaturas, y se deleita en bendecir sus vidas.

En segundo lugar, debemos tomar nota de las excusas que presentaron los amigos e invitados. Ninguno de ellos presentó una explicación sin sentido. Cada uno tenía motivos legítimos para no participar de la cena, motivos relacionados a la vida y las responsabilidades que llevaban. Esto pone en relieve el gran peligro al que nos enfrentamos a diario los discípulos de Jesús, que es permitir que lo cotidiano nos absorba de tal manera que dejemos de participar en la vida sobrenatural que nos ofrece el Padre. El ejemplo más claro de esto lo encontramos en la persona de Marta (Lc 10.41). No había nada de malo en su deseo de servir, excepto que no sabía cuándo era el tiempo de dejar las tareas del hogar para disfrutar de un momento de intimidad con Jesús. Del mismo modo, nosotros podemos estar tan absortos en los diferentes proyectos de nuestra vida que percibimos la invitación de Cristo como una interrupción, en lugar de verla como la oportunidad para entrar a otra dimensión de la vida.

Si nosotros hubiéramos organizado esta cena, de seguro la hubiéramos cancelado frente a la negativa de los invitados. ¿Cómo se puede hacer una fiesta si las personas a quienes se desea agasajar rehúsan participar? Mas el hombre ni por un instante pensó en cancelar la fiesta. Simplemente decidió extender la invitación a otras personas diferentes. Es en esto que nos encontramos frente al punto más notorio de esta historia: Dios va a seguir adelante con sus proyectos, aunque decidamos no unirnos a ellos. Se va a dar el gusto de realizar su fiesta, con o sin nuestra presencia. Esto claramente revela que ninguno de nosotros es el centro de la historia, tan imprescindibles que la vida no puede continuar si no estamos presentes. Nuestro Señor es el principio y el fin de todas las cosas, el único sin el cual nada puede avanzar. Recae sobre nosotros, entonces, la responsabilidad de aceptar su invitación a vivir celebrando la vida con nuestro gran Dios.

Para pensar:

¿Cómo percibe usted las invitaciones de Dios de unirse a sus proyectos? ¿Cuál es su reacción frente a esto? ¿Qué revela esta reacción acerca de sus prioridades?[1]



[1] Shaw, C. (2005). Alza tus ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica: Desarrollo Cristiano Internacional.

 

 

 

 

 

Los principales sacerdotes, los ancianos y todo el Concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús para entregarlo a la muerte, pero no lo hallaron, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Mateo 26.59–60

 

Muchos historiadores han analizado minuciosamente los detalles del juicio que los sacerdotes y ancianos le hicieron a Cristo. La mayoría de ellos coinciden en que todo el procedimiento no fue más que una burla al sistema legal establecido por la sociedad israelita. Los integrantes del Concilio ya habían decidido, hacía tiempo, darle muerte a Jesús cualquiera fueran los resultados del juicio. No obstante, insistieron en mantener la fachada de que estaban procediendo dentro del marco de la ley.

En esto, el Concilio se une a una extensa lista de tiranos, déspotas y dictadores que han obrado de similar manera. Los dos personajes más nefastos del siglo XX, Hitler y Stalin, insistieron en seguir meticulosamente con los requerimientos de la ley, aunque no existía ninguna duda en cuanto al resultado final de cada una de sus acciones. Deseaban, de esta manera, mantener la fachada de legalidad mientras sembraban el terror y el espanto para el «bien» del pueblo.

Existe un deseo profundo en cada uno de nosotros, de asegurarnos que nuestros actos no sean reprobados. La manifestación más frecuente de esto es la férrea costumbre de defender siempre lo que hacemos, aun cuando claramente estamos equivocados. Se perpetúa el mal en una permanente búsqueda de la manera de acomodar nuestros actos para que nuestra maldad no quede en evidencia. Es importante, como líderes, que entendamos esta tendencia muy humana.

Como pastores no queremos perpetuar una mala imagen delante de los demás. A su vez, tampoco queremos ceder ante la posibilidad de que nuestros asuntos tengan un desenlace contrario al que deseamos. Esto nos lleva, muchas veces, a comportamientos que tienen un difícil objetivo: mostrar actitudes espirituales y, a la vez, asegurar que nuestra voluntad se cumpla sin cuestionamientos.

Considere, por ejemplo, cuán fácil es para un líder convertir en una mera formalidad la discusión de sus propuestas. Para muchos pastores, invitar a otros a compartir su opinión no es más que un trámite. Todos saben que no existe la libertad para contradecir lo que el líder ya ha decidido. O piense en la cantidad de veces que «oramos» al final de una larga reunión de planificación, solamente para darle un sello de espiritualidad a lo que hemos proyectado. No es que estemos buscando conocer la voluntad de Dios. Más bien estamos interesados en que él apruebe y bendiga lo que ya hemos decidido por nosotros mismos.

En todo esto se delata que buscamos lo imposible: ¡retener el control de nuestras vidas sin que otros se den cuenta de que lo estamos haciendo! Intelectualmente sabemos que tal propuesta es absurda, pero en la práctica caemos una y otra vez en el mismo comportamiento. Solamente es posible un cambio cuando entendemos que no podemos andar con Cristo, a menos que estemos dispuestos a ceder absolutamente todo a sus manos. Esto significa correr el «riesgo» de que las cosas no se hagan como nosotros queremos, sino como él quiere.

Para pensar:

«Todos los caminos del hombre son limpios ante sus propios ojos, pero el Señor sondea los espíritus» (Pr 16.2 - LBLA).[1]

 



[1] Shaw, C. (2005). Alza tus ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica: Desarrollo Cristiano Internacional.

 

 

III. Se anuncia el tema de la epístola

1:16b–17

16b Porque es el poder salvífico de Dios para todo el que cree, tanto para el judío primero como para el griego. 17 Porque en él la justicia de Dios está siendo revelada de fe a fe, tal como está escrito: «Pero el que es justo por fe vivirá».

 Este versículo y medio es, al mismo tiempo, tanto parte integrante de la expresión de Pablo en cuanto a su disposición favorable a predicar el evangelio en Roma, como también una declaración del tema teológico que va a desarrollarse en el cuerpo principal de la epístola. Esta sección pertenece en realidad al párrafo que comenzó con el v. 8, pero hemos optado por presentarla como una división principal independiente, a fin de que se destaque con mayor claridad la estructura lógica de la epístola.

16b. Porque es el poder salvífico de Dios. La razón que explica por qué a Pablo no lo domina la tentación de sentirse avergonzado del evangelio, sino que se gloría en él y vive para proclamarlo, es que sabe que se trata del omnipotente poder de Dios mismo encaminado a lograr la salvación de los hombres.

En las cartas de Pablo «salvar» y «salvación» se refieren en primer término al futuro de Dios, a lo que empieza con la venida de Cristo en gloria, su segunda venida, como se la llama con frecuencia. Esto resulta explícito en 1 Corintios 5:5 («…que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús»), pero también resulta claro en Romanos 5:9s.; 13:11; 1 Corintios 3:15; Filipenses 1:28; 2:12; 1 Tesalonicenses 5:8s.; 2 Tesalonicenses 2:13. Lo que podría llamarse el contenido negativo del evangelio se indica en 5:9: es la salvación de la manifestación final de la ira de Dios (en cuanto a lo que Pablo quiere decir con «la ira de Dios» véase el comentario sobre 1:18). Pero hay también un contenido positivo. Es la restauración de la gloria que les falta a los hombres pecadores (compárese 3:23). Tocante a este aspecto resulta iluminador notar la correspondencia entre la salvación en 5:10 y la glorificación en 8:30, y notar, además, cómo se describe en Filipenses 3:21 la obra de Cristo en función de Salvador (Fil. 3:20). Mientras que generalmente se habla de la salvación en futuro, Pablo puede usar el tiempo pasado en relación con ella (así en 8:24 tenemos la afirmación «fuimos salvos», lo cual, no obstante, tiene la limitación de la frase «en esperanza»), por cuanto el acto decisivo de Dios por medio del cual se ha asegurado la salvación final del creyente ya se ha cumplido. También usa el tiempo presente (como en 1 Co. 1:18; 2 Co. 2:15) para describir la actitud presente del creyente de aguardar y luchar esperanzadamente, actitud que tiene como meta la salvación.

Lo que Pablo está diciendo aquí, entonces, es que el evangelio es el poder efectivo de Dios, en su accionar en el mundo de los hombres, para lograr la liberación ante su ira en el juicio final, y la nueva disposición en la gloria de Dios la cual ha sido perdida por el pecado: se trata de una salvación futura que revierte su esplendor hacia el presente de quienes la han de compartir. El evangelio, el mensaje de las buenas noticias, existe en virtud de su contenido, de su tema, vale decir Jesucristo. Es él mismo quien constituye su efectividad.

para todo el que cree. La respuesta que pide el mensaje es la expresión de la fe: fe en dicho mensaje y, en consecuencia, fe en el Cristo que es su contenido, y en Dios que ha actuado en él, y cuyo poder es el mensaje. Para todos los que responden con fe el evangelio obra en forma efectiva para la salvación. Aquí es importante notar que la fe de que se habla no es algo que existe independientemente del evangelio. No se trata de una cualidad que algunos hombres ya poseen en sí mismos antes de enfrentarse con el evangelio. Adquiere existencia sólo como respuesta al evangelio (o a la sombra del mismo en el Antiguo Testamento). Además, no es —como la respuesta del hombre al evangelio— una contribución de su parte que, como cumplimiento de una condición impuesta por Dios, hace que el evangelio pueda actuar para salvación. En ese caso, la fe sería ella misma, en último análisis, una obra meritoria; en cambio, forma parte de la esencia misma de la fe (como la entiende Pablo) el hecho de que es contraria a todo merecimiento humano, todo intento humano de plantearle exigencias a Dios. La fe es la apertura al evangelio que Dios mismo opera. Dios no sólo enfoca el mensaje hacia el oyente, sino que él mismo se encarga de abrir el corazón del oyente al mensaje. El «todo el que» toca una nota que se hace oir vez tras vez en toda la epístola.

tanto para el judío primero como para el griego subraya y explica ese «todo el que». La palabra «tanto» dirige la atención a la igualdad fundamental entre judíos y gentiles («griego», cuando se usa por contraste con «judío», significa «gentil»; este uso es diferente del que encontramos en el v. 14), igualdad que el evangelio pone de manifiesto. El evangelio es el poder salvífico de Dios tanto para unos como para otros por igual. Al mismo tiempo, «primero» indica que el judío tiene cierta prioridad. El modo en que Pablo entiende este «tanto» y este «primero», y la forma en que los mantiene unidos, se hará crecientemente evidente a medida que seguimos al autor paso a paso a través de la epístola.

17. Porque en él la justicia de Dios está siendo revelada de fe a fe. Estas palabras tienen por objeto servir de explicación y confirmación del v. 16b: el evangelio es el poder salvífjco de Dios para todo aquel que cree, porque en él la justicia de Dios está siendo revelada … Se usa el tiempo verbal presente porque se trata del concepto de la revelación en la incesante predicación del mensaje. En la predicación Dios mismo está revelando su justicia. Hay acuerdo general en que el v. 17 constituye un versículo clave de la mayor importancia, y que resulta, además, absolutamente fundamental para la comprensión de Romanos. Lamentablemente, sin embargo, su interpretación es tema de discusión. La dificultad radica en la palabra «justicia». Esta representa un sustantivo griego que pertenece a un grupo de palabras relacionadas.

La complicación reside en el hecho de que algunos miembros de este grupo de palabras griegas se usaron en la versión griega del Antiguo Testamento para representar algunos miembros de un grupo de palabras hebreas mayormente, pero no totalmente, correspondientes, y en este proceso los campos de significación se modificaron mucho. Actualmente la generalidad de los entendidos acepta que el uso que hace Pablo de ellos ha sufrido en buena medida la influencia de la transformación así operada. Esta influencia es más marcada en el caso del verbo que en vrv2 se representa sistemáticamente en todo el Nuevo Testamento con la palabra «justificar»; porque ninguna de las veces que Pablo usa este verbo griego (aparece quince veces solamente en Romanos) tiene una explicación aceptable sobre la base del uso del griego no bíblico. Debido a su uso en el Antiguo Testamento griego este verbo había adquirido un sentido forense, «absolver», «acordar condición de justo a». En el caso del adjetivo correspondiente (como ocurre con el correspondiente adjetivo hebreo) es preciso reconocer que Pablo lo usa tanto como en su sentido ético griego característico como en sentido forense. Con el sustantivo (que es lo que tenemos aquí) la situación es más difícil todavía. Aun cuando haya acuerdo en que en un caso particular tiene sentido forense (como creemos que es el caso aquí), todavía tenemos que preguntarnos si lo que se quiere significar es la acción de absolver (de otorgar la posición de justo) o la condición que resulta para el objeto de la acción, vale decir, la condición de haber sido absuelto (la posición de justo ya otorgada).

Se trata de un asunto que se discute ardientemente en relación con la frase «la justicia de Dios» en este versículo. (Con bastante frecuencia se plantea en otros térm inos, a saber, si «de Dios» es en este caso un genitivo subjetivo, en cuyo caso significaría que «justicia» debe denotar la acción, o un genitivo de origen, en cuyo caso significaría que «justicia» debe denotar la condición resultante del objeto de la acción.) Los argumentos principales que se aducen en apoyo del primer punto de vista (que «la justicia de Dios» significa aquí el acto de Dios de justificar, absolver, otorgar la condición de justo en relación con su persona) son:

(i) que el hecho de que «ira» en el v. 18 se refiere a una actividad de Dios sugiere que «justicia» en el v. 17a probablemente se refiera igualmente (en vista del paralelismo de la estructura entre el v. 17a y el v. 18) a esa actividad;

(ii) que, en razón de la relación entre el v. 17a y el v. 16b, la presencia de la frase «el poder … de Dios» en el v. 16b aconseja tomar «la justicia de Dios» en el v. 17a con referencia a una actividad de Dios, al poder salvífico de Dios en acción;

(iii) que en el Antiguo Testamento el correspondiente sustantivo hebreo, cuando se usa con referencia a Dios, se refiere a una actividad de Dios, la actividad de su poder salvífico;

(iv) que la expresión «justicia de Dios» había adquirido el sentido de término técnico, en algunos círculos judaicos, para la justicia salvífica de Dios, que abarca su fidelidad real y triunfante para con el pacto y la creación, su misericordia perdonadora, su derecho de reclamar la obediencia de los hombres. Se sostiene que Pablo adoptó, radicalizó y universalizó este término técnico judío.

A primera vista estos argumentos resultan impresionantes, pero ninguno de ellos es concluyente en absoluto. Con respecto a (iii) y (iv) puede decirse que, si bien es cierto que naturalmente la expresión de Pablo «la justicia de Dios» ha de entenderse a la luz del lenguaje de la justicia del Antiguo Testamento y del judaísmo tardío, no hay razón para suponer que él tiene que haber usado el lenguaje que adoptó, exactamente en la misma forma en que había sido usado. Debemos aceptar la posibilidad de que haya usado lo que adoptó con libertad y originalidad.

Ahora tenemos que considerar lo que se puede decir en apoyo del otro punto de vista, a saber, que «la justicia de Dios» significa aquella condición de justicia del hombre ante Dios que es resultado del acto justificador de Dios. Los principales argumentos son:

(i) que hay varias menciones de «justicia» en las cartas de Pablo que parecerían ofrecerle sólido apoyo. Una está en 10:3 («Pues, dejando de reconocer la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios»). Aquí resulta natural, por cierto, tomar la primera frase «justicia de Dios» con el significado de posición de justicia puesta a disposición por Dios como regalo suyo, en contraste con «la suya propia», es decir, una posición de justicia adquirida por sus propios esfuerzos, y entender la segunda mención de la frase en el mismo sentido que la primera. Compárese Filipenses 3:9, donde «una justicia mía propia, en verdad aquella que es de [griego: «de» con sentido de procedencia] la ley» se opone a «la que es por la fe en Cristo, la justicia que es de [griego: «de» con sentido de procedencia] Dios por la fe»; y también 1 Corintios 1:30; 2 Corintios 5:21; Romanos 5:17.

(ii) que resulta extremadamente difícil ver cómo se puede considerar que fuese natural que Pablo usara la expresión «de fe a fe» aquí, si pensaba que «la justicia de Dios» era una acción realizada por Dios. En cambio tiene sentido si «la justicia de Dios» denota la posición de justicia otorgada por Dios.

(iii) que la cita de Habacuc (v. 17b) habla a favor de este punto de vista, ya que enfoca la atención sobre el hombre justificado, y no sobre el acto de Dios de justificarlo.

(iv) que considerar que la «justicia de Dios» se refiere a la posición de justo dada por Dios concuerda mejor con la estructura del argumento de la epístola, en la que 1:18–4:25 explica las palabras «el que es justo por la fe» y 5:1–8:39 la promesa de que el que es justo por la fe «vivirá». Si se examinan cuidadosamente 2:13; 3:20, 28; 4:2, 13; 5:1, 9, 19, se verá que la atención se centra en la posición que resulta de la acción de Dios y en aquellos a quienes se acuerda la posición, más que en la acción divina en sí misma.

No cabe duda de que esta contienda ha de continuar. La cuestión no ha sido dilucidada en forma concluyeme todavía. Mas, teniendo en cuenta los argumentos que acabamos de indicar, estimamos que la interpretación según la cual «Dios» es un genitivo de origen, y «justicia» denota la posición justa otorgada por Dios, es mucho más probable que la que considera que «Dios» es un genitivo subjetivo y que «justicia» denota la acción divina de justificar.

Las palabras «de fe a fe» se han interpretado de diversas maneras en el curso de los siglos; pero la explicación más probable parecería ser que constituyen simplemente un modo enfático de decir «de [= desde] la fe» (o «por la fe»), donde la frase «a fe» tiene un efecto similar a «solamente» en la frase «por fe solamente». Si bien la estructura de la oración gramatical da a entender que se debería conectar la frase con la expresión verbal «está siendo revelada», la cita de Habacuc que aparece después y la comparación de 3:21 y 22 con 1:17a sugieren con fuerza, si no en forma concluyente, que corresponde conectarla con «la justicia de Dios». En ese caso el sentido de la oración completa, como la entendemos nosotros, puede indicarse de la siguiente manera: Porque en él (es decir, en el evangelio tal como se lo está predicando) se está dando a conocer (y de este modo ofreciendo a los hombres) una posición de justicia delante de Dios, posición de justicia que es un don de Dios y enteramente por fe. La frase explica y confirma la afirmación que se hace en el v. 16b (de que el evangelio «es el poder salvífico para todo el que cree»): al revelar y hacer accesible justamente este don de una posición de justicia ante su presencia, Dios actúa en forma poderosa para salvar.

tal como está escrito: «Pero el que es justo por fe vivirá». Como confirmación de lo que acaba de decir, Pablo cita Habacuc 2:4b. El sentido del hebreo original indica que el justo será preservado con vida como consecuencia de su fidelidad (es decir, su firme lealtad). Probablemente se trataba de una referencia al pueblo judío en contraste con sus opresores paganos, y la vida a que se refiere probablemente fuese la supervivencia política; pero es probable que se haya hecho sentir muy temprano una tendencia a entender la oración con referencia al individuo. La Septuaginta (es decir, la versión griega más importante del Antiguo Testamento) tiene, en lugar de «por su fe», «por mi fe», frase esta que podría significar ya sea «por mi fidelidad [vale decir, «la de Dios»]» o «por fe en mí [vale decir, «en Dios»]». Pablo no conserva ni el «mi» ni el «su», y entiende la afirmación del profeta a la luz del evangelio. Tal como la usa él, «fe» tiene el mismo sentido que el que tiene en la primera parte del v. 17 y «vivirá» no se refiere a la supervivencia política, sino a la vida con Dios, la que es, únicamente ella, vida verdadera, esa vida que el creyente comienza a disfrutar aquí y ahora, y que disfrutará en su plenitud más adelante. Una idea del significado de «vivirá» puede obtenerse al estudiar 2:7; 4:17; 5:17, 18, 21; 6:4, 10, 11, 13, 22, 23; 7:10; 8:2, 6, 10, 13; 10:5; 12:1.

Todavía tenemos que averiguar si se ha de conectar «por fe» con «vivirá», como en Habacuc, o con «el que es justo», como sugirió Beza, el sucesor de Calvino. Esta sugerencia ha sido adoptada por muchos intérpretes desde entonces. Dos argumentos pueden invocarse a favor de la primera alternativa: que Pablo tiene que haber sabido que en Habacuc «por fe» estaba relacionado con el verbo, y que, si Pablo quiso decir que la frase «por fe» debía vincularse con «justo», tendría que haberla colocado entre «el que es» (frase que representa el artículo determinado griego) y «justo», de conformidad con el uso griego. Pero estos argumentos no son concluyentes en modo alguno. Al primero se le puede contestar que Pablo trata el texto del Antiguo Testamento con bastante libertad en otros casos; al segundo que no resultaba antinatural adherir al orden gramatical original aun cuando la intención fuese que se entendiesen las palabras de otro modo. A favor de la segunda alternativa puede decirse que no cabe duda de que ofrece una conexión mucho más satisfactoria entre el v. 17b y el v. 17a; que concuerda con la estructura de la epístola en forma extremadamente adecuada, por cuanto puede decirse que 1:18–4:25 constituye una exposición de «el que es justo por fe» y que 5:1–8:39 es una exposición de la promesa de que dicho hombre «vivirá»; que la relación entre la justicia y la fe se hace explícita en 3:22; 4:11, 13; 5:1; 9:30; 10:6. Llegamos a la conclusión de que Pablo quería, casi seguramente, que se relacionara «por fe» con «el que es justo» y no con «vivirá».[1]

 



vrv2 Versión Reina Valera, rev. de 1960

[1] Cranfield, C. E. B. (1993). La Epistola a los Romanos (pp. 17–23). Buenos Aires; Grand Rapids, MI: Nueva Creación; William B. Eerdmans Publishing Company.

 

 

 Lectura bíblica: Gálatas 5:19–23

 Pero el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio. Gálatas 5:22, 23

 Imagínate esto: Eres una chica. (Bueno, si eres un chico eso es medio difícil, pero inténtalo). Fuiste elegida para participar en el programa Encuentra tu pareja perfecta. Lo que tienes que hacer es elegir, entre tres muchachos tontos que comparten el escenario contigo, la pareja perfecta con quien casarte. Preguntando y contestando varias preguntas, descubres todo tipo de cosas significativas que tienen en común. Así que di cuál característica, entre las siguientes, hace que el muchacho sea un buen candidato para ser tu esposo para toda la vida:

 

 

    (a)      A los dos les gusta hablar por teléfono.

    (b)      Cada uno piensa que el otro es muy lindo.

    (c)      Los dos son tremendamente populares.

    (d)      Los dos pasan sus vacaciones de primavera buceando con rayas venenosas.

    (e)      Los dos son creyentes en desarrollo que muestran el carácter de Cristo.

 

 

Hummm… la decisión no es demasiado difícil.

Pero aquí tienes algo realmente importante para pensar. Si la meta de salir con alguien es encontrar un mejor amigo con quien pasar el resto de tu vida, entonces no te estás preocupando por lo popular que sea, lo lindo que sea, los juegos que tiene o las opiniones de tus amigos. Lo que hace que alguien sea ganador es lo que tiene por dentro. Gálatas 5:22, 23 lista las importantes cualidades que necesitas ver en cualquier buen amigo, especialmente tu mejor amigo para toda la vida.

De hecho, la última opción en la lista anterior es la primera pregunta para hacer acerca de alguien que te gusta o con el que te gustaría salir, o un día casarte. Cuando sabes que alguien que te gusta es un creyente consagrado, entonces los dos tienen que empezar a ver si tienen metas y personalidades similares al igual que un deseo de llevarse bien, todas las cosas que los pueden ayudar a decidir si el propósito de Dios es que se casen y pasen juntos la vida. (Dicho sea de paso, ¡Dios no te hará contraer matrimonio con alguien que no aguantas!).

Encontrar novia o novio en un ridículo programa de TV, de seguro que no es el mejor plan de Dios para ti. La persona con quien te cases será alguien que tú escojas. Si sales con perdedores —como los que no pasan la prueba de Gálatas 5:22, 23— aumentas muchísimo la probabilidad de casarte con un perdedor. Pero si escoges ganadores, es muy probable que te cases con un ganador.

PARA DIALOGAR: ¿Te mandarían tus papás a Hollywood para ser un concursante en el programa Encuentra tu pareja perfecta? ¿Por qué? ¿Por qué necesitas tener en cuenta ahora mismo las normas de Gálatas 5?

PARA ORAR: Señor, gracias porque a tu tiempo traerás a mi vida personas —chicos o chicas— que actúen de acuerdo con tus normas.

 

PARA HACER: Aquí van algunas preguntas titánicas para que les hagas a papá y mamá: ¿A qué edad puedo comenzar a salir con chicos del sexo opuesto? ¿Qué clase de citas deben ser? ¿Cómo decidiremos con quién debo salir?

 

 

 

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

QUE REGLAS GOBIERNAN TU VIDA?

Lectura bíblica: Deuteronomio 10:12–16

 

¿Qué pide Jehovah tu Dios de ti? Sólo… que guardes los mandamientos de Jehovah y sus estatutos que yo te prescribo hoy, para tu bien (Deuteronomio 10:12, 13)

 

Hace unos meses, Cristina, de 14 años, recibió el peor regalo de Navidad que podía haber recibido. Sus padres anunciaron que se divorciaban. Al principio, Cristina no podía creerlo. Después, lloró a mares por la situación que sabía que era real. Ahora, está realmente furiosa porque parece estar en medio de las discusiones entre su mamá y su papá. No sabe cómo reaccionar ni qué decir.

—¿Saben? —insiste Cristina—, quiero hacer lo que sea correcto. Pero oigo decir tantas cosas a tanta gente que ya ni estoy segura de lo que es correcto. Es como estar en una competencia deportiva y, desde las gradas, mis entrenadores, compañeros de equipo, mis padres y el público me gritan consejos todos a la vez. Esta es una situación horrible. Necesito saber lo que Dios quiere.

Cristina se siente confundida. Pero ha tomado un paso enorme hacia obedecer a Dios: Quiere hacer lo que Dios quiere.

La verdad es que diferenciar entre lo bueno y lo malo por lo general no es tan difícil. La parte más difícil de obedecer a Dios es escoger el camino de Dios. Es decidir que lo que Dios dice acerca de lo bueno y lo malo es más sabio y mejor que cualquier otra cosa que se le pudiera ocurrir a tu pequeño cerebro. Es decidir que los caminos de Dios son mucho mejores que los que te indican tus amigos. Es decidir que en tu propia vida, las reglas de Dios serán las que rigen.

Tema para comentar: ¿Por qué decidir hacer lo que Dios quiere es siempre la mejor decisión que puedes tomar? ¿Por qué es tan maravilloso obedecer a Dios?

Dios tiene un plan para la vida de cada uno de nosotros. Es lo que la Biblia llama su “voluntad”. Algunas partes de su voluntad se aplican a todos. Esas son las partes de su voluntad que Dios pone muy en claro por medio de los mandatos en la Biblia. Otras partes de la voluntad de Dios son exclusivamente para ti como individuo. Y es allí donde surge la gran decisión. ¿Quieres cumplir la voluntad de Dios más que cualquier otra cosa? ¿Quieres lo que Dios quiere para ti?

En la vida tenemos que tomar muchas decisiones importantes, pero la más importante es decidir cuáles ideas seguiremos en cuanto a lo bueno y lo malo. Y una vez que hayamos decidido someternos a Jesús como Salvador y Señor de nuestra vida, podemos estar seguros de que él nos dará el poder para vivir en sus caminos.

 

PARA DIALOGAR: ¿Quieres hacer la voluntad de Dios? ¿Cómo afecta eso tus decisiones diarias?

 

PARA ORAR: Señor, ayúdanos hoy al esforzarnos por seguir tus mandatos.

 

PARA HACER: Busca hoy una oportunidad para ayudar a un amigo a entender que seguir las reglas de Dios es la mejor decisión que puede tomar.

 

 

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

 

 

Lo primero, primero

Designó entonces a doce, para que estuvieran con él, para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios. Marcos 3.14–15

Este versículo nos da, en forma resumida, una clara idea de cuál era el plan que Cristo tenía en mente cuando escogió a sus doce discípulos. El camino a seguir incluía tres claros objetivos: 1) estar con él, 2) enviarlos a predicar, y 3) darles autoridad sobre los enfermos y los endemoniados.

Hay otros pasajes donde podría ser modificado el orden sin que se altere el producto final. Pero esta es una clara instancia de una secuencia en la que cada paso depende de la anterior. El orden establecido para esta estrategia no puede ser modificado. Podríamos sanar enfermos y expulsar demonios, pero tendría escaso valor si no fuera acompañada de la Palabra, que tiene un peso eterno. Asimismo, podríamos también agregarle la predicación de la Palabra a nuestro ministerio de sanidad, pero si no está sustentado por una relación de intimidad con el Hijo, no podríamos realmente señalar el camino hacia el conocimiento del Mesías.

Es aquí donde, como pastores, necesitamos ejercer gran cautela. La vorágine del ministerio con frecuencia lleva a que estos factores se inviertan, de manera que nos encontremos atrapados en gran cantidad de actividades que tienen la apariencia de devoción, pero que nos han robado lo más precioso, que es nuestra relación con el Señor.

Cuando me encuentro con pastores, siempre busco la oportunidad de preguntarles cómo andan en su vida espiritual. Es fácil tomar por sentado que si estamos en el ministerio entonces, lógicamente, estaremos disfrutando de intimidad con el gran Pastor. La realidad, lamentablemente, es otra. Muchas veces encuentro que los pastores han perdido su pasión por Aquel a quien están sirviendo con tanta devoción.

El evangelio de Mateo nos presenta una escena escalofriante. Algunos que pretenden justificar su falta de relación, señalando las muchas obras que han realizado, dirán en el día del jucio: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?» El Hijo del Hombre les responde con esta lapidaria frase: «Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!» (Mt 7.22–23). Note usted que Jesús les llama «hacedores de maldad». ¡Es muy fuerte! No deja lugar a dudas que toda obra divorciada de una relación con el Señor, aun cuando sea obra para él, es obra mala.

¿Ha perdido usted la disciplina de pasar tiempo con él, buscando su rostro y su companía? ¿Lo han vencido las constantes demandas para hacer cosas en la iglesia? ¿Se le ha enfriado un poco la relación con el Señor? ¿Por qué no aprovecha este día para volver a poner las cosas en su lugar? ¡Acérquese con confianza y renueve esa relación que tanto bien le hace! El Señor lo ha estado esperando.

Para pensar:

Alguien ha observado alguna vez que estar ocupado en los negocios del Rey, no es excusa para olvidarse del Rey. Si usted está tan ocupado que no le queda tiempo para estar con su Pastor, está más ocupado de lo que él quiere.

 

 

 Shaw, C. (2005). Alza tus ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica: Desarrollo Cristiano Internacional.

 

 

GRACIA Y PAZ, Burt, D. F.

1 TESALONICENSES 1:1 Gracia a vosotros y paz.

LA SALUTACIÓN

Aquellos lectores míos que utilizan habitualmente la versión Reina-Valera de la Biblia habrán observado que aparece al final de este versículo una frase que es omitida en otras versiones: de Dios nuestro Padre y del Señor JesucristoEsto se debe a que la frase no aparece en los mejores manuscritos griegos del Nuevo Testamento, sino solamente en algunos de fecha tardía.

Por tanto, en la actualidad los traductores y comentaristas suponen que no salió de la pluma de Pablo, sino que fue añadida por algún copista posterior, quizás por repetir equivocadamente la frase que sí aparece al final de la primera parte del versículo, o quizás por querer asemejar el inicio de la primera epístola al inicio de la segunda (ver 2 Tesalonicenses 1:2, donde esta frase sí aparece en los primeros manuscritos)1.

Por razones textuales, pues, es preferible omitir esta frase. No obstante, sería un error no interpretar este versículo a la luz de ella. Puesto que el mismo apóstol iba a expresarse así en 2 Tesalonicenses, difícilmente habría dado otro significado a la frase unos pocos meses (o semanas) antes, al escribir la primera epístola. Está claro que, para Pablo, nadie puede experimentar la auténtica gracia y paz en la vida si no es por obra de Dios.

Así pues, el Padre y el Hijo constituyen la fuente única e indivisible de donde emana la bendición que los misioneros ahora invocan sobre los tesalonicenses: la gracia y la paz. Si quisiéramos matizar aun más, podríamos decir que éstas tienen su origen en el Padre, pero sólo son aplicables al hombre en virtud de la obra salvífica del Hijo; y podríamos añadir que es el Espíritu Santo quien las suministra y las hace palpables en la vida del creyente (ver el v. 5).

Se ha comentado muchas veces que esta combinación de virtudes —gracia y paz— derivó, sin duda, de las salutaciones normales de judíos y griegos en aquel entonces2. Hasta el día de hoy, los judíos se saludan con la palabra ¡shalom! (paz). Y los griegos de entonces solían decir ¡chairein! (¡saludos!; ver Hechos 15:23; 23:26; Santiago 1:1), vocablo que pronto recibió una variante cristianizada, ¡charis! (gracia) a causa de la similitud entre las dos palabras. ¡Qué apropiado, pues, que el apóstol judío enviado por Cristo a los gentiles utilice una mezcla de formas hebreas y griegas en su salutación!

Sin embargo, lo más significante de estas palabras se halla en el rico contenido espiritual que tenían para el apóstol. Son dos de las palabras más frecuentemente empleadas en las epístolas paulinas: unas cien veces la palabra gracia y unas cuarenta la palabra paz3. Para entender el entrañable deseo expresado en esta salutación, necesitamos meditar, aunque sea escuetamente, sobre ellas.

LA GRACIA

La gracia empieza siendo un atributo de Dios. Esa palabra aplicada a Dios nos habla de su misericordia y amor, de su actitud benévola y disposición bondadosa hacia sus criaturas. Dios es así. Su relación con nosotros no se caracteriza por la malicia o la indiferencia, sino que Dios es amor (1 Juan 4:8) y manifiesta su bondad por medio de su providencia generosa.

Pero, a raíz de la caída del hombre y de su rebeldía contra Dios, la gracia adquiere nuevos matices y nuevas dimensiones. Ahora nos habla supremamente de aquel mismo amor divino mostrado hacia los que no nos lo merecemos —sino todo lo contrario: nos merecemos sólo la ira de Dios— y se expresa principalmente en la encarnación y la expiación de Jesucristo. De esta dimensión de la gracia los tesalonicenses ya son beneficiarios, como Pablo está a punto de decir en los versículos siguientes. O, para expresarlo en términos empleados por el mismo apóstol en otras epístolas, conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, sin embargo por amor a vosotros se hizo pobre, para que vosotros por medio de su pobreza llegarais a ser ricos (2 Corintios 8:9); por gracia habéis sido salvados (Efesios 2:8).

La persona salva por la gracia de Dios manifestada en la cruz de Cristo se encuentra ahora en un estado de gracia delante de Dios. La gracia, que puso en marcha todo el proceso de su salvación, ahora le sostiene en el camino y le acompaña hasta la gloria. Ya no está bajo condenación o ira, sino que disfruta de esta gracia en la cual estamos firmes y a la cual hemos obtenido acceso por la fe (Romanos 5:2). Descubre que el que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, le da gratuitamente [de gracia] también todas las cosas (Romanos 8:32, RVA). Vuelve a estar conscientemente bajo la bondadosa providencia de Dios, de forma que Dios hace que todas las cosas cooperen para su bien (Romanos 8:28).

LA PAZ

Y es la conciencia de encontrarse en un estado de gracia la que le proporciona al creyente la paz, la convicción de no ser ya reo de la justicia divina, sino de haber sido reconciliado con Dios:

La justicia de Dios ha sido manifestada, … es decir, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo … [Somos] justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús … Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 3:21, 22, 24; 5:1).

Evidentemente, la paz es imposible sin la gracia. No puede haber reconciliación con Dios sin la obra de la cruz. Por eso, en sus salutaciones el apóstol habla siempre de gracia y paz, no de paz y gracia. Además, la palabra paz no indica sólo el fin de la enemistad entre nosotros y Dios, sino el total bienestar que Dios tiene en mente para sus hijos y que fluye, precisamente, de su obra de gracia.

Todo eso, y mucho más, es lo que hay detrás de las palabras empleadas por Pablo en su salutación. Pero debemos preguntar: ¿con qué intención las emplea? ¿Se trata de una mera exclamación de saludo convencional entre cristianos? ¿Está afirmando un hecho? ¿Está expresando un deseo? ¿O está elevando una oración? El problema radica en que no hay ningún verbo en la frase y, si acaso, tenemos que suplir uno. ¿Cuál debemos elegir? ¿La gracia y la paz sean con vosotros? ¿La gracia y la paz estarán con vosotros? ¿Que Dios derrame su gracia y paz sobre vosotros?

Creo que podemos descartar el que se trate de un mero saludo convencional, reflexivo o sin sentido; si no por otra razón, porque aún estamos en las primeras generaciones de la iglesia cuando no había pasado tiempo suficiente como para que las frases perdiesen su significado original. Por otro lado, Pablo no era un hombre que expresara deseos al margen de su confianza en que Dios era capaz de cumplirlos. Lo cual nos deja con sólo dos opciones: o se trata de una afirmación confiada como la que Juan pronuncia al principio de su segunda epístola: Gracia, misericordia y paz serán con nosotros (2 Juan 3); o de una oración exclamatoria semejante a la que Pedro eleva al comienzo de su primera epístola: Que la gracia y la paz os sean multiplicadas (1 Pedro 1:2).

En todo caso, la idea del apóstol es la siguiente: los creyentes de Tesalónica conocen ya el ámbito de la gracia y paz de Dios por haber creído en el Señor Jesucristo. Pero ahora necesitan vivir dentro de aquel ámbito, confiados en que su Padre celestial velará por sus intereses y proveerá todo lo que les hace falta para mantener su vida y su testimonio hasta el día de Cristo. Lo que el apóstol desea para ellos es que sean confirmados en esa esperanza y disfruten de la seguridad de vivir bajo la gracia y en la paz de Dios. La cuestión de si quiso expresar este deseo como oración o como afirmación resulta, de hecho, ociosa. En última instancia, para la fe no hay gran diferencia entre la oración (Señor, suple su necesidad), el deseo (que el Señor supla vuestra necesidad) y la afirmación (mi Dios suplirá toda necesidad vuestra; Filipenses 4:19 RVA). En cada caso, es el Señor quien escucha las palabras de su siervo y contesta al deseo implícito o explícito4.[1]

 



1 Ver Hendriksen, pág. 54.

2 Ver CENT, volumen 128, Mucha libertad en Cristo, págs. 47–51.

3 Ver Hendriksen, págs. 53–54.

RVA Santa Biblia, versión Reina-Valera actualizada. 1989. Editorial Mundo Hispano, El Paso, Texas.

RVA Santa Biblia, versión Reina-Valera actualizada. 1989. Editorial Mundo Hispano, El Paso, Texas.

4 En este sentido, seguramente Hendriksen (pág. 56) tiene razón cuando propone que esta frase contiene tanto una oración como una declaración: Que la gracia y la paz reposen sobre todos vosotros; yo, como representante oficial de Dios (junio con mis colaboradores, Silas y Timoteo) declaro que lo dicho realmente acontecerá.

[1] Burt, D. F. (2002). La Conversión Auténtica: 1 Tesalonicenses 1:1-10 (pp. 63–67). Barcelona: Publicaciones Andamio.

 

 

Los recursos en la prueba

                  (Santiago 1:5–8)

        Pérez Millos, S. (2011). Comentario Exegético al Texto Griego del Nuevo Testamento: Santiago (pp. 47–54)

Εἰ δέ τις ὑμῶν λείπεται σοφίας. Cuando las pruebas se producen, la pregunta: ¿Por qué?, siempre surge. El cristiano sabe que está bajo la mirada protectora de Dios y vinculado a su amor inquebrantable (Ro. 8:31–39). Conoce también que es un hijo del Padre (Ro. 8:16). Esa es también la razón de la sorpresa –humanamente hablando- de las pruebas.

En ellas, el cristiano se pregunta ¿por qué permite Dios esto? La realidad es que el creyente, muchas veces, no entiende la razón del por qué de las pruebas. Santiago exhorta a que el creyente pida a Dios esa sabiduría que le permita entender las circunstancias por las que se producen las pruebas.

La construcción gramatical griega se establece mediante una condicional de primera clase, supuesta cierta, al iniciarla con la conjunción εἰ, si condicional. Supone, por tanto, que esta situación de falta de sabiduría puede darse –y de hecho se da- en el creyente. Santiago está diciendo: si alguno no tiene suficiente sabiduría para entender la prueba. No se trata de sabiduría filosófica y, por supuesto, en modo alguno tiene que ver con la sabiduría para interpretar la Escritura, como algunos interpretan sacando el texto de su contexto, sino la sabiduría para entender la razón de las pruebas. La forma verbal λείπεται, presente de indicativo en voz pasiva, indica una situación persistente en cuanto a la falta de sabiduría.

En el versículo anterior, las pruebas contribuyen a que al creyente no le falte cosa alguna (v. 4), en este caso, algún creyente no ha llegado todavía al nivel de sabiduría necesaria para entender las pruebas. Esta sabiduría no es simplemente el conocimiento teológico que tiene que ver con las verdades de la vida cristiana, sino el práctico que permite apreciar las circunstancias con su problemática en el justo valor en que debe ser entendida por el cristiano y que capacita para saber sufrir. Cada uno debemos superar nuestro orgullo humano para entender que necesitamos sabiduría divina para entender las pruebas.

αἰτείτω παρὰ τοῦ διδόντος Θεοῦ πᾶσιν ἁπλῶς. El recurso para adquirir sabiduría está en Dios mismo, fuente de todo conocimiento. En medio de sus pruebas Job formula una pregunta: “¿De donde, pues, vendrá la sabiduría? ¿Y dónde está el lugar de la inteligencia?” (Job 28:20) La respuesta está en las palabras de Santiago: “pídala a Dios”. Más adelante dirá que es de Él de quien procede “toda buena dádiva y todo don perfecto” (v. 17). La solución, pues, a la falta de sabiduría está en la oración.

Es interesante apreciar también aquí la forma verbal que se utiliza, αἰτείτω, pida, que es un presente de imperativo en voz activa, lo que indica primero un mandamiento que debe cumplirse, el de orar; y en segundo lugar una acción continuada, persistente, que mantiene la petición expresada en la oración hasta que reciba la respuesta de parte de Dios. Nótese que no se trata de reclamar algo a Dios, sino de pedirle. Es por tanto un ruego que descansa por fe en la gracia de Dios. Más adelante dirá también que Dios da “mayor gracia” (4:6), lo que enseña que la sabiduría para entender la prueba no es un derecho, sino un regalo que solo Dios puede otorgar. El don de la sabiduría procede de la fuente de la sabiduría, como enseña el Proverbio: “Porque Jehová da la sabiduría, y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia. El provee de sana sabiduría a los rectos” (Pr. 2:6–7a). La manera de recibir la sabiduría consiste en pedirla a Dios. Jesús enseñó a perseverar en las peticiones: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mt. 7:7). La liberalidad de Dios está dispuesta a socorrer a todos sus hijos que le pidan.

Santiago enseña que Dios πᾶσιν ἁπλῶς, da a todos generosamente. Los recursos de Dios y su gracia son infinitos, por tanto el don que otorgará de sabiduría, es también grande, sustentado en Su generosidad. El adjetivo ἁπλῶς, puede traducirse como simplemente, sin condiciones, pero también, como es en este caso generosamente, liberalmente. Nadie dude que puede recibir abundancia de sabiduría para entender la prueba, si la demanda de Dios. Dar es una de las características propias de Dios. Cuando alguno acude a Él en petición, sus recursos de sabiduría serán prodigados, sin que se le pida nada a cambio.

καὶ μὴ ὀνειδίζοντος. Una nueva característica de la respuesta divina para quien pida sabiduría es que le será otorgada sin reproche. Contrariamente a los hombres que muchas veces reprochan a quien solicita de ellos un favor, Dios concederá sabiduría sin reprochar a quien la pida. El Dios de la gracia no reconviene al que acude a Él reconociendo que no entiende el por qué de la prueba. Suele enseñarse a los creyentes que estén atravesando por una prueba, que nunca pregunten a Dios el por qué de ella, sino el para qué, es decir, que no demanden conocer la razón sino el propósito. La enseñanza de Santiago es que el creyente que no entienda el por qué de la prueba, acuda en petición a Dios demandando sabiduría para ello, sin que reciba ningún reproche de Él por haberlo hecho. El Señor no se enoja con quien viene a Él pidiendo sabiduría para entender la razón de la prueba. Dios da abundantemente y no reprende al que le pide sabiduría.

καὶ δοθήσεται αὐτῷ. La seguridad de la respuesta a la oración cierra el versículo: y le será dada. Dios cumple la promesa de dar a quien pida, como dijo Jesús: “Porque todo aquel que pide, recibe” (Mt. 7:8). No es algo limitado para algunos sino extensivo a todo el que ore de esa manera. Donde haya un corazón que pida sabiduría, Dios escuchará la oración. Ninguno debe perder su confianza. Es preciso paciencia para llamar con insistencia. Nótese que la puerta no se abrirá siempre al primer llamado, ni la respuesta aparecerá en una búsqueda breve, ni el pedido recibirá siempre provisión de forma inmediata. El que ora debe entender que el tiempo de Dios no siempre coincide con el tiempo deseado por quien pide. Es necesario el ejercicio de la paciencia esperando la provisión de Dios. Espera sin desesperar. Aguarda en esperanza sin perder la confianza en quien ha prometido dar más abundantemente de lo que puede pensar aquel que pide (Ef. 3:20). Por eso también se exhorta al creyente: “No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa” (He. 10:35–36). Es necesario tener en cuenta que todo creyente es igual ante el trono de la gracia (He. 4:16).

 

αἰτείτω δὲ ἐν πίστει μηδὲν διακρινόμενος. La oración eficaz es aquella que va sustentada en la fe. Nuevamente se establece la condición a modo de mandamiento, al estar el verbo en modo imperativo. Sigue al verbo la preposición de dativo que introduce el medio instrumental de la oración que es la fe. Orar de este modo implica la aceptación firme en la bondad benéfica de Dios, que da al que pide. La fe aquí no es tanto una aceptación intelectual o teológica acerca de Dios y de su capacidad de otorgar las peticiones, sino una vinculación en dependencia de Dios mismo. Implica no sólo la certeza, sino la confianza profunda y personal en la fidelidad de Dios. Esta es la fe de la enseñanza de Jesús: “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Mr. 11:24); el texto griego es muy enfático, literalmente creed que lo estáis recibiendo, y os vendrá.

Por esa razón la petición en demanda de sabiduría se hace en plena certidumbre de fe, “no dudando nada”. La evidencia de la fe en la oración es que desaparece toda clase de duda. Quien ora con fe no deja lugar a ningún tipo de duda. De otro modo, la fe sólidamente anclada en Dios y en Su fidelidad, no deja espacio para la duda. La oración se sustenta en la fe si realmente se espera de ella la respuesta, ya que la fe es el único modo de agradar a Dios (He. 11:6). Solo hay estabilidad cuando la fe provee de un fundamento sólido que elimina toda duda en quien ora.

ὁ γὰρ διακρινόμενος ἔοικεν κλύδωνι θαλάσσης ἀνεμιζομένῳ καὶ ῥιπιζομένῳ. Mediante una ilustración enfatiza lo que ha dicho. Se aprecia que en la construcción gramatical de la expresión la forma verbal διακρινόμενος, es un participio articular masculino que vincula la acción con el que ora. Se trata de alguien que duda en el momento de formular la petición. Además no se trata de una duda momentánea, ya que el presente indica una acción continua, es alguien que duda recibir aquello que está pidiendo. A este compara con las olas del mar. La comparación del que duda con las olas del mar, es muy precisa para calificar al alma vacilante, como si fuese un mar que agitado por el viento se muestra voluble e inestable. Así como el viento controla al mar y lo hace inestable, así también la duda controla el corazón que no está firmemente sujeto a la fe. Esta inestabilidad emocional no le permite alcanzar el reposo que se obtiene por la oración. Posiblemente Santiago había visto el Mar de Galilea encrespado por el viento, cercano a Nazaret donde había vivido. Las olas siguen el curso impuesto por el viento que sopla sobre el mar. La imagen que trata de mostrar es la de inestabilidad e inquietud. El que duda es inestable e inconstante como las olas del mar, zarandeadas por el viento. Con ello pone de manifiesto el resultado de la duda sobre el corazón.

7. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor.

 

μὴ γὰρ οἰέσθω ὁ ἄνθρωπος ἐκεῖνος ὅτι λήμψεται τι παρὰ τοῦ Κυρίου. Una imposibilidad sirve de exhortación a quien pida dudando. Nadie que ora en fe duda, por tanto, quien duda no está pidiendo sobre la certeza de la fe, no debe suponer que recibirá aquello de que duda. Su duda es una ofensa a Dios.

Santiago es muy preciso cuando utiliza la forma verbal οἰέσθω, presente de imperativo, que enfatiza profundamente la acción. El verbo significa suponer o pensar. De la misma manera es muy preciso al señalar a quien no debe pensar que será oído, utilizando el pronombre demostrativo ese, como si señalase directamente a quien ora dudando. La afirmación es contundente: no piense ese hombre que recibirá algo del Señor. Si la fe es el instrumento para recibir lo que se pide, la duda actúa en sentido contrario. El título Señor, pudiera referirse a Cristo, pero el contexto exige que se atribuya al Padre a quien se dirige la oración.

8. El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.[1]

 

ἀνὴρ δίψυχος, ἀκατάστατος ἐν πάσαις ταῖς ὁδοῖς αὐτοῦ. El que duda, del que se habla en el versículo anterior, se le califica ahora de hombre de doble ánimo. ¿Hay acaso algún creyente que no dude nunca? No, tal persona no existe. Los grandes héroes de la fe, como fue el creyente Abraham, tuvo también momentos de duda. Sin embargo recibió la promesa y bendición de Dios, no porque no hubiese dudado en alguna ocasión, sino porque no era hombre de doble ánimo. Quien no será bendecido es el que sea indeciso, que, como dice Santiago, tiene en realidad dos almas.

La figura presenta a un hombre dividido entre dos pensamientos, por un lado piensa que será escuchado en sus peticiones, por otro duda que Dios le atienda. En cierta medida podría entenderse lo que Santiago está diciendo, comparándolo con lo que dijo el Señor: “Ninguno puede servir a dos señores” (Mt. 6:24). Esa era la condición del corazón de los israelitas en tiempos de Elías, claudicando entre dos pensamientos, si servirían a Jehová o a Baal (1 R. 18:21). El padre del hijo poseído por un espíritu mudo, tenía seguridad del poder de Jesús, y aunque su fe era débil clamó para que le fuera afirmada (Mr. 9:24), recibiendo lo que pedía, porque su corazón no estaba dividido, había firmeza en su decisión de implorar al Señor y esperar en Él.

Santiago dice que el hombre de doble ánimo es ἀκατάστατος ἐν πάσαις ταῖς ὁδοῖς αὐτου, inestable en todos sus caminos. Quiere decir que este hombre es indeciso y duda en todo aquello que hace. Es interesante apreciar el uso de ἀνὴρ, varón, para referirse al que duda. Con toda seguridad utiliza aquí el término en modo genérico para referirse a persona, pero, la semántica de la palabra hace referencia al varón en contraste con γυνή, mujer. Sin duda también las mujeres pueden tener el corazón dividido y dudar, pero aquí la referencia apunta directamente a los varones. Estos de doble ánimo, marchan por sus caminos, que en nada se ajustan al camino de la fe, que agrada a Dios. Por consiguiente no recibirán lo que piden, no porque Dios no esté dispuesto a darles la sabiduría que necesitan, sino porque ellos dudan de que eso sea posible.[2]


[1] Pérez Millos, S. (2011). Comentario Exegético al Texto Griego del Nuevo Testamento: Santiago (p. 53). Viladecavalls, Barcelona: Editorial CLIE.

 

        

 

 

 

“Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos limpias, sin ira ni contienda.” (1 Timoteo 2:8)

“Y propúsoles también una parábola sobre que es necesario orar siempre, y no desmayar.” (Lucas 18:1)

La oración es el asunto más importante para vivir la vida cristiana. Otras cosas son muy importantes; la lectura de la Biblia, guardar el día del Señor, asistir a la Iglesia, escuchar la predicación y participar de la cena del Señor. Pero ninguna de estas cosas es tan importante como la oración secreta. Ahora voy a dar siete razones que confirman esto, y le pido que las considere cuidadosamente.

1. La oración es absolutamente necesaria

La oración es absolutamente necesaria para nuestra salvación. Ninguno que profesa ser creyente puede ser salvo sin orar. Yo sostengo tan fuertemente como cualquier otro, que la salvación es un don gratuito de Dios. Podría hablar al pecador más grande que jamás ha vivido, aún si estuviera viejo y muriéndose, y le diría “cree en el Señor Jesucristo, aún ahora, y serás salvo”. Pero no puedo encontrar que la Biblia enseñe que alguien puede ser salvo sin pedirlo. Aunque nadie será salvo por el mérito de sus oraciones, nadie será salvo sin la oración.

No es absolutamente necesario para la salvación que uno lea la Biblia. Puede ser que uno no haya aprendido a leer o que nació ciego, y sin embargo puede tener a Cristo. Un hombre sordo, o alguien que vive en donde el evangelio no es predicado, puede ser salvo sin escuchar la predicación pública del evangelio. Pero nadie puede ser salvo sin la oración.

Hay ciertas cosas que uno tiene que hacer por sí mismo. Cada uno tiene que atender a las necesidades de su propio cuerpo y su propia mente. Nadie puede comer, beber, o dormir en nuestro lugar. Y si usted tiene que aprender algo, nadie lo puede aprender en su lugar. Y es lo mismo en cuanto a sus necesidades espirituales. Nadie puede arrepentirse en su lugar. Nadie puede venir a Cristo en lugar suyo. Y nadie puede orar en lugar de usted. Usted mismo tiene que orar.

Llegamos a conocer a otras personas en este mundo hablando con ellas. Si no hablamos con ellas no les podemos conocer realmente. En forma semejante, no podemos conocer a Dios sin orar a El, y si no le conocemos, ciertamente no podremos ser salvos por El.

Algún día, el cielo será lleno con una “gran multitud la cual nadie podía contar.” (Apo. 7:9) Pero todas estas personas cantarán a una misma voz. Su experiencia habrá sido la misma. Cada uno habrá creído en Cristo. Cada uno habrá sido lavado en su sangre. Cada uno habrá nacido de nuevo. Y cada uno habrá orado. A menos que oremos en la tierra, nunca podremos llegar a alabar en el cielo.

En pocas palabras entonces, no orar es estar sin Dios, sin Cristo, sin gracia, sin esperanza y sin el cielo. Es estar en el camino hacia el infierno.

2. La oración es una de las marcas más fuertes de un cristiano

El hábito de la oración es una de las evidencias más claras de que uno es un verdadero cristiano. Hay un aspecto en el cual todos los hijos de Dios son iguales; todos ellos oran. La primera señal de vida en un infante recién nacido es que respira. En la misma manera, como es parte de la naturaleza de un niño llorar, también es parte de la naturaleza del creyente orar. El creyente ve su necesidad de misericordia y gracia, siente su incapacidad y su debilidad, por lo tanto siente que tiene que orar. No puedo encontrar en la Biblia ningún ejemplo de un hijo de Dios que no orara. Es una característica del pueblo de Dios que “invocan al Padre”. (1 Pe. 1:17) Y ellos “invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. (1 Cor. 1:2) Y al mismo tiempo es una característica de los impíos, que “a Jehová no invocan”. (Sal. 14:4)

He leído las biografías de muchos creyentes destacados que han vivido desde que la Biblia fue escrita. Ellos han diferido en muchas cosas, pero han tenido una cosa en común: Han sido personas de oración.

Conozco perfectamente bien que un hombre puede orar sin sinceridad. El mero hecho de que una persona ore, no prueba nada acerca de su estado espiritual, porque simplemente pudiera ser un hipócrita. Pero esto lo puedo decir con certidumbre: No orar, es una prueba clara de que una persona no es un creyente verdadero. Es obvio que no siente realmente sus pecados, ni ama a Dios, ni siente una deuda de gratitud hacia Cristo, ni anhela ser santo. No importa cuanto pudiera hablar acerca de su religiosidad, no puede ser un creyente verdadero si no ora.

Déjeme decir también que el hábito de la oración secreta y sincera, es una de las mejores evidencias de que el Espíritu Santo ha obrado realmente en la vida de una persona. Un hombre puede predicar o escribir libros o hacer muchas otras cosas, todo impulsado por motivos erróneos; pero casi nunca se apartará para derramar su alma ante Dios en lo secreto, a menos que sea sincero. Dios mismo nos ha enseñado que ésta es la mejor prueba de una conversión real, porque cuando dijo a Ananías que buscara a Saulo en Damasco, la única evidencia que mencionó del gran cambio de corazón que Saulo había experimentado, fue ésta: “He aquí, él ora”. (Hech. 9:11)

Yo sé, por supuesto, que muchas personas vienen a la fe lentamente. Pueden pasar por muchas convicciones, deseos, sentimientos, resoluciones, esperanzas y temores. Pero todas estas cosas pueden terminar en nada. Una oración sincera de corazón que fluye de un corazón quebrantado y de un espíritu arrepentido, vale más que todas las cosas juntas mencionadas con anterioridad. El primer acto cuando tenemos la fe verdadera, es que hablaremos con Dios. La oración es a la fe, lo que la respiración es a la vida. Tal como no podemos vivir sin la respiración, tampoco podemos creer en Cristo sin la oración.

3. La oración es el deber cristiano más descuidado

Ningún deber cristiano es descuidado tanto como la oración secreta. Antes yo creía que la mayoría de las personas que se llaman cristianas oraban, pero ahora he llegado a una convicción distinta. Creo que la gran mayoría de los que dicen ser cristianos nunca oran del todo. La oración es un asunto estrictamente personal entre Dios y nosotros, el cual nadie más observa y por lo tanto, existe una gran tentación a descuidarla.

Creo que muchos nunca dicen ni una sola palabra en oración. Ellos comen y beben, se duermen y se despiertan, viven en la tierra de Dios y disfrutan de sus misericordias. Tienen cuerpos y tienen que morir, y tienen el juicio y la eternidad por delante. No obstante, nunca hablan con Dios. Viven como si fueran animales en vez de hombres que poseen almas eternas.

También creo que para muchos otros, la oración no es más que la pronunciación de unas cuantas palabras de memoria. Algunos usan una fórmula de palabras, sin un deseo sincero por las cosas que están orando. Aún cuando la fórmula sea buena (como por ejemplo el Padre nuestro), muchos lo repiten rápidamente sin ni siquiera pensar acerca de lo que están diciendo. Podemos estar seguros de que Dios no considera esto como la oración, aunque los hombres lo hagan. La oración incluye mucho más que las meras palabras pronunciadas con nuestros labios. Incluye nuestros corazones o no es la oración verdadera. Sin duda Saulo de Tarso, había hecho muchas largas oraciones antes de conocer al Señor en el camino a Damasco. Pero fue solamente cuando su corazón había sido quebrantado, que nuestro Señor dijo: “He aquí, él ora”.

Si a usted le sorprende todo esto, considere los siguientes hechos:

La oración no es algo natural. El deseo natural de nuestros corazones es alejarse de Dios. Por naturaleza no amamos a Dios, sino que le tememos. Por naturaleza no tenemos una convicción de pecado, ni tampoco sentimos nuestras necesidades espirituales, ni tenemos fe en las cosas que no podemos ver. Por naturaleza no deseamos ser santos. Por estas razones, los hombres no oran naturalmente.

La oración no es popular. Todo tipo de actividades mundanas son populares entre los hombres, pero la oración no es popular. Muchos harían cualquier cosa, menos admitir públicamente que tienen el hábito de orar. A la luz de estos hechos, creo que muy pocas personas oran.

Considere el tipo de vida que muchas personas viven. Cuando vemos cuán fácilmente se hunden en el pecado, ¿Cómo podemos creer que están orando constantemente contra el pecado? Cuando vemos que los hombres están completamente ocupados con las cosas del mundo, ¿Acaso podemos creer que están pidiendo a Dios por su gracia para servirle? ¿Cómo puede ser así cuando no muestran ningún interés en Dios del todo? La oración y el pecado jamás pueden permanecer juntos en el mismo corazón. La oración acabará con el pecado o el pecado acabará con la oración. Cuando me acuerdo de esto y veo el estilo de vida de muchos, concluyo que hay muy pocos que oran.

Considere también la forma en que muchas personas mueren. Muchos moribundos parecen completamente extraños a Dios. No tiene ni siquiera la capacidad para hablar con El; dan la impresión de que realmente nunca han hablado con El. Lo que yo he visto con mis propios ojos de los moribundos, me convence de que muy pocas personas oran.

4. Tenemos muchos motivos que nos animan a orar

Tenemos más motivos para orar que los que tenemos en cuanto a los demás deberes cristianos. Dios ha hecho todo lo necesario para que la oración sea fácil, si tan sólo lo intentáramos. Dios ha hecho provisión para cada dificultad, de tal modo que no tenemos excusa alguna si no oramos.

Hay un camino por el cual cualquier hombre, no importa cuán pecaminoso o indigno sea, puede acercarse a Dios el Padre. Cristo ha abierto el camino a través de su sacrificio por nosotros en la cruz. La santidad y la justicia divinas no debieran espantar o impedir a los pecadores. Sino más bien, deberían hacerles clamar a Dios en el nombre de Jesús. Deberían rogar basados en la sangre de Cristo que ha hecho una propiciación por el pecado, y entonces encontrarán que Dios está dispuesto a escuchar. El nombre de Jesús asegura infaliblemente que Dios escuchará nuestras oraciones. En su nombre podemos acercarnos a Dios con confianza y orar con denuedo. ¿No nos anima esto a orar?

Hay un abogado e intercesor que siempre está listo a presentar las peticiones de aquellos que acuden a El. El presenta nuestras oraciones ante el trono de Dios. Nuestras oraciones son en sí mismas débiles, pero cuando son presentadas por el Señor Jesús son poderosas. Su oído siempre está abierto al clamor de todos aquellos que buscan misericordia y gracia. ¿No nos anima esto a orar?

Además el Espíritu Santo siempre está listo para a ayudarnos a orar, porque esto es una parte de su oficio. (Rom. 8:26) El es “el Espíritu de gracia y de oración”. (Zac. 12:10) Nosotros solo tenemos que buscar su ayuda.

Hay grandísimas y preciosas promesas para todos aquellos que oran. Lea Mateo 7:7–8 y 21:22; Juan 14:13–14; Lucas 11:5–13 y 18:1–8. Medite acerca de estos pasajes porque contienen los estímulos más grandes para animarnos a orar.

Hay ejemplos maravillosos en la Escritura del poder de la oración. La oración abrió el mar rojo, sacó agua de la roca, hizo que el sol se detuviera. Cosas que eran imposibles se convirtieron en realidades a través de la oración.

¿Necesitamos más que esto para animarnos a orar? ¿Pudiéramos hacer algo más necio o más tonto que descuidar la oración?

5. La oración es el secreto de la santidad

La diligencia en la oración es el secreto de una santidad eminente. Sin lugar a dudas, existe una gran diferencia entre los logros de los creyentes verdaderos. Algunos progresan más que otros. Algunos que son verdaderamente convertidos, parecen permanecer cono niños espirituales toda su vida. De un año a otro parece que crecen muy poco. Son perturbados por los mismos pecados; y todavía necesitan la leche de la Palabra en lugar del alimento sólido. Sus intereses espirituales permanecen como muy reducidos y limitados a su propio círculo. Pero hay otros creyentes que siempre están creciendo y avanzando en la vida cristiana. Ellos crecen en fe, crecen en buenas obras, intentan grandes cosas y hacen grandes cosas. Cuando fracasan, vuelven a intentarlo, cuando caen en pecado, se levantan pronto. Piensan de sí mismos como siervos débiles e inútiles, sin embargo son las personas cuyas vidas recomiendan la fe cristiana a otros.

Ahora, ¿Cómo podemos explicar esta diferencia que existe entre el pueblo de Dios? ¿Porqué algunos son mucho más santos que otros? Creo que la diferencia en la mayoría de los casos es debido a los diferentes hábitos de oración en lo secreto. Creo que aquellos que no son eminentemente santos, oran sólo un poco, mientras que aquellos que son muy santos oran mucho. Creo que una vez que alguien es convertido a Dios, su crecimiento en la santidad dependerá principalmente del uso diligente de los medios que Dios ha señalado. El medio principal por el cual los creyentes han avanzado en santidad es el hábito diligente de la oración privada. Lea las vidas de los grandes siervos de Dios y se dará cuenta que esto es cierto. Ningún creyente ha llegado a ser un creyente destacado sin ser primero un hombre de oración. Si usted desea crecer como cristiano, tiene que aprender el valor de la oración secreta.

6. El descuido de la oración es la causa del retroceso espiritual

El descuido de la oración es una de las causas principales del retroceso. Es posible ir para atrás en la vida cristiana después de haber empezado bien. Los creyentes de Galacia progresaron bien por algún tiempo, pero después fueron desviados por los falsos maestros. Pedro afirmaba fuertemente su amor para con el Señor, pero en el tiempo de la prueba lo negó. Ser uno de los que retroceden es miserable. Es una de las peores cosas que pueden suceder a un hombre. Sé que la gracia salvadora en un creyente no puede ser destruida. Sé que la verdadera unión con Cristo es inquebrantable. Pero también creo que una persona puede caer tan drásticamente que pierda la vista de su posición en Cristo y que llegue a desesperarse de su propia salvación. Este estado, es la condición más cercana al infierno. Una conciencia herida, una mente fastidiada de sí misma, una memoria llena de reproches de autocondenación, un corazón traspasado con las saetas del Señor, un espíritu quebrantado por el peso de una mala conciencia; todo esto es un sabor del infierno. Considere estas solemnes palabras: “De sus caminos será harto el apartado de razón.” Proverbios 14:14 (“el que retrocede en su corazón”, traducción de la Versión KJV en inglés) Ahora, ¿Cuál es la causa el retroceso espiritual? Creo que por lo general es causado por el descuido de la oración privada. Es mi opinión que el retroceso generalmente empieza con el descuido de la oración.

El descuido de la oración en la vida cotidiana y en nuestras decisiones, ha conducido a muchos creyentes a una condición de parálisis espiritual, o al punto en que Dios les ha permitido caer horriblemente en pecado.

Podemos estar seguros de que los hombres caen en privado mucho antes de que lo hagan en público. Igual como Pedro, primero descuidan la advertencia del Señor respecto a velar y orar, y entonces como Pedro se les acaban las fuerzas y cuando la tentación viene caen en pecado. Entonces el mundo se fija y se burla de ellos. Pero el mundo no reconoce la causa verdadera de su caída la cual es el descuido de la oración.

Si usted es un creyente, espero que nunca retroceda en la vida espiritual. Pero si usted quiere evitar esto, debe tener mucho cuidado con relación a sus oraciones.

7. La oración obtiene la felicidad y el contentamiento

La oración es una de las formas más seguras para obtener felicidad y contentamiento. Este mundo es un mundo de tristeza. Desde que el pecado entró en él, ha sido imposible que los hombres escapen completamente de alguna clase de tristeza u otra. Ahora, la mejor manera para afrontar esto es llevando todas las cosas a Dios en oración. En el Antiguo Testamento leemos: “Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará.” (Salmo 55:22) En el Nuevo Testamento también leemos: “Por nada estéis afanosos; sino sean notorias vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros entendimientos en Cristo Jesús.” (Filipenses 4:6–7) Esta ha sido la práctica del pueblo de Dios en todos las edades. Cuando Jacob estaba atemorizado por su hermano Esaú, oró (Gén. 32:22–32) Cuando Pablo y Silas estaban encarcelados en Filipos, oraron (Hech. 16:23–25) El único camino para estar verdaderamente feliz en un mundo como éste es echar siempre todas nuestras preocupaciones sobre Dios. Cuando los creyentes fallan en hacer esto, y tratan en cambio de llevar sus propias cargas, se vuelven infelices.

Si sólo acudiéramos a El, el Señor Jesús está siempre dispuesto a escuchar y ayudarnos. El sabe todo acerca de las pruebas y las tristezas de este mundo, porque vivió en él durante más de treinta años. Si confiamos en El y le invocamos, El nos puede hacer felices verdaderamente cualquiera que sea nuestra condición. La oración puede aligerar la cruz más pesada. La oración puede iluminar nuestra obscuridad. La oración puede traernos consuelo en medio de la tristeza y soledad más grandes. Quiero que todos los lectores de este libro sean creyentes verdaderamente felices. Pero si usted ha de ser feliz, no existe otro deber más importante que el de la oración.

Conclusión

Algunos consejos para las diferentes clases de lectores:

1. Hablaré a aquellos que no oran. Amigos que no oran, debo advertirles de su peligro. Si ustedes mueren es este estado estarán perdidos. Están completamente sin excusa, porque no pueden dar ninguna sola razón del porqué deberían vivir sin orar. No digan que no saben cómo orar. La oración consiste simplemente de hablar con Dios. Usted no necesita ser educado para orar, sino sólo necesita el deseo de hacerlo. El infante más pequeño puede orar cuando tiene hambre. Si usted está consciente de su necesidad, pronto encontrará algo que tiene que decir a Dios. No diga que usted no tiene un lugar para orar. Cualquiera puede encontrar un lugar adecuado si realmente lo desea. No diga que no tiene tiempo para orar. Usted tiene bastante tiempo, si tan sólo lo usara correctamente. El profeta Daniel tenía que tratar con los asuntos de un imperio muy grande, pero aún así oraba tres veces al día. (Dan. 6:10) No diga que no puede orar porque no ha nacido de nuevo y no tiene fe. Si le hacen falta estas cosas tiene que invocar a Dios y pedírselas. “Buscad á Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.” (Isaías 55:6) No lo deje para mañana. La salvación le está muy cerca hoy. No la pierda por no buscarla.

2. Hablaré a aquellos que desean ser salvos pero no saben que hacer. Les aconsejo que acudan ahora mismo al Señor Jesús. Busque el lugar privado más cercano, y ruéguele en oración que le salve. Dígale que usted ha escuchado que recibe a los pecadores y que ha dicho que “ninguno que venga será echado fuera”. Dígale que usted es un pecador perdido, y que acude a El basado en su propia invitación. Dígale que usted está enteramente en sus manos y que a menos que El le salve, usted no tiene esperanza alguna. Pídale por la liberación de la culpa, del poder y las consecuencias de sus pecados. Pídale que le perdone, y que le conceda un corazón nuevo y que ponga en usted su Espíritu Santo. Pídale que le ayude a ser su discípulo y su siervo desde ahora y para siempre. Si usted tiene preocupación verdadera por su alma, haga esto hoy. Recuerde que El está dispuesto a salvarle porque usted es un pecador y El vino al mundo a salvar a los pecadores. (Luc. 5:32, 1 Tim. 1:15) No se detenga debido a que se siente indigno. Entre más enfermo que esté, más necesita el doctor. Usted no se alejaría del doctor por sentirse muy enfermo. No se preocupe por las palabras que usará, Jesús le entenderá. Y no se desespere porque pareciera que no recibe una respuesta inmediata. El le escucha, siga pidiendo y la respuesta vendrá. Si usted desea ser salvo, recuerde lo que le he dicho y actúe en base a ello, y seguramente Dios le salvará.

3. Finalmente, hablaré a aquellos que oran. No permitan que ninguna cosa les desanime. Quizás frecuentemente se sentirán muy desanimados y sus tiempos de oración puedan convertirse en tiempos de conflicto. Pero esto es muy común puesto que el diablo odia verlos orar. Entonces, ustedes tienen que perseverar. Déjenme ofrecer algunas palabras de consejo acerca de sus oraciones.

Recuerden la importancia de la reverencia y la humildad en la oración. Piense quien es Dios y quien es usted.

Recuerden la necesidad que tienen de que el Espíritu Santo les ayude en la oración, tengan cuidado de que sus oraciones no se vuelvan mera formalidad.

Recuerden cuán importante es orar regularmente. Ustedes deben considerar la oración como una de las actividades más importantes de cada día. Tiene que apartar tiempo para orar como parte de su rutina cotidiana.

Recuerden la importancia de perseverar en la oración. A menudo serán tentados a dejar o acortar sus oraciones. Esta tentación siempre viene del diablo, no importa cuán plausibles parezcan las razones para hacerlo.

Sean fervientes en la oración. Es la oración eficaz la cual logra mucho. (Stg. 5:16)

Recuerden la importancia de orar con fe. Debemos creer que si pedimos conforme a la voluntad de Dios, nuestras oraciones serán contestadas. (1 Jn. 5:14) Usted debe esperar respuestas a sus oraciones.

Consideren la importancia del denuedo en sus oraciones. Esto no significa una familiaridad indebida, sino más bien el argumentar con Dios en base a su Palabra y sus promesas.

Recuerden la importancia de pedir mucho. Cuán frecuentemente es cierto que los creyentes “no tienen porque no piden”. (Stg. 4:2)

Sean específicos en sus oraciones. Confiesen sus pecados específicos, oren por sus debilidades específicas, y hablen con Dios de sus necesidades específicas.

Recuerden la importancia de orar los unos por los otros. Tenga cuidado de que sus oraciones no se vuelvan egoístas.

Sean agradecidos en la oración. Tenemos muchas cosas por las cuales debemos estar agradecidos. No considero una oración como verdadera sino incluye las acciones de gracias.

Y finalmente, déjenme recordarles la necesidad de vigilar sus oraciones. La experiencia cristiana verdadera comienza con la oración y florece con ella; y también decae con el descuido de la oración. La oración es como un tipo de pulso espiritual, por medio de ella usted puede saber si está sano espiritualmente. Vigile su vida de oración, y me sorprenderá mucho si las cosas se tornan mal en su progreso espiritual.[1]

 



[1] Ryle, J. C. (2002). Caminando con Dios: Un tratado sobre las implicaciones prácticas del cristianismo. (O. I. Negrete & T. R. Montgomery, Trads.) (pp. 23–33). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

                      

 

 La bendición de consejeros

Donde no hay buen consejo, el pueblo cae, pero en la abundancia de consejeros está la victoria. Proverbios 11.14 (LBLA)

En la porción de hoy se nos invita a reflexionar en dos posibles desenlaces en la historia de un mismo pueblo: la derrota o la victoria. La diferencia entre una y otra no está en la falta de un líder que guíe al pueblo, sino en la falta de consejeros. La existencia de consejeros presupone una apertura por parte de aquellos que están en autoridad, a escuchar otras opiniones que puedan enriquecer la perspectiva que tienen de las cosas. No libra al líder de la necesidad de tomar las decisiones que cada situación requiere; mas la abundancia de consejeros le permitirá realizar esas decisiones dotado de toda la información pertinente, luego de considerar cuidadosamente cada aspecto de los temas a tratar.

Por esta razón, un buen líder siempre se rodea de consejeros sabios. No obstante, hay una tendencia entre los que tienen autoridad en la iglesia a actuar en forma totalmente unilateral. No cabe duda de que este tipo de liderazgo es mucho menos problemático que aquel estilo que demanda el esfuerzo de escuchar y considerar cuidadosamente las opiniones de los demás. Sin embargo, este primer estilo expone al pueblo a los caprichos y a las limitaciones de una sola persona, y acaba por producir situaciones donde toda la congregación flaquea por las decisiones del líder. Se presta para el abuso de poder típico de aquellos que no tienen la obligación de rendirle cuentas a nadie.

Para trabajar rodeado de buenos consejeros hacen falta varias cosas. En primer lugar, el líder debe tener un espíritu enseñable. Cuando un líder cree que nadie puede enseñarle nada, porque su sola posición de líder lo convierte en autoridad en cualquier tema relacionado con la iglesia, entonces no le dará ningún valor a la opinión de los demás. En su corazón tendrá la convicción de que nadie puede entender ni hacer las cosas como las hace él, y esto lo cerrará a toda comunicación productiva con sus hermanos.

En segundo lugar, un líder deberá rodearse de un grupo de personas que le ofrezcan una variedad de opiniones y perspectivas sobre los asuntos de la iglesia. Muchos líderes han formado un grupo de consejeros que les asesoran, pero para ello seleccionaron solamente a aquellas personas que piensan exactamente igual que ellos. En este grupo, naturalmente, siempre existe unanimidad de criterio porque todos concuerdan absolutamente con el líder. Quizás, en este grupo se sobreentiende que solamente hay apertura para escuchar a los que opinan de igual manera que el pastor.

En tercer lugar, para aprovechar bien a los consejeros, el líder deberá escucharlos con atención y mostrar el mayor respeto por sus opiniones, aun cuando estás sean contrarias a sus ideas. Se ganará el respeto de su gente cuando ellos sientan que son parte de un equipo donde se permite la libre expresión de ideas, sin importar cuán diferentes sean a las del líder. La riqueza de tener diversidad de consejeros es que la perspectiva conjunta de todos nos acerca a una visión más realista de las cosas.

Para pensar:

«Prefiero estar con maestros buenos y fieles que me corrigen y reprenden, a estar con hipócritas que me adulen y aplaudan». Martin Lutero.

 

 Shaw, C. (2005). Alza tus ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica: Desarrollo Cristiano Internacional.

 

¿Como resistir a Satanás cuando nos tienta a pecar? (Bajado de Logos 6)

En este capítulo trataremos con una de las formas en que satanás procura conducir a los creyentes al pecado. Este método consiste en mostrarles que hay placer en el pecar, ocultándoles la tristeza y las consecuencias que el pecado les traerá.

El pecado puede parecer muy placentero y satanás quiere que los creyentes piensen acerca de él de esta manera. El diablo sabe que si caemos en el error de pensar así, el pecado nos parecerá muy atractivo y nos olvidaremos de la verdad que el pecado es cruel y dañino. Dios les dijo a Adán y a Eva que no comieran del fruto del árbol o morirían, más satanás dijo a la mujer que comiendo del fruto serían como dioses. Satanás hizo que la desobediencia pareciera muy atractiva y placentera. Satanás continúa haciendo lo mismo hasta el día de hoy. Por ejemplo, en el desierto trató de tentar a Jesús en la misma forma. Le enseñó a Jesús todos los reinos y su gloria, ofreciéndoselos a condición de que Jesús le adorara. Cuan hermoso y atractivo trató de presentar el pecado. Sin embargo, Jesús no fue seducido por la astucia del diablo.

¿Cómo pueden los creyentes resistir a satanás, cuando hace que el pecado sea tan atractivo? Hay cuatro remedios que nos pueden ayudar para no ser atraídos por el pecado en esta manera.

Primero, los creyentes deben mantenerse alejados del pecado tanto como puedan. (1 Tes. 5:22, Prov. 5:8) Una persona que camina a la orilla del precipicio, puede caer en cualquier momento. Si el creyente camina cerca de lo que es pecaminoso, no debe sorprenderse si es atrapado por el pecado. Pablo dijo a los cristianos que odiaran la maldad y que la odiaran intensamente. (Rom. 12:9)

Segundo, los creyentes deben recordar que el placer del pecado pronto se convierte en amargura. (Job 20:12–14) El pecado puede brindar placer por un rato y parecernos fácil al principio (Heb. 11:25); pero al fin, el dolor producido es mayor que el placer que se recibe. Es como la comida con veneno; tiene buen sabor, pero si no es arrojada es mortal. El pecado que se come en la tierra se tendrá que digerir en el infierno.

Tercero, Los creyentes deben recordar que el pecado les hará perder aquello que es realmente bueno. Los que ceden ante el pecado pierden el favor de Dios. Su gozo espiritual se desvanece y pierden la paz de su corazón. El Espíritu Santo es contristado y su influencia vivificadora languidece. El pecado les hace perder estas cosas buenas. Entonces, el diablo les está engañando porque el pecado no es realmente placentero. (Sus comodidades siempre son temporales.)

Cuarto, Los creyentes deben fijarse bien en la forma como el pecado engaña. El pecado es el más grande engañador y es la causa de todo el engaño que hay en el mundo. En sí mismo, el pecado es sobremanera pecaminoso. (Heb. 3:13) Cuando el pecado los ha engañado, los creyentes frecuentemente se niegan a admitirlo y contrariamente piensan que están bien. El pecado les hace creer que el mal es bueno. Basta pensar en lo ocurrido con Faraón, Balaam y Judas para darnos cuenta que una persona puede conducirse pecaminosamente pensando que está actuando bien. En tales ejemplos podemos observar como es que una persona puede estar dispuesta a perder a Dios, el cielo, Cristo y aún su propia alma porque no quiere dejar sus pecados. No hay nada tan engañoso como el pecado.

Recuerda que el pecado no es placentero sino amargo, y no importa que tan agradable parezca. No dejes que satanás te aleje de Dios con un engaño como éste.[1]

 



[1] Brooks, T. (2001). Remedios preciosos: contra las artimañas del diablo. (O. I. Negrete & T. R. Montgomery, Trads.) (pp. 7–9). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

                                                                                           

 

Los Que Lloran

MATEO 5:4

Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados    

El Lloro

Como ya hemos dicho, es a todas luces una paradoja decir que la persona que llora debe considerarse bienaventurada. Es algo así como decir: ¡Felices los infelices! El lloro del que habla Cristo es señal de desolación, miseria, desconsuelo y profunda tristeza, no de gozo1. Entendemos, pues, que Cristo está diciendo que los que lloran deben ser considerados afortunados, no a causa de su presente aflicción, sino a causa de la consolación que un día recibirán.

Muchos de nuestros contemporáneos tienen que cargar con situaciones penosas que les causan mucha tristeza y dolor, mientras otros parecen tenerlo fácil y van por la vida divertiéndose y riéndose. Cristo, al ver a los dos grupos, nos asegura que es mucho mejor llorar ahora y, al final, conocer el consuelo de Dios, a vivir riendo una vida que sólo conduce a una eternidad de lloro y crujir de dientes2.

Sin embargo, es igualmente cierto que hay muchas formas de lloro y que no todas ellas recibirán la consolación de Dios. El niño llora de rabia cuando sus padres no le compran lo que pide. Igualmente, algunos adultos «lloran» al ver frustradas sus ambiciones. Detrás de muchas lágrimas hay sentimientos de envidia, odio, orgullo herido o egocentrismo. Cristo no está diciendo que todos estos lloros serán compensados o satisfechos. Al contrario, algunos de ellos muy claramente no recibirán consolación. Como puntualiza el apóstol Pablo: La tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación;… pero la tristeza del mundo produce muerte (2 Corintios 7:10).

Obviamente, Jesucristo está hablando del lloro «que es conforme a la voluntad de Dios». A la luz de las demás Escrituras3 —y también del contexto inmediato de la bienaventuranza—, podemos suponer que está pensando en el lloro que brota de la persona pobre en espíritu. O, para decir lo mismo en palabras proféticas de un conocido texto mesiánico, el lloro es el de los afligidos de Sion (Isaías 61:3)4. Tales personas lloran por muchas razones5. Veamos algunas de ellas:

1.   En primer lugar, lloran su propio pecado y miseria moral6. La pobreza en espíritu se manifiesta en una sincera humillación delante de Dios y en la aceptación del diagnóstico divino de la condición humana. Pero cuando nos damos cuenta de la gravedad de nuestra situación y de nuestra culpabilidad ante Dios, esto provoca en nosotros el lloro, si no el llanto de amargas lágrimas manifestadas externamente, al menos sí la angustia interior de un corazón abatido por la vergüenza y por la conciencia de haber ofendido al Creador, agraviado al prójimo y estropeado la vida hermosa que Dios le había dado7. La persona cuya pobreza de espíritu le lleva a aceptar el diagnóstico de Dios en cuanto a su vida no puede menos que deplorar su pecado, lamentar su miseria moral y llorar el daño que su pecado ha causado. La primera bienaventuranza conduce necesariamente a la segunda.

En otras palabras, el camino del discipulado comienza cuando la proclamación del evangelio vence nuestra soberbia humana y nos revela lo que somos: pecadores culpables y merecedores del juicio de Dios. Pero esta revelación no puede dejar de producir llanto en el corazón contrito y humillado. El llanto del cual Jesús está hablando es el del publicano cuando dijo: Dios, ten misericordia de mí, pecador (Lucas 18:13); o el del hijo pródigo cuando volvió en sí y determinó decir al padre: He pecado contra el cielo y ante ti (Lucas 15:18). Es el llanto de arrepentimiento. Éste recibirá un fuerte consuelo: la justificación del publicano; o, en el caso del hijo pródigo, los brazos abiertos del padre, la bienvenida a la casa con la dignidad de hijo amado, y la fiesta de retorno y reconciliación.

2.   Pero el lloro del verdadero discípulo no se agota con el arrepentimiento. El que ha sido recibido como hijo por Dios empieza a tener la mente de su Padre y, por lo tanto, a sentir los mismos sentimientos que el Padre siente. Entonces empieza a llorar el pecado y la perdición ajenos. La condición moral, espiritual y física de su prójimo despierta en él una compasión como la que vemos en Jesús8. Los estragos que el pecado humano han obrado en la creación de Dios le causan una gran tristeza. El sufrimiento de la gente le conmueve profundamente. No puede leer las noticias en la prensa o verlas en televisión sin sufrir el sobresalto de quien ama el mundo y lamenta su terrible condición. Quien se ha quebrantado ante Dios en fe y arrepentimiento, ha sido inundado por el Espíritu de Dios y conoce el derramamiento del amor de Dios en su corazón (Romanos 5:5; Efesios 3:18–19), por lo cual no puede contemplar ya el mundo con fría indiferencia. El Espíritu de Dios le ha sensibilizado. Ahora, palabras como simpatía o compasión adquieren para él un nuevo significado. Ya no recibe un perverso placer morboso al ver el sufrimiento ajeno, sino que lo llora.

3.   Más explícitamente, llora la rebeldía e incredulidad de sus contemporáneos y su negación a acatar la voluntad de Dios y creer el evangelio. Y lo llora por al menos dos razones: por lo que significa para el propio incrédulo —su confirmación en los terribles caminos de la perdición—; y por lo que significa para Dios —un atentado contra sus derechos soberanos y contra la generosidad de su amor, y el desprestigio de su honor—. Es decir, ve cómo Dios extiende sus manos amorosas a un pueblo rebelde y contradictor (Romanos 10:21; cf. Isaías 65:2), y cómo el pueblo responde con soberbia y autosuficiencia, y le duele que su amado Salvador y Señor sea deshonrado y despreciado. Además de lamentar profundamente su propia condición y la de su prójimo, su lloro se centra en Dios9. Llora cuando el amor de Dios es rechazado. Llora cuando el nombre de Dios es blasfemado. Llora a causa de la impiedad de la gente10. Y, como el salmista, llora cuando la Palabra de Dios es despreciada:

Ríos de lágrimas vierten mis ojos, porque ellos no guardan tu ley (Salmo 119:136; cf. Esdras 10:6).

4.   Inevitablemente, el discípulo fiel también conocerá el llanto a causa de las diversas formas de oposición y persecución que su discipulado provocará en los incrédulos. Desde que el ser humano cayó en pecado, el impío asedia al justo (Habacuc 1:4). En el mundo tenéis aflicción, dijo el mismo Señor Jesucristo (Juan 16:33); un siervo no es mayor que su señor; si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros (Juan 15:20). A lo cual Pablo añade: Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos (2 Timoteo 3:12). Pero, puesto que Jesús mismo dedicará otra bienaventuranza a hablar de este aspecto del llanto (cf. vs.10–12), no abundaremos más en él.

En resumidas cuentas, pues, parece evidente por el contexto que la referencia primaria de la bienaventuranza es a la persona que, habiendo sido quebrantada por la llamada de Dios a la conversión y al arrepentimiento (bienaventurados los pobres en espíritu), llora sus pecados y su miseria moral y espiritual11. Pero, en segundo lugar, el lloro se hace extensivo a todo sentimiento de tristeza que refleja fielmente el corazón de Dios.

Y, hablando del corazón de Dios, antes de dejar esta frase, no nos olvidemos de que el Cristo que la pronunció fue el varón de dolores, experimentado en aflicción (Isaías 53:3). El que dijo: Bienaventurados los que lloran, conoció él mismo las lágrimas. En la medida en que esta bienaventuranza sugiere que los que siguen a Jesús deben prepararse para conocer la aflicción, recordemos que él la conoció aún más.

El Consuelo

Los que lloran así recibirán consolación por parte de Dios12: Él enjugará toda lágrima de sus ojos (Apocalipsis 21:4).

En parte, esta promesa se cumple en la experiencia actual del discípulo, pues en Cristo conoce, después de la angustia del arrepentimiento, la sublime felicidad de ser aceptado por Dios, el conocimiento de la misericordia de Dios y su amplio perdón:

Abandone el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor, que tendrá de él compasión, al Dios nuestro, que será amplio en perdonar (Isaías 55:7).

¿Qué Dios hay como tú, que perdona la iniquidad?… No persistirá en su ira para siempre, porque se complace en la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, hollará nuestras iniquidades. Sí, arrojarás a las profundidades del mar todos nuestros pecados (Miqueas 7:18–19).

El gozo de la salvación es una experiencia actual, como lo es también la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento (Filipenses 4:7). El discípulo disfruta cada día de la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo (2 Corintios 13:14). Por muchas que sean las aflicciones que tenga que soportar, sabe que Dios está a su lado para darle fuerza y paciencia. Esto, de por sí, es motivo de gran consuelo.

Asimismo, muchas situaciones de dolor y aflicción llegan a su término aun dentro de esta vida:

Porque su ira es sólo por un momento, pero su favor es por toda una vida; el llanto puede durar toda la noche, pero a la mañana vendrá el grito de alegría (Salmo 30:4).

Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón, y salva a los abatidos [pobres] de espíritu. Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas lo libra el Señor (Salmo 34:18–19).

Invócame en el día de la angustia; yo te libraré, y tú me honrarás (Salmo 50:15)13.

Y aun las aflicciones que no remiten en esta vida son más llevaderas a causa de la gracia de Cristo:

Venid a mí, todos los que estáis muy cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí,… y hallaréis descanso para vuestras almas (Mateo 11:28–29).

Él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por esto, me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Corintios 12:9–10).

Además, el discípulo sabe que nunca sufre en vano, sino que el Señor sabe traer fruto de sus aflicciones, tanto en su propia vida como en beneficio de los demás, lo cual también le proporciona consuelo:

[Todas estas cosas padecemos] por amor a vosotros… Esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación (2 Corintios 4:15, 17).

Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia (Romanos 5:3).

En todos estos sentidos, la consolación divina es la experiencia real y actual del discípulo. Por lo tanto, aquí y ahora puede exclamar con el apóstol Pablo:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios (2 Corintios 1:3–4).

Pero, con todo, el pleno cumplimiento de esta consolación no es para esta vida, sino para la plena manifestación del reino en el día de Cristo. Entonces, ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado (Apocalipsis 21:4). Entonces, el discípulo mirará hacia atrás y considerará qué pequeño fue su llanto en comparación con la consolación eterna (cf. 2 Corintios 4:17). Entonces, el llanto cederá ante una plenitud de gozo que nunca se desvanecerá y el discípulo conocerá deleites a la diestra de su Señor para siempre (Salmo 16:11). Entonces, contemplará en justicia el rostro de Dios (Salmo 17:15; cf. Mateo 5:8; Apocalipsis 22:4) y estará satisfecho —¡plenamente consolado!— cuando contemple la imagen de Dios.

[1]

 



1 Barclay (pág. 101) indica que la palabra empleada en el texto griego es especialmente fuerte e indica aflicción profunda o dolor amargo.

2 En las Escrituras, esta última expresión sólo se halla en labios del mismo Jesucristo. Además, es una frase empleada solamente en el Evangelio de Mateo, con la única excepción de Lucas 13:28. Ver Mateo 8:12: 13:42, 50; 22:13; 24:51; 25:30.

3 Uno de los factores que algunos comentaristas de signo liberal no parecen tomar en cuenta al hacer sus interpretaciones, es el sumo respeto que Jesucristo siempre mostró hacia las Escrituras. Él mismo estaba inmerso en ellas. De aquí a poco dirá: En verdad os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, no se perderá ni la letra más pequeña ni una tilde de la ley, hasta que todo se cumpla (5:18). Por lo tanto, resulta dudosa cualquier interpretación de los dichos de Jesucristo que no se sitúe plenamente dentro del marco de las Escrituras.

4 Esta cita procede de aquel texto —que ya hemos visto— en el que se establecen las prioridades del ministerio del Mesías (Isaías 61:1–3). El mismo orden del texto es respetado en las dos primeras bienaventuranzas. Me ha ungido el Señor para traer buenas nuevas a los humildes (¡Bienaventurados los pobres en espíritu!), me ha enviado para vendar a los quebrantados de corazón (¡Bienaventurados los que lloran!),… para conceder que a los que lloran en Sion se les dé diadema en vez de ceniza

5 Es obvio, por otros textos bíblicos, que el lloro que recibe la consolación divina puede tener su origen en diferentes causas. Por ejemplo, Apocalipsis 21:4 menciona explícitamente la muerte y el dolor (físico) como causa de lágrimas, e implícitamente hace referencia a la injusticia (origen del clamor de los afectados) y a otras desgracias y sufrimientos (origen del llanto).

6 En contra de esta opinión están los comentaristas que quieren ver en Jesús a un Mesías revolucionario que vino a traer un «evangelio social». P. ej. Bonnard (pág. 92): Estos que lloran o se afligen lo hacen por cosas muy concretas; lloran a sus padres, a sus amigos, sus seguridades sociales desaparecidas o amenazadas… No se trata… de personas que lloran sus pecados.

7 Aunque la palabra griega puede indicar lágrimas físicas, sobre todo se refiere al pesar que comienza en el corazón y toma posesión de toda la persona (Hendriksen, pág. 283).

8 Ver, por ejemplo, Mateo 9:36, Lucas 19:41 o Juan 11:35.

9 Hendriksen, pág. 283.

10 Es decir, llora a causa de todas las obras de impiedad que los impíos han hecho impíamente (Judas 15), o a causa de todas las abominaciones que se cometen en medio de jerusalén (Ezequiel 9:4).

11 Cf. Barclay, pág. 103.

12 Aunque Dios no es mencionado explícitamente —el verbo está en forma pasiva—, se da por sentado que él es el autor de la recompensa. Otros ejemplos de lo mismo: 5:6, 7, 9; 7:1–2, 7. Ver Schmid, pág. 119.

13 Ver también las promesas similares en Salmo 126:5–6; Isaías 57:18; 61:1–3.

[1] Burt, D. F. (1999). Seréis Perfectos, Mateo 5:1–48 (1a Edición., Vol. 3, pp. 35–45). Barcelona: Publicaciones Andamio, Logos 6.

 

 

Primer síntoma de decadencia espiritual: ausencia de gozo y deleite en Dios

Sugel Michelén (ver sitio)

 Dice la Escritura que el corazón del hombre es engañoso.

Consecuentemente, no resulta una tarea fácil escudriñar el corazón, sobre todo tomando en cuenta todas las sutilezas que el pecado usa para engañarnos y la tendencia que todos tenemos a justificarnos a nosotros mismos. Es por esa razón que muchos creyentes comienzan a declinar en su fe sin darse cuenta y cuando vienen a despertar ya están sumidos en una condición deplorable.

A la luz de esa realidad, toda persona que profese ser creyente debe conocer cuáles son los síntomas de que ese proceso de decadencia espiritual está comenzando en su corazón, porque si descubrimos ese proceso en sus inicios será más fácil detenerlo y erradicar el mal.

En un libro titulado, La Declinación Personal y el Avivamiento de la Religión en el Alma, Octavius Winslow enumera algunos de los síntomas de un creyente que ha comenzado a decaer espiritualmente. En este artículo trataremos con el primero:

Ese estado de decadencia espiritual se caracteriza, no por una declinación marcada en nuestra percepción de la verdad, sino en la ausencia de gozo y deleite espiritual.

Este creyente continúa teniendo percepción de la verdad, puede definir los puntos principales de su fe y explicar teológicamente la interrelación de cada uno de ellos. Pero aun así no está experimentando el gozo y el deleite que deben producir tales doctrinas en el corazón.

Dice Winslow al respecto: “El juicio no habrá perdido nada de luz, pero el corazón sí habrá perdido mucho de su fervor; las verdades de la revelación, especialmente las doctrinas de la gracia, ocuparán la mismo posición que tenían antes… pero aun así la influencia de estas verdades serán escasamente experimentadas”.

Este creyente puede encontrarse en el culto congregacional, cantando junto a todos los demás acerca de la majestad de Cristo y de su obra redentora. Con su mente él está captando perfectamente el significado de cada una de sus palabras, pero su corazón no reacciona con el gozo y la confianza que esas verdades deberían producir en un verdadero hijo de Dios.

Los hermanos que están a su lado no pueden darse cuenta de que algo no anda bien, porque él está haciendo exactamente lo mismo que están haciendo todos los demás. Él no ha llegado a ese estado tan profundo de deterioro donde el creyente ni siquiera abre su boca para cantar. Pero su corazón no está involucrado en esa actividad de alabanza (comp. Mt. 15:8).

Alguien ha dicho muy acertadamente que la religión que no se deleita en Dios no es religión verdadera. Si has llegado al punto en que no encuentras deleite en Dios y en Su verdad revelada; aunque conozcas tales verdades, y tu mente siga creyendo en ellas, debes saber que estás comenzando a padecer de decadencia espiritual. Todo verdadero creyente es susceptible de pasar por períodos de frialdad espiritual; pero no podemos quedarnos en esa condición; de inmediato debemos volver a Cristo en arrepentimiento y fe.

En otros artículos continuaremos exponiendo otros síntomas que nos ayuden a hacer un diagnóstico certero del estado espiritual en que se encuentran nuestras almas.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

                            

 

CONTENDER POR LA FE NO QUIERE DECIR SER CONTENCIOSO.                                     

¿Por qué exhortarles? Porque algunos habían entrado (Judas 1:4).

(1) Eran invasores. La razón por la que Judas escribió su carta tan apresuradamente fue por el alarmante peligro que representaba la presencia de ciertos hombres. Se anticipa algo del carácter de ellos cuando dice que entraron “encubiertamente”. La palabra sugiere algo siniestro, definitivamente secreto como hace un espía que entra con cautela. Insinúa que su astucia era como una fuerza subversiva. En verdad eran hombres que pretendían ser creyentes, pero cuya fe era falsificada. Así que el enemigo había penetrado a través de las defensas.

(2) Fueron profetizados. Judas explica que “desde antes” se había escrito acerca de esos invasores y su condenación, pero no especifica exactamente cuánto tiempo antes. ¿Será que se refería a lo que el apóstol Pedro escribió relativamente poco “antes”? O tal vez se refiera a algo escrito mucho “antes”. Lo cierto es que la llegada de los falsos maestros fue anticipada y con ella su juicio también. Posiblemente su referencia acepta la enseñanza general de las Escrituras en cuanto al juicio de Dios contra los impíos, y Judas lo aplica al caso presente. Siempre se tiene que reconocer que el Espíritu Santo era el que preservaba a los autores humanos de errores.

(3) Eran impíos que torcían la verdad. Ahora, Judas se concreta a describir el carácter de esos enemigos del Señor y su obra. “Impíos” indica que no reverenciaban a Dios. No lo respetaban ni le temían. Ellos pretendían enaltecer la gracia de Dios y la libertad cristiana, pero llevaban una vida disoluta y vil. Prácticamente estaban enseñando que la gracia de Dios les daba licencia para cometer pecados. Un autor escribió diciendo que se regocijaban por la declaración bíblica del perdón, pero que no hacían caso de la exhortación bíblica a la santidad. Judas no es el único escritor del Nuevo Testamento que reconoció ese fenómeno funesto del libertinaje. Véase lo escrito por Pablo en 1 Corintios 6:9–18; Pedro en 1 Pedro 2:16 y Juan en 1 Juan 3:7–10.

(4) Eran impíos que negaban la doctrina. Su enseñanza y conducta efectivamente negaban la persona y carácter de Cristo, lo que al fin y al cabo es una negación de Dios Padre también. Aunque pretendían ser seguidores de Cristo, no aceptaban sus demandas morales, repudiando así a su persona divina. El uso del término “soberano” (el que tiene el control absoluto) agrava el peso de su pecado.

CONCLUSIÓN

Convendría que examinásemos nuestro propio ambiente. Claro que el propósito no es iniciar una inquisición evangélica. No obstante, si hay entre nosotros quienes nos quieren apartar de lo que Dios ha dicho, quiere decir que el enemigo ha traspasado sus defensas. Si hay quienes contradicen lo que Dios ha revelado, están negando a Cristo y al Padre celestial. Si hay entre los creyentes algunos que pretenden ser hijos de Dios, pero a la vez introducen ideas propias contra lo que él ha dicho, son lobos que andan están sueltos entre las ovejas. ¡Cuidado! ¡Hay sabotaje![1]

 



[1] Platt, A. T. (2002). Estudios Bíblicos ELA: Cómo enfrentar a los falsos maestros (2da Pedro y Judas) (pp. 91–93). Puebla, Pue., México: Ediciones Las Américas, A. C.

 

 

 

 Apoyo condicional

 

 Fueron, pues, Moisés y Aarón, y reunieron a todos los ancianos de los hijos de Israel. Aarón les contó todas las cosas que Jehová había dicho a Moisés.

 e hizo las señales delante de los ojos del pueblo. El pueblo creyó, y al oir que Jehová había visitado a los hijos de Israel y que había visto su aflicción, se inclinaron y adoraron.Éxodo 4.29–31

No había sido cosa fácil para el Señor convencerlo a Moisés de volver a Egipto para liberar a Israel. Con muchas argumentaciones, el patriarca había mostrado su resistencia a aceptar la misión que Dios le proponía. Finalmente claudicó, pero con poca convicción de su llamado. Cómo debe haber alentado su corazón, entonces, este recibimiento inicial por parte del pueblo. Relataron cuál era su misión y la gente los recibió con entusiasmo, uniendo sus corazones al proyecto.

¡Cuán diferente es la recepción que les dio el faraón! Los echó del palacio y ordenó que se duplicara la carga laboral de los esclavos israelitas. Tome nota de lo rápido que se esfumó el entusiasmo y el apoyo de Israel hacia Moisés y Aarón. Ni bien se encontraron con el pueblo, los israelitas exclamaron: «Que Jehová os examine y os juzgue, pues nos habéis hecho odiosos ante el faraón y sus siervos, y les habéis puesto la espada en la mano para que nos maten» (Ex 5.21).

Como líder, seguramente usted habrá experimentado muchas veces situaciones similares. Recuerdo, hace muchos años, un proyecto de construcción en el cual estaba involucrado con otro pastor. Los hermanos de la iglesia recibieron con entusiasmo la propuesta y prometieron su apoyo. Pero al poco tiempo perdieron los deseos de seguir trabajando y quedamos unos pocos para sobrellevar el grueso del esfuerzo.

Sepa usted que esta reacción es normal en el pueblo de Dios. Ellos no son perseverantes por naturaleza y fácilmente se desaniman. Pero no se enoje con ellos por esto. Si fueran perseverantes serían ellos los líderes y no usted. La tarea de mantenerles animados y firmes con la mano en el arado es suya. Cómo pastor usted ha sido llamado a infundirle ánimo a su gente y a avanzar con firmeza aun cuando hayan perdido la esperanza.

El gran ejemplo de este rol pastoral es Nehemías. El trabajo de reconstruir los muros lo enfrentó a interminables dificultades y pruebas, y muchas veces el pueblo quería «tirar la toalla». Pero Nehemías, usando una diversidad de estrategias, los animó a seguir hasta que el proyecto estuviera completo.

Este ánimo no se imparte castigando y condenando al pueblo por su falta de compromiso. Más bien usted debe darles ejemplo de perseverancia en medio de las dificultades, para que puedan imitar su fe. Anímeles con paciencia y cariño a seguir en la tarea y verá que se le van sumando, a medida que usted muestra su compromiso de no echarse atrás.

Para pensar:

 

Note que Moisés también se desanimó (Ex 5.22–23). Pero tiene una característica que marca al verdadero siervo. Llevó su desánimo al Señor. Y el Señor le dio Palabra para poder seguir adelante. Usted necesita hacer lo mismo. Presente su desánimo al Señor y permita que él le vuelva a encender la esperanza y la fe, dándole la gracia que necesita para seguir adelante con los proyectos que él ha puesto en sus manos para este tiempo.

 

 

LA ENSEÑANZA MÁS GRANDE DE JESÚS ES EL AMOR

 

Objetivo: Comprender la eminencia del amor en la relación de Dios con y el ser humano y en las enseñanzas de Jesús.

Texto de oro: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. (Juan 13:35).

 

 

 

Introducción:

 

Jesús, con sus enseñanzas, provocó la más grandiosa de las transformaciones del mundo, en su mentalidad y en sus leyes. Entre muchas enseñanzas resalta el amor como la base de la convivencia humana, en la familia, en la iglesia y en la sociedad en general. El amor que Jesús enseñó es un concepto muy elevado pero posible de practicar, de hecho, él mismo mostró en su propia experiencia como llevarlo a la práctica. Eso nos anima a pensar que el amor el posible y que es la solución a tantas situaciones de odio e injusticia que se viven a niveles individuales y sociales.

 

 

 

El amor ágape. Mateo 5:38-48; 1ª Corintios 13

 

En nuestros tiempos la palabra amor ha perdido sentido. Se usa con tanta frecuencia y en forma indiscriminada que llegamos a confundir su significado. El amor del que hablamos es algo más que el amor entre una pareja y es algo mayor que el que comúnmente se da entre amigos. En la mayoría de los casos el amor que se declara depende del atractivo físico, de la conveniencia material y de la correspondencia del ser amado, es decir, amamos a quienes nos aman y somos indiferentes a los demás, este es el “amor porque”, o sea, te amo porque eres bueno… atractivo… agradable… inteligente… rico… etc. En nuestra Biblia la palabra utilizada es ágape, amor ágape es amor incondicional, podríamos decir que es “amor a pesar de”, te amo a pesar de que no me ames… a pesar de que me hagas daño… a pesar de que no me des nada. Esta es la forma en que Cristo nos amó, al

 

grado que estuvo dispuesto a entregar por nosotros su vida, ese es el amor al que estamos llamados. Por eso dice Jesús que amemos a nuestros enemigos y hagamos bien a quienes nos hacen mal. El Apóstol Pablo hace una descripción de esta clase se amor en 1ª Corintios 13.

 

 

 

El amor resume la ley. Mateo 22:34-40; Romanos 12:7-10

 

La ley ha sido hecha para restringir la maldad del hombre contra el hombre, pero si todos los seres humanos nos amaramos en la misma intensidad y con la misma pureza, no necesitaríamos leyes. Jesús enseñó sobre los dos mandamientos más importantes: el primero es “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” “y el segundo es semejante —dice Jesús—: amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Y añade “De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” Acorde con esto el apóstol Pablo lo desglosa de la siguiente manera: “… porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor.” Por lo tanto, si quieres que tu vida marche bien, hermano, aprende a amar, cumple estos dos mandamientos y tu vida será realmente diferente, ama a Dios y ama a tu prójimo.

 

 

 

El amor como prueba del discipulado. Juan 13:34-35; Romanos 5:6-8;

 

Si nos declaramos seguidores de Jesucristo y no sabemos amar y perdonar, en realidad no le seguimos. En su propia experiencia, el Señor mostró su amor al orar por quienes le crucificaban, exclamó y dijo “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. El cumplió sus propias enseñanzas y probó con ello que es posible llevarlas a la práctica. Su declaración es enfática en Juan 13:35, se sabrá que son mis seguidores si tienen amor los unos con los otros. Entre nosotros debe haber siempre amor, siempre perdón y siempre tolerancia. Si otros cometen errores también nosotros los cometemos, por lo tanto nada debe empañar nuestra comunión. Y vamos más lejos, si logramos incorporar al amor como parte de nuestro comportamiento cotidiano, en cualquier lugar donde estemos y con cualquier persona, puesto que todos son mi prójimo; la gente sabrá que somos seguidores del Señor, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. Amén.

 

 

 

 

¿Como se adquiere la Fe?

Por: Enrique Monterroza

 La Fe es un don de Dios que está al alcance de cualquier persona que lo desee. Lo malo es que mucha gente no lo quiere hasta que lo necesita.

Entonces se da cuenta de que no tiene la fe que precisa porque no está acostumbrada a confiar en la Palabra de Dios, le falta ese cimiento. Al fin y al cabo, como puede tener fe en algo que conoce bien poco o nada?

 

Así como no se puede construir un buen edificio sin buenos cimientos, sin la Palabra la fe no tiene una base sólida. La fe en Dios esta cimentada en Su Palabra. Por eso, si sientes que te falta fe, el remedio es muy sencillo: la Palabra de Dios te la aumentara.

 

La Fe nace y crece oyendo la Palabra de Dios (Romanos 10:17). A medida que leas y estudies la Palabra, que medites sobre ella y hasta te la aprendas de memoria, con el estímulo de cada palabra que leas tu fe ira aumentando y fortaleciéndose. Llénate la mente y el corazón de pensamientos positivos, alentadores y fortalecedores procedentes de Su Palabra, pensamientos que edifiquen tu fe, y al poco tiempo te sorprenderás de la fe que tendrás: //Fe verdadera, capaz de aguantar cualquier prueba y de hacer milagros, Fe que perdura y se apoya sobre el cimiento solidó de Su verdad//

 

Hay una pequeña historia acerca de el niño Roberto, quién le pregunta a su tío Que es la fe en Dios? 

Bien, vamos a la playa y te lo enseñare.

Roberto vivía en las playas de Cancún.

Cuando llegaron, le entrego el chaleco salvavidas y las aletas.

=Pero yo no se nadar= dijo Roberto.

=Lo se=, le dijo el tío, =póntelos de todas maneras=. 

Lo hizo.

=Ahora, comienza a caminar hacia el mar de espaldas. Llegara un momento en el que sentirás que tus pies no tocan tierra. Déjate ir y arrójate de espaldas. No te hundirás, ya que el chaleco te hará flotar=.

Roberto estaba aterrado =No tío, no quiero=.

//Hazlo// Le respondió =Estaré junto a ti para que no temas. Así que tranquilo=.

Roberto confió en su tío. Mientras caminaba de espaldas llego un momento en el que sintió que no tocaba tierra. Dudo. Pero recordó las palabras de su tío, aparte de que lo tenía cerca. 

En un acto de valor, dio el siguiente paso //Ya no tocaba tierra// Sin embargo, floto en el mar gracias al chaleco. Se sintió emocionado ante la experiencia y feliz.

Ambos salieron del mar. Camino a casa, su tío le explico:

=En esto consiste la fe en Dios: el mar representa la vida. Yo represento a Dios y el chaleco representa la fe. Cuando te adentres en el mar de la vida y sientas que la lógica no puede ayudarte a salir a flote de tus problemas, hasta perder el suelo, debes creer que el chaleco de la fe te salvara=. 

 

Dios estará siempre cerca de ti, pero depende de que te atrevas a dar el primer paso de confiar en EL, vistiéndote el chaleco de la fe y arrojándote con el, para que puedas flotar en el mar de la vida con total paz y tranquilidad. 

 

 

Que Dios te bendiga,

 

Características del liderazgo

En este capítulo deseo hacer una semblanza del líder cristiano desde una perspectiva bíblica o apostólica. Si bien el fundamento teológico para el liderazgo cristiano es la persona y obra de Cristo, el modelo bíblico para el ministerio del líder se encuentra en el ministerio de los apóstoles, especialmente el apóstol Pablo.

 Pablo describe su ministerio pastoral y apostólico con una variedad de metáforas. En esta oportunidad, vamos a considerar algunas de ellas para obtener una imagen bíblica del líder cristiano y de su perfil de identidad. Cada metáfora está centrada en Cristo y describe un aspecto particular del ministerio del liderazgo.

 

PRISIONERO DE CRISTO: EL LLAMADO AL LIDERAZGO

 

El llamado de Dios

 

Ya hemos considerado en la Unidad anterior la importancia del llamado divino al ministerio cristiano. Todo líder necesita tener bien en claro que su ministerio es la respuesta a un llamado específico de Dios al servicio. Sin esta convicción de ser llamado por el Señor para el cumplimiento de una tarea en su reino es difícil que el líder cristiano salga airoso del compromiso. Este llamado tiene dos dimensiones: una interior y otra exterior. La primera tiene que ver con la certeza de corazón que expresa Jeremías en 14:9: “Señor, tú estás en medio de nosotros, y se nos llama por tu nombre”. La segunda es la aprobación de la congregación en la que llevamos a cabo nuestro ministerio. El llamado exterior confirma al llamado interior. No obstante, es el llamado de Dios el que permanece y es el más importante. Jeremías quiso escapar de él, pero no pudo. La palabra de Dios era como un fuego en su corazón y no tuvo más remedio que proclamarla (Jer. 20:9). Cuando Dios convoca a alguien para el servicio, esta convocación no es improvisada, pasajera o reversible. Como señala Pablo: “Las dádivas de Dios son irrevocables, como lo es también su llamamiento (Ro. 11:29).

 

El llamado de Pablo

 

Él recibió un llamado divino claro. La mayor parte de sus caras comienza con una declaración de que él era apóstol por voluntad de Dios (1 Co. 1:1; 2 Co. 1:1; Gá. 1:1; Ef. 1:1; Col. 1:1; 1 Ti. 1, 2; 2 Ti. 1:1; Tit. 1:1). En Romanos 1:1, 5 señala: “Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, apartado para anunciar el evangelio de Dios. … Por medio de él (Cristo), y en honor a su nombre, recibimos el don apostólico para persuadir a todas las naciones que obedezcan a la fe”. La identidad de Pablo estaba centrada en la realidad de haber sido llamado y apartado por Dios para un ministerio apostólico. En Gálatas 1:15 Pablo es más específico: “Dios me había apartado desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia”. La experiencia de Jeremías fue similar (Jer. 1:5).

 

El llamado de Pablo estaba ligado a la persona de Cristo. De igual modo, el llamado de cualquier líder cristiano debe estar centrado en Cristo. La identidad esencial de Pablo como líder era la de “siervo de Cristo Jesús”. Fue esta condición de considerarse “bajo órdenes” superiores la que le permitió confrontar las muchas dificultades que rodearon su ministerio. Esto fue especialmente cierto en cuanto a su relación con la congregación en Corinto, que fue para él un verdadero dolor de cabeza. Hubo momentos en su experiencia de liderazgo que fueron peligrosos y frustrantes. Él los describe así: “Cuando llegamos a Macedonia, nuestro cuerpo no tuvo ningún descanso, sino que nos vimos acosados por todas pares; conflictos por fuera, temores por dentro” (2 Co. 7:5). Sin embargo, en medio de tantas dificultades, él pudo afirmar: “Gracias a Dios que en Cristo siempre nos lleva triunfantes y, por medio de nosotros, esparce por todas partes la fragancia de su conocimiento” (2 Co. 2:14).

 

El llamado al liderazgo

 

Cuando Dios llama a alguien a su servicio, no llama para transitar un lecho de rosas. El ministerio cristiano presupone grandes dificultades, pero también promete enormes alegrías y satisfacciones. La capacidad de seguir adelante a pesar de los problemas, sin perder de vista el gozo que viene con una tarea bien cumplida en el nombre del Señor, está fundada en la convicción firme de haber sido llamado al liderazgo por Cristo y de haber recibido de él los dones necesarios para ejercerlo. Ante las impresionantes demandas de su ministerio y los gigantescos desafíos que lo confrontaban Pablo se preguntaba: “¿Y quién es competente para semejante tarea?” (2 Co. 2:16b). La única respuesta posible es, como en el caso de Pablo, saber que servimos “como enviados de Dios que somos” (2 Co. 2:17b).

 

Ser llamado por Dios para ser líderes nos coloca en una posición privilegiada frente al pueblo que conducimos. Pero este privilegio, fundado en nuestro llamado divino, no es para nuestra gloria sino para honra del Señor que nos llamó. Pablo expresa este privilegio cuando dice: “Para Dios nosotros somos el aroma de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden” (2 Co. 2:15). A veces se nos permite tener una visión del lado divino de nuestro llamamiento y ministerio. Y cuando esto ocurre, podemos descubrir que el liderazgo cristiano es una tarea gozosa y llena de preciosas recompensas. Vale la pena ser prisionero de Cristo, tener un claro llamado suyo para ser sus siervos y quemar nuestras vidas en el servicio consagrado para su gloria.

 

David Fisher: “De todos modos, tratar con corazones humanos, incluyendo el nuestro, es difícil. Pero cuanto más profundo es el conflicto, tanto más dulce es la victoria. Somos cautivos de Cristo, el Señor de la vida y de su iglesia. Marchamos en su desfile, y sabemos hacia dónde se dirige. Y de vez en cuando tenemos un pantallazo por sobre nuestros hombros y vemos a otros compañeros prisioneros siguiéndonos en el desfile. Esto vale la pena.”47

 

VASOS DE BARRO: LA CARGA DEL LIDERAZGO

 

El liderazgo es una carga pesada

 

La responsabilidad que representa ser dirigente de otras personas y conducirlas al cumplimiento de los eternos propósitos de Dios no es una tarea ligera. Hablar y actuar en nombre de Dios no es poca cosa. Ser mayordomo de dones espirituales y del poder divino es un privilegio, pero es sumamente demandante. Y muchas veces el ejercicio de este ministerio se da en medio de una gran soledad. No obstante, lo que más puede abrumarnos es saber que “tenemos este tesoro en vasijas de barro” (2 Co. 4:7). Nuestro llamado nos ofrece la gloria de trabajar con el inestimable tesoro del evangelio y el valor infinito de las personas por las que Cristo murió. Pero estas realidades sublimes se canalizan a través de instrumentos tan frágiles y vulnerables como somos cada uno de nosotros. Es por esto que el liderazgo cristiano es una carga, que por momentos es muy difícil de llevar.

 

EJERCICIO 24

 

Vasijas de barro.

 

La Biblia de tapa a tapa subraya la humanidad de los líderes de Dios.

 

Buscar un pasaje bíblico que ilustre esta realidad en el caso de los siguientes líderes:

 

Moisés:

 

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David:

 

.

 

Pedro:

 

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Pablo:

 

.

 

 

El liderazgo es una carga de gloria

 

Rick Warren, el autor del conocido libro Una vida con propósito, tiene una maravillosa definición de la gracia dada a los líderes: “Dios conocía cada cosa pecaminosa y estúpida que yo haría y de todos modos me escogió”. Esto es cierto. A pesar de que él nos conoce igual nos ama y desea utilizarnos en su reino. Esta es una realidad que no debemos olvidar en medio del fragor de nuestro ministerio. Dios no ignora nuestra condición de “vasijas de barro”, y es por ello mismo que nos escogió para su servicio, de modo que toda la gloria sea para él. La carga del liderazgo es un “excelente y eterno peso de gloria” (2 Co. 4:17, RVR). Esta gloria del liderazgo está entretejida en casi todas las cartas de Pablo. Las introducciones a estas cartas desbordan con el gozo profundo de saber que Dios estaba obrando a través de su ministerio. La convicción de ser un instrumento valioso para la manifestación del poder de Dios y la bendición de otros era para él motivo de una gran satisfacción (1 Ts. 1:4–5; 2:4).

 

Nuestra incapacidad y vulnerabilidad es la gran oportunidad para el poder divino. Pablo aprendió esto por la vía dura, y así debemos hacerlo nosotros. Su espina en el cuerpo, cualquiera que haya sido esta aflicción, fue un recordatorio doloroso al apóstol de que el poder de Dios “se perfecciona en la debilidad” (2 Co. 12:9), y que cuando somos débiles de hecho somos fuertes. En el momento en que Pablo dependió de Dios en su incapacidad, la gracia de Dios invadió y transformó su humanidad. Pablo resume ese momento de gracia al decir: “Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo. Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co. 12:9, 10).”

 

MAESTROS DE LA PALABRA: EL IMPACTO DEL LIDERAZGO

 

El ministerio docente de Pablo

 

Pablo describe el impacto de su ministerio de enseñanza del evangelio de Cristo en Corinto utilizando una metáfora interesante. Dice él: “Ustedes mismos son nuestra carta, escrita en nuestro corazón, conocida y leída por todos. Es evidente que ustedes son una carta de Cristo, expedida por nosotros, escrita no con tinta sino con el Espíritu del Dios viviente; no en tablas de piedra sino en tablas de carne, en los corazones” (2 Co. 3:2, 3). La evidencia más elocuente del buen resultado del liderazgo de Pablo en Corinto fue el hecho de que lo que él “escribió” en las vidas de cada creyente de esa iglesia era imborrable. Lo que “el Espíritu del Dios viviente” había registrado en sus corazones a través del ministerio docente de Pablo, podía leerse como se lee una carta y era elocuente en testificar de una tarea bien hecha.

 

El ministerio docente del líder

 

No hay ministerio que más impacte la vida de las personas que la enseñanza de la Palabra de Dios. Cuando un líder inscribe la Palabra de Dios en el corazón de una persona, esto queda grabado para siempre. Cuando lo que hacemos, decimos y pensamos está preñado del consejo divino, la impresión que esto causa en la vida de las personas a quienes lideramos es permanente e indeleble. Esto es así porque el ministerio del líder cristiano es de efectos muy especiales.

 

El ministerio del líder cristiano efectivo es sacramental. Un sacramento es un instrumento terrenal que comunica la gracia celestial. Sólo Dios es la fuente y el dador de su gracia, pero esta gracia llega a los seres humanos a través de medios humanos, de vasos de barro. La encarnación de Jesús es el modelo sacramental por excelencia. La iglesia cristiana, como cuerpo de Cristo, es una extensión de esta encarnación. Y los líderes cristianos somos llamados por Dios y dotados por el Espíritu Santo para conducir la vida de la iglesia. En este sentido, somos portadores de la gracia de Dios a su pueblo. Nosotros no somos sacramentos, pero sí nuestra labor es sacramental. Somos instrumentos cuyas vidas y palabras marcan las almas de las personas en el nombre del Señor, a medida que proclamamos y enseñamos su Palabra. Dondequiera que vayamos y sea lo que fuere que hagamos somos portadores de la gracia divina de manera singular. Estamos escribiendo cartas con tinta divina, a pesar de ser instrumentos humanos.

 

El ministerio del líder cristiano efectivo es revelador. Desde el principio, Dios se ha revelado en formas y en lenguaje humanos. Los profetas y los apóstoles fueron voces humanas que hablaban en un lenguaje comprensible a personas simples en tiempos ordinarios. Su revelación máxima y final fue Jesucristo (He. 1:1–4). La iglesia y su ministerio dan testimonio del Señor. Si bien la iglesia cristiana no es la revelación, sí es reveladora, porque a través de su testimonio revela la gracia y la verdad que se encuentran en Cristo Jesús. Como cuerpo de Cristo, nuestro mensaje es la Palabra de Dios, y este mensaje es comunicado a través de formas y personas humanas. En este sentido, el ministerio del liderazgo cristiano es revelador, ya que nuestra tarea consiste en escribir líneas divinas en los corazones del pueblo de Dios. El ministerio de todo líder cristiano no consiste en otra cosa que en colocar los valores del mensaje de la iglesia en línea con el carácter del reino de Dios.

 

El ministerio del líder cristiano efectivo es amoroso. Si el carácter y la integridad del evangelio demandad de un ministerio que fluye del amor divino, esto significa que la práctica del ministerio es, en realidad, como escribir una carta de amor. El liderazgo cristiano debe escribir una carta de amor en las vidas de quienes lidera. En este sentido, llama la atención la manera amorosa en que Pablo escribía sus cartas a las iglesias que fundó y por las que se sentía responsable (2 Co. 6:11–13; Fil. 1:7). Es precisamente este amor sincero y profundo el que más impacta la vida de las personas bajo nuestro cuidado y conducción.

 

El ministerio del líder cristiano efectivo es personal. Un mal creciente, especialmente en las iglesias grandes en América Latina, es la falta de un cuidado personal de los creyentes por parte de pastores y líderes. Las congregaciones se han transformado muchas veces en empresas dedicadas a la religión, a la construcción de edificios y presupuestos suntuosos, y otras cuestiones institucionales, con total desapego por las necesidades de las personas. Si nuestro ministerio como líderes va a dejar alguna huella permanente, será necesario que nos tomemos el tiempo y hagamos el esfuerzo de ministrar personalmente y con cuidado a cada persona que está bajo el mismo. Ésta es la única manera en que las personas llegarán a ser “una carta de Cristo, expedida por nosotros”, y firmemente grabada en sus corazones.

 

PADRE Y MADRE DE MUCHOS: EL CORAZÓN DEL LIDERAZGO

 

Si el líder no es capaz de amar profundamente a las personas, es mejor que nunca entre en el liderazgo cristiano. Si el siervo o la sierva del Señor no están dispuestos a entregarse totalmente por el bien de aquellos a cuyo servicio están, no son aptos para el ministerio como líderes. Hace falta el corazón de una madre (o de un padre) para habilitar a una persona a ser un líder conforme el deseo de Dios. Pablo entendió esto a cabalidad cuando dijo: “Aunque como apóstoles de Cristo hubiéramos podido ser exigentes con ustedes, los tratamos con delicadeza. Como una madre que amamanta y cuida a sus hijos, así nosotros, por el cariño que les tenemos, nos deleitamos en compartir con ustedes no sólo el evangelio de Dios sino también nuestra vida. ¡Tanto llegamos a quererlos! Recordarán, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas para proclamarles el evangelio de Dios, y cómo trabajamos día y noche para no serles una carga. Dios y ustedes me son testigos de que nos comportamos con ustedes los creyentes en una forma santa, justa e irreprochable. Saben también que a cada uno de ustedes lo hemos tratado como trata un padre a sus propios hijos. Los hemos animado, consolado y exhortado a llevar una vida digna de Dios, que los llama a su reino y a su gloria” (1 Ts. 2:7–12).

 

David Fisher: “Como padres en la casa de Dios, existimos para hacer crecer en madurez a los hijos de Dios. El liderazgo es fundamental para la orientación paternal. En la casa de Dios, los líderes somos llamados a mover cielo y tierra en las vidas de los hijos de Dios en crecimiento. Somos llamados a conducir a las personas y a la organización de la que forman parte hacia las metas y objetivos de Dios. Como Moisés conduciendo a los hijos de Israel hacia la Tierra Prometida, debemos ser fuertes y sabios en conducir a los hijos de Dios a través de esta vida y hacia el hogar celestial de Dios.”48

 

El líder como madre

 

Como cualquier líder cristiano, el apóstol Pablo confrontó acusaciones falsas. La gente tiende a juzgar las motivaciones de sus líderes sin evidencias suficientes y muchas veces de manera injusta. En Tesalónica, algunos creyentes dieron crédito a ciertas acusaciones falsas en contra de Pablo, quien tuvo que escribirles en parte para defender su ministerio contra estos rumores (1 Ts. 2:1–6, 17–18). Para ello, introduce una imagen bien conocida por todos: la del corazón de una madre (1 Ts. 2:7b). Pablo quería que recordaran su profundo afecto por ellos. El cuadro de una madre amamantando y cuidando a su niño sugiere de manera palmaria la ternura más profunda. Esto era lo que el apóstol quería que los tesalonicenses pensaran en cuanto a su liderazgo entre ellos.

 

La esencia de esta imagen define el corazón del líder. El ministerio del siervo o la sierva de Dios tiene que estar caracterizado por un cariño tan profundo, que es capaz de compartir no sólo el evangelio sino también la vida misma (v. 8). Esta imagen es más que belleza y ternura; es una expresión impresionante de poder y de gracia. No hay en el plano de la experiencia humana un ejemplo de entrega mayor y más abnegada que la de una madre hacia el hijo que ama y la de un líder hacia el pueblo que sirve. No hay tesoro más preciado que un líder cristiano pueda compartir y entregar al pueblo de Cristo que el evangelio de Dios que proclama y su propia vida. La gracia tierna del corazón de una madre debe caracterizar al líder cristiano.

 

El líder como padre

 

En la Iglesia Católica Romana en América Latina se sigue llamando “padre” al presbítero que está dedicado al ministerio pastoral. De hecho, todo buen pastor es como un padre, especialmente si cumple bien con su ministerio de ánimo, consuelo y exhortación (1 Ts. 2:12a) en la congregación. El papel del líder como padre tiene que ver con estas tres dimensiones de su ministerio. El líder debe alentar a sus liderados y animarlos permanentemente a alcanzar todo su potencial como hijos de Dios. Un padre sabio sabe también que sus hijos necesitan frecuentemente ser consolados, así como el Espíritu Santo nos consuela con su presencia en nuestras vidas. De igual modo, como “padres” en nuestra congregación tenemos la autoridad dada por Dios para exhortar a otros cuando es necesario, a fin de que lleven “una vida digna de Dios, que los llama a su reino y a su gloria” (1 Ts. 2:12b. Por cierto, esta triple tarea “paternal” de dar ánimo, consuelo y exhortación debe llevarse a cabo con la autoridad que da un ejemplo intachable (“Dios y ustedes me son testigos de que nos comportamos con ustedes los creyentes en una forma santa, justa e irreprochable”, 1 Ts. 2:10), y con un amor práctico, evidente y auténtico (“Saben también que a cada uno de ustedes lo hemos tratado como trata un padre a sus propios hijos”, 1 Ts. 2:11). En otras palabras, ser un líder cristiano, en un nivel bien fundamental, es tener un corazón configurado por la gracia de Dios.

 

LABRADORES Y CONSTRUCTORES: LA TAREA DEL LIDERAZGO

 

En un mundo conflictivo, destructivo y confuso como el que vivimos hacen falta hombres y mujeres con una vocación positiva de plantar y construir para mejor. Ya son suficientes las fuerzas que pugnan por dividir a la humanidad, destruir su armonía y poner fin a sus mejores logros. La iglesia misma no es ajena a estas fuerzas demoníacas, que sólo están para “robar, matar y destruir” (Jn. 10:10). Es vital que el líder cristiano no sólo resista a estos poderes destructivos, sino que trabaje fuerte con una dinámica opuesta, es decir, constructiva, edificadora, dadora de vida.

 

Pablo parece haber entendido cabalmente este aspecto fundamental de la tarea del liderazgo cristiano cuando, escribiendo a los creyentes de Corinto, les dice a estos hermanos en conflicto y confusión: “Después de todo, ¿qué es Apolos? ¿Y qué es Pablo? Nada más que servidores por medio de los cuales ustedes llegaron a creer, según lo que el Señor le asignó a cada uno. Yo sembré, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que no cuenta ni el que siembra ni el que riega, sino sólo Dios, quien es el que hace crecer. El que siembra y el que riega están al mismo nivel, aunque cada uno será recompensado según su propio trabajo. En efecto, nosotros, somos colaboradores al servicio de Dios; y ustedes son el campo de cultivo de Dios, son el edificio de Dios” (1 Co. 3:7–9).

 

Una tarea humana

 

La labor que los líderes debemos llevar a cabo es en definitiva una tarea tan humana como la de cultivar la tierra o construir un edificio. Cada uno de estos quehaceres presupone una estrategia determinada, herramientas específicas y materiales singulares, pero es llevada a cabo por seres humanos que no son más que “servidores”. Como tales, son tan instrumentales como las herramientas que utilizan y los métodos que emplean. En este sentido, no hay diferencia ni rango de importancia entre los siervos. Aun cuando desempeñen tareas diferentes, todos ellos no son más que “colaboradores” al servicio del Dueño de la tierra o del supremo Arquitecto. Ya sea que se trate de la labranza de un campo de cultivo o de la construcción de un edificio, la tarea que como líderes llevamos a cabo es una tarea humana, en función de un proyecto divino.

 

Una obra divina

 

Si bien el campo de cultivo o el edificio son de Dios, los líderes somos los instrumentos “al servicio de Dios” y “por medio de los cuales” se lleva a cabo su labranza y construcción. Nos cabe a los líderes cristianos ser participantes activos en una obra divina tan maravillosa. Por un lado, somos llamados a ser labradores en el campo de cultivo de Dios. Esto significa que nuestro ministerio es una cuestión de gracia, porque trabajamos para él. Pablo es cuidadoso en señalar que todo el crecimiento en el cuerpo de Cristo es un don de la gracia de Dios (1 Co. 3:7). Por otro lado, nuestro ministerio señala a la gloria de Dios y de ningún modo debe resultar en nuestra gloria. Toda la alabanza, el crédito y la gloria deben ir a Dios, quien es el que hace crecer a la iglesia. Además, nuestro ministerio, al no ser nuestro sino de Dios, debe llevarnos a la unidad en la tarea. Por cierto que cada líder tiene un ministerio único y singular. Uno siembra, otro riega, y para extender la metáfora, otros cultivan, fertilizan y cosechan. Pero es Dios quien asigna a cada uno su ministerio (1 Co. 3:5). Y, no obstante, estos ministerios diversos son en verdad un solo ministerio, o como diría una traducción literal del v. 8: “El que planta y el que riega son uno”. ¡Qué manera revolucionaria de concebir al liderazgo! Toda rivalidad, celo, competencia y envidia quedan a un lado frente a la realidad del evangelio de que todos nosotros constituimos un solo ministerio bajo la gracia y el poder de Dios.

 

A su vez, la consciencia de que la obra es de Dios y no de nosotros echa por tierra todo intento de considerarnos dueños de ella. La iglesia es el “campo de cultivo de Dios” y el “edificio de Dios” (v. 9). Toda nuestra labor como líderes, junto con la de todos los líderes cristianos en el planeta, se mueve en una única dirección. Dios está haciendo crecer a su iglesia. La obra en la que participamos como colaboradores es “su” obra.

 

Por otro lado, él es el único fundamento para su obra. Lo que nosotros hacemos como líderes es construir sobre esta base, que es Jesucristo (1 Co. 3:11). Es este fundamento la garantía de la unidad de la iglesia y la coherencia de su ministerio. Por eso, el resultado de un ministerio auténtico es la unidad que se alimenta del amor. Como labradores y edificadores de Dios, la unidad en amor debe ser la suma y sustancia de nuestras labores. Todo las demás cosas no son más que medios para alcanzar este gran fin bíblico. El criterio para el éxito en el liderazgo cristiano, entonces, no puede ser la fama, la popularidad, el renombre personal o el aplauso humano, sino el logro del amor y la unidad en la iglesia.

 

David Fisher: “La cuestión detrás de mucha de la discusión y conflicto en la iglesia es realmente una cuestión de poder: quien lo tiene y de qué manera se lo maneja. De hecho, todos nosotros somos siervos de Dios y deberíamos estar satisfechos con darle a Dios el crédito. Lo que Dios desea hacer a través de nosotros como labradores y edificadores es hacer crecer/edificar su iglesia. El fundamento para tal crecimiento es el mismo que su fin, la unidad que surge del amor—no simplemente cualquier amor, sino el amor que Dios derrama en nuestros corazones. Y nosotros debemos siempre recordar que no podemos servir allí a quienes no amamos.”49

 

SIERVOS Y MAYORDOMOS: EL PODER DEL LIDERAZGO

 

La necesidad más grande del liderazgo evangélico hoy en América Latina es integridad. La realidad del ministerio nos abofetea cada día con noticias de líderes que, carentes de integridad, causan vergüenza a los hijos de Dios y ponen en cuestión la verdad del evangelio. Un líder puede ufanarse de muchas cosas y tener grandes ambiciones. Pero sin integridad carecerá del poder necesario para ejercer su ministerio. El poder provee de una gran capacidad para la corrupción, y el liderazgo tiene mucho que ver con el ejercicio del poder. Los líderes tienen poder institucional, poder personal, poder espiritual, poder financiero y poder de influencia sobre otros. El abuso de este poder es el mal básico que echa a perder a muchos líderes y llega a contaminar a sus iglesias. La mejor prevención para evitar este mal tan pernicioso para el líder y su iglesia es prestar atención a la manera transparente con la que Pablo definía su propio ministerio como líder: “Que todos nos consideren servidores de Cristo, encargados de administrar los misterios de Dios” (1 Co. 4:1).

 

Siervos de Cristo

 

Cuando la tentación a hacer un mal uso del poder y la autoridad que nos han sido dados se hace intensa, es bueno recordar que como líderes somos simplemente “servidores de Cristo”. El vocablo griego que Pablo utiliza en esta expresión es huperetes, que es un término poco frecuente en el Nuevo Testamento pero común en el griego clásico. En su uso común, la palabra describe a alguien que ha sido comisionado para comunicar y cumplir las órdenes de parte de otro. En los Evangelios huperetes se utiliza para describir a alguien que ejecuta los edictos de un juez (Mt. 5:25). En Hechos, Juan Marcos es presentado como el huperetes (“ayudante”, Hch. 13:5b) de Pablo y Bernabé. En cada caso se trata de una persona que presta un servicio ejecutando la voluntad de otra. En 1 Corintios 4:1, Pablo explica el ministerio de liderazgo suyo y de Apolos usando esta palabra. Ambos hablan por el Señor y son sus ayudantes en la iglesia. No hablan ni actúan por su propia cuenta, sino bajo las órdenes de Cristo.

 

La identidad y la integridad del líder cristiano tienen que estar fundadas en esta realidad esencial de que somos siervos de Cristo. No estamos al servicio de los seres humanos ni de ninguna institución humana, sino que somos los ayudantes del Señor. El correctivo para cualquier imagen deficiente del liderazgo cristiano está en Aquel a quien servimos. Si nos mantenemos enfocados en el Cristo que nos ha llamado al ministerio podremos evitar la tentación de hacer un mal uso del poder y la autoridad que se nos han dado.

 

Mayordomos de Dios

 

Nuevamente Pablo plantea otra metáfora para enriquecer su descripción del ministerio. Él quería que los corintios vieran a sus líderes de una manera diferente y es por eso que se califica junto con Apolos como los “encargados de administrar los misterios de Dios” (1 Co. 4:1). En ambos Testamentos un mayordomo es alguien a quien se le ha confiado la administración de los bienes de otro. Generalmente, estas personas eran esclavos o libertos. Esta imagen es común en el Nuevo Testamento (Lc. 16:1–15). En todos los casos, la cualidad fundamental de un buen administrador es su confiabilidad. Aquellos mayordomos que son fieles en lo poco merecen que se les confíe mucho más (Lc. 16:10).

 

El líder cristiano es un mayordomo de Dios. El vocablo que Pablo utiliza es oikónomos, alguien que está a cargo de la administración de la casa o de la familia (oikos). Ahora, Pablo denomina a la iglesia como la “familia de Dios” (oikeioi tou theou), un pueblo que es edificado juntamente como el templo del Espíritu Santo (Ef. 2:19–22). Toda la iglesia de Cristo es la familia extendida de Dios. Es más, toda la historia humana está bajo la administración (oikonomian) de Dios y se mueve hacia su consumación en Cristo (Ef. 1:9, 10). Y nosotros, como líderes, participamos de esta tarea de mayordomía administrando “los misterios de Dios”. La riqueza de la eternidad, el poder del reino, la carga preciosa de las vidas humanas y los oráculos mismos de Dios que se encuentran en las Escrituras nos han sido confiados para que los administremos con sabiduría. No es extraño, pues, que como a mayordomos de Dios se nos exija confianza e integridad (1 Co. 4:2).

 

EMBAJADORES Y PREDICADORES: LA AUTORIDAD DEL LIDERAZGO

 

El mundo vive hoy una profunda crisis de autoridad. Esto se ve en la familia, en las instituciones sociales, en la política y en los más diversos ámbitos de la cultura. Por momentos da la impresión como que toda forma de autoridad se ha borrado y que crece un peligroso estado de anarquía. El ejercicio de la libertad se ha transformado en libertinaje, el valor de la persona humana individual en individualismo, el derecho a elegir en egoísmo, la responsabilidad moral en relativismo moral. Vivimos en una cultura que sistemáticamente resiste toda forma de autoridad. Lamentablemente, esto se ve también en la iglesia. Hay una crisis de autoridad moral y espiritual, que afecta especialmente al liderazgo cristiano. Esto se ve en la devaluación de la predicación y la enseñanza cristiana tanto dentro como fuera de la iglesia. La cultura y la iglesia no parecen tener mucho interés por oír la Palabra de Dios. La primera porque está totalmente secularizada, paganizada y enferma de relativismo y materialismo. La segunda porque, como ha ocurrido muchas veces, quiere manipular a los predicadores y maestros según su propia conveniencia carnal (2 Ti. 4:3, 4). Frente a estas realidades, es importante que como líderes cristianos asumamos una renovada consciencia de nuestra identidad como embajadores de Cristo y predicadores de Dios.

 

Embajadores de Cristo

 

En 2 Corintios 5:20, Pablo declara a quienes cuestionaban su autoridad como líder: “Así que somos embajadores de Cristo” (ver Ef. 6:20). La dignidad y el poder de quien lo enviaba y a quien representaba era la base de la autoridad con la que servía. En Corinto había muchos que estaban encandilados con las apariencias y querían meter a sus líderes en el molde de sus expectativas (2 Co. 5:12). Incluso había quienes consideraban que Pablo estaba loco (2 Co. 5:13). Pero él no entendía su ministerio en términos humanos (2 Co. 5:16), sino que estaba movido por una energía divina, el amor de Cristo, y una misión eterna, la reconciliación de la humanidad con Dios y los unos con los otros.

 

El papel del líder cristiano como embajador de Cristo representa una gran tensión. Por un lado, el líder es un representante del Rey de reyes y Señor de señores. No es nuestro reino o intereses personales aquello que representamos ni la base de nuestra autoridad. La bandera que enarbolamos no lleva nuestros colores ni nuestro escudo de armas, sino los del Señor exaltado y glorioso. Por otro lado, nosotros como embajadores del cielo vivimos en la tierra y es nuestra responsabilidad representar a nuestro Señor encarnado y presente. Somos sus manos, oídos, ojos, pies y boca. Hablamos y actuamos en su nombre, con la autoridad y el poder que él nos ha delegado. Nuestra conducta debe exigir el respeto y la consideración que Pablo dice son los apropiados o debidos a embajadores de un Rey tan grande (1 Ts. 5:12, 13).

 

Predicadores de Dios

 

En 2 Corintios 5:20, Pablo presenta un segundo fundamento para su autoridad como líder, cuando dice: “Como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: ‘En el nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios”. El líder cristiano es esencialmente un heraldo de Dios y la predicación y enseñanza de la Palabra son los ministerios más sublimes. La predicación y la enseñanza fueron la prioridad más alta de los apóstoles, así como lo fue en el propio ministerio del Señor (Mr. 1:14). La proclamación del mensaje de reconciliación debe ser la tarea fundamental del ministerio de todo líder cristiano que pretenda servir con integridad. Esto es así si tomamos en cuenta tres factores:

 

La importancia de la predicación. En el Nuevo Testamento el grupo de palabras relacionadas con la predicación está entre los más significativos desde el punto de vista teológico. El concepto de la predicación está en el corazón mismo de la fe apostólica y recorre casi cada página del Nuevo Testamento. Pablo se sentía orgulloso de calificarse como “heraldo y apóstol” y “maestro a los gentiles” (1 Ti. 2:7). Además, a lo largo de la historia del testimonio cristiano, la predicación ha jugado un papel fundacional en la obra de la iglesia. La predicación y la enseñanza de las buenas nuevas tocantes a Cristo sigue siendo la responsabilidad número uno del líder cristiano íntegro.

 

La autoridad en la predicación. El heraldo en tiempos del Nuevo Testamento era un miembro de la corte real y un vocero de un príncipe o rey. Estos heraldos llevaban un cetro o sello real para indicar que lo que decían lo decían con la autoridad misma del rey. Los apóstoles se consideraron como enviados por el Señor para comunicar en su nombre un mensaje de vida. Estaban convencidos de que cuando hablaban lo hacían de parte del Rey Jesús, y que cuando lo hacían con integridad era como si él mismo estuviese hablando (“como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros”, 2 Co. 5:20). Los líderes de hoy necesitamos recuperar esta confianza y crecer en la convicción de que nos presentamos ante el mundo en el nombre y con la autoridad de Cristo el Señor.

 

El poder de la predicación. Frente a un mundo incrédulo, agnóstico y relativista, el líder cristiano necesita aferrarse no al poder de su elocuencia o recursos retóricos sino al poder de la Palabra que proclama. La Palabra de Dios es “viva y poderosa” y jamás vuelve vacía (He. 4:12, 13). Es hora que los líderes cristianos tomemos en serio esta verdad y nos plantemos frente al mundo y la iglesia con un mensaje que no es expresión de nuestra inventiva o ingenio, sino que es “poder de Dios para la salvación de todos los que creen” (Ro. 1:16).

 

David Fisher: “Nosotros somos personas sacramentales que llevamos en nuestro ser y palabras el poder mismo de Dios. Nosotros somos bendiciones de Dios al pueblo del Rey. En el mundo bíblico, las bendiciones eran mucho más que palabras bonitas. Ellas llevaban el peso de la eternidad porque eran pronunciadas en el nombre del Dios Altísimo. Esto es lo que nosotros los líderes somos y hacemos. Somos enviados por el Rey a bendecir a su pueblo con nuestras palabras y acciones.”50

 

 

EJERCICIO 25

 

El caso de un buen líder: David.

 

Leer cuidadosamente 2 Samuel 8:15–18. Completar el bosquejo más abajo transcribiendo los textos bíblicos que ilustran las verdades que se señalan en relación del liderazgo del rey David.

 

1. Un buen líder es capaz de dirigir a todo el pueblo: todos le siguen:

 

.

 

2. Un buen líder no hace acepción de personas: todos reciben su servicio:

 

.

 

3. Un buen líder sabe delegar sus propias responsabilidades en otros:

 

.

 

4. Un buen líder sabe levantar y entrenar a otros líderes, incluso en campos que no son los propios:

 

.

 

 

 Bajado de Logos 5

 



47 David Fisher, The 21st Century Pastor: A Vision Based on the Ministry of Paul (Grand Rapids: Zondervan, 1996), 113.

RVR Santa Biblia, versión Reina-Valera, revisión 1960.

48 Ibid., 162.

49 Ibid., 189,

50 Ibid., 247.

 

 

 

hebreos 9:13–14

Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo.

 

LA PURIFICACIÓN EN EL ANTIGUO TESTAMENTO (v. 13)

Nuevamente, nos encontramos con unos versículos que señalan el contraste entre el antiguo pacto y el nuevo, entre los efectos limitados y superficiales de los sacrificios levíticos y los efectos definitivos y profundos del sacrificio de Cristo. Pero ahora, el autor introduce un nuevo concepto. Además de seguir hablándonos del Día de la Expiación, nos remite a otra ceremonia del Antiguo Testamento: el rito de purificación de los inmundos.

Por supuesto, los primeros lectores conocían bien aquel rito, por lo cual el autor no necesitaba darles mayores explicaciones. Nosotros, en cambio, necesitamos familiarizarnos con él antes de poder entender bien este texto.

En el antiguo pacto, había varias situaciones en las que, para efectos ceremoniales, el hombre era considerado inmundo. Tal vez la más conocida de ellas era el contacto con un difunto o un animal muerto. Cualquiera que tocase un cadáver, o aunque estuviese en la misma habitación con él –es decir, casi todos los familiares inmediatos del difunto–, quedaba inmundo durante siete días. Debía pasar siete días en «cuarentena religiosa», en los cuales no podía acercarse al tabernáculo ni participar en el culto. Al tercer día de su «contaminación», debía someterse a los ritos de purificación. De no hacerlo, sería considerado inmundo para siempre y cortado de la congregación de Israel.1

De hecho, los ritos de purificación no eran ajenos a los del Día de la Expiación. Por los escritos de Maimónides,2 sabemos que, al menos con el paso de los siglos, llegó a haber una estrecha vinculación entre ellos. La purificación ceremonial llegó a ser requisito para el sumo sacerdote antes de la realización de los sacrificios expiatorios. Maimónides dice que, durante los siete días anteriores al Día de la Expiación, el sumo sacerdote tenía que apartarse de la congregación encerrándose en el templo a fin de no contaminarse con el mundo. Al tercer día y al séptimo, debía someterse a los ritos de purificación prescritos en Números 19. Sólo así podía ejercer sus funciones sacerdotales y hacer expiación por los pecados del pueblo.

Nuestro texto combina elementos asociados con el Día de la Expiación (la sangre de los toros y de los machos cabríos) con otros procedentes de los ritos de purificación (las cenizas de la becerra). Esto parece confirmar lo que dice Maimónides: aun cuando no hay ninguna asociación explícita en las Escrituras, la práctica levítica llegó a relacionar los ritos de purificación con los preparativos para el Día de la Expiación.

En todo caso, necesitamos aclarar que aquellos ritos tenían que ver con la inmundicia ritual, no con la culpa moral; pretendían quitar la impureza ceremonial, no los pecados. Y consistían en lo siguiente. Una vaca alazana era sacrificada; es decir, una vaca de color castaño rojizo. El simbolismo aquí es evidente: el rojo es el color de la sangre, y la sangre estaba asociada con la purificación. El sacrificio debía realizarse, no en el lugar habitual –el altar en el atrio del tabernáculo–, sino fuera del campamento (Números 19:3).3 No lo podía ofrecer el sumo sacerdote, porque aquel que lo realizaba quedaba inmundo durante un día.4 Por lo tanto, siempre lo realizaba otro sacerdote.5

En primer lugar, degollaba la vaca, llevaba la sangre al tabernáculo y rociaba con ella la parte delantera del mismo siete veces (19:3–4). Luego, se quemaba la vaca por completo –su cuero y su carne y su sangre, con su estiércol–, arrojando sobre ella, mientras ardía, diferentes especias y maderas fragantes (19:5–6). Una vez acabado el holocausto, el sacerdote debía recoger las cenizas y guardarlas en un recipiente. Eran guardadas durante tiempo –de hecho, hasta que se hubieran agotado–, porque siempre tenía que haber en Israel la provisión de estas cenizas. Así pues, la frecuencia de los sacrificios de purificación iba en razón de la necesidad de más cenizas.

Entonces, la persona inmunda tenía que comparecer ante el sacerdote al tercer y séptimo días de su período de inmundicia, para ser rociada con agua mezclada con las cenizas de la vaca alazana. Sólo después de los siete días cesaba el tiempo de su inmundicia y podía volver a integrarse en la comunión de Israel y acercarse al tabernáculo.

A nosotros, nacidos bajo un pacto que provee soluciones para inmundicias internas de orden moral, todo esto puede parecernos superficial y superfluo. Pero, mediante estos ritos, Dios quería enseñar grandes lecciones espirituales a su pueblo. La naturaleza aberrante y espantosa de la muerte, ante los ojos de Dios, era enseñada a través de la «contaminación ceremonial» que se trasmitía a todo aquel que entrara en contacto con ella. Así, Dios demostraba que la muerte es antagónica, cien por cien, a sus intenciones iniciales para el hombre. Dios desea ser el autor de la vida, no el ejecutor de la muerte. Él es Dios de vivos, no de muertos, Dios de luz y no de tinieblas, Dios de creación y no de corrupción. La muerte fluye, no de Dios, sino del pecado. Dios aborrece la muerte como aborrece el pecado. Por esto, excluye de su presencia todo aquello que tenga asociación con la muerte.6 Pensemos en el ejemplo del Señor Jesucristo ante la tumba de Lázaro y cómo lloraba, aun sabiendo que Él iba a pronunciar la palabra para que Lázaro resucitara. El sentimiento de Dios ante la muerte es de pena.

Por lo tanto, fue para comunicar a Israel los fuertes sentimientos de repulsa que Dios experimenta ante la muerte, por lo que Dios estableció los ritos de purificación. Todo aquel que entra en contacto con la muerte, participa en algo que Dios, en principio, no desea de ninguna manera.

Normalmente, en Israel los diversos tipos de sacrificios usaban animales machos, pero en este rito de la purificación se trataba de una becerra, una hembra, y una hembra en la plenitud de su fecundidad. Era como si Dios eligiera al animal que mejor simbolizara la vida para que sus cenizas contrarrestasen, simbólicamente, la contaminación de la muerte.

Así pues, nuestro versículo sintetiza la solución ritual que Dios provee para dos problemas: el contacto con la muerte, solucionado mediante las cenizas de la becerra, y el contacto con el pecado, solucionado mediante los sacrificios expiatorios. Sin embargo, aquellos ritos solamente podían proporcionar una purificación simbólica y superficial. En palabras del autor: santifican para la purificación de la carne (en contraste con la limpieza de la conciencia de la que nos hablará en el versículo 14). Aunque el verdadero problema del ser humano –entonces como ahora– no era superficial ni ceremonial, sino interno y trascendente, el antiguo pacto sólo podía proporcionar una solución a nivel simbólico a la espera de la auténtica solución obrada por el Señor Jesucristo. Si el verdadero problema era el pecado humano, con sus consecuencias de muerte y separación de la presencia de Dios, la verdadera solución tenía que consistir en hacer perfecto al pecador (10:14), destruir el imperio de la muerte (2:14) y forjar un camino de acceso a Dios (10:19–22). Estas soluciones estaban simbolizadas –respectivamente– por los sacrificios expiatorios, los ritos de purificación y la entrada del sumo sacerdote en el Lugar Santísimo como representante del pueblo; pero el sistema levítico nunca podía traer una solución real para la condición humana. Sólo podía proveer un camino por el cual se mantenía y se restauraba la comunión con Dios al nivel exterior, simbólico y ceremonial. Para este nivel, valían. Pero en sí, no podían quitar el pecado, ni librar de la muerte, ni dar acceso a la presencia de Dios.

NUESTRA INMUNDICIA (v. 14)

En contraste, pues, consideremos los mayores beneficios del sacrificio de Jesucristo. Y empecemos considerando la inmundicia moral que contamina nuestra conciencia, aquella inmundicia que el autor llama obras muertas.

Como acabamos de ver, el principal punto de contraste entre los sacrificios levíticos y el de Jesús es que aquéllos sólo podían proporcionar una purificación externa de la carne, mientras el sacrificio de Jesucristo limpia nuestras conciencias, justamente lo que los sacrificios del Antiguo Testamento no podían hacer.

Este contraste queda remarcado por una frase típica de Hebreos: ¿cuánto más…? Si el sacrificio de meros animales puede conceder la limpieza ceremonial, ¿cuánto más nos dará el sacrificio del Hijo de Dios?

Puesto que los israelitas se acercaban a un edificio físico y simbólico, y adoraban a Dios por medio de una serie de ceremonias y ritos externos, la limpieza que necesitaban para estar preparados para aquella adoración era también simbólica y ceremonial. Pero, ya que los herederos del nuevo pacto somos llamados a adorar al Padre en espíritu y en verdad (Juan 4:23) y todo lo que era simbolizado por las ceremonias de antaño se traspasa al nivel de las realidades espirituales y morales, ahora necesitamos una verdadera limpieza de la conciencia, no una mera purificación simbólica.

Nuestra contaminación no consiste en el contacto con algún cadáver, sino en que nosotros mismos, en el orden espiritual, somos cadáveres, muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1). El pecado ha dado el golpe mortal a nuestra vida espiritual. Todavía no estamos muertos físicamente –aunque vamos hacia la muerte física debido al pecado–7 pero, si no hemos conocido la purificación que Cristo proporciona, interiormente hemos muerto. Como consecuencia, nuestras obras son obras muertas.

Todo lo que brota de una fuente contaminada participa de aquella contaminación. Podemos tener buenas intenciones, esforzarnos en vivir recta y honradamente, dedicarnos a la caridad y filantropía, y hacer muchas cosas admirables y loables. Pero nada de lo que hacemos puede compensar nuestra podredumbre interna. Ninguna obra nuestra puede neutralizar la maldad que nos mueve íntimamente. Ninguna iniciativa nuestra puede hacer resucitar lo que ya está muerto. La triste realidad es que todo lo que hacemos en la carne participa de nuestra corrupción interior. La muerte no puede producir vida, ni la corrupción santidad. Como dijo Jesucristo: ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? No puede el árbol malo dar frutos buenos (Mateo 7:16, 18). Un ser muerto no puede producir obras vivas para la gloria de Dios, sino solamente obras muertas.

Naturalmente, el significado primario de obras muertas tiene que ver con los diversos actos de injusticia e infracciones explícitas de la ley de Dios que caracterizan el comportamiento humano. Los pecados que cometemos son, por supuesto, obras muertas. Pero, desgraciadamente, nuestra contaminación moral influye también en nuestros esfuerzos por ser buenos. Aun con las mejores intenciones, siempre actuamos según lo que somos por naturaleza. Y por naturaleza somos hijos de desobediencia y de ira, esclavos del mundo, la carne y el diablo, muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1–3).

LA PURIFICACIÓN PROPORCIONADA POR CRISTO (v. 14)

¿Qué esperanza hay, pues, para los que nos encontramos en esta condición? Pues, hay la inmensa esperanza expuesta en este versículo: ¿Cuánto más la sangre de Cristo … limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?

Nuestra única esperanza válida está en el sacrificio del Señor Jesucristo. Creemos que este sacrificio nos limpia de verdad, no sólo en la superficie, sino en el corazón y la conciencia. En este versículo, el autor nos ofrece ciertas razones para explicar la eficacia de este sacrificio. Antes de ver cuáles son, sin embargo, quizás valga la pena reafirmar nuestra fe en la proposición básica que este texto afirma: que la muerte de Jesucristo en la Cruz nos limpia verdadera y definitivamente. Sin duda, no alcanzamos a entender la profundidad de esta afirmación y, a pesar de las razones dadas por el autor, quedamos lejos de sondear el misterio de la expiación. Hay dimensiones de la obra de Cristo que pertenecen a la eternidad. Debemos utilizar los recursos mentales que Dios nos ha dado para explorar las razones reveladas en su Palabra; pero, finalmente, lo que cuenta es que creamos en Jesucristo como nuestro Sumo Sacerdote, reconociendo que nuestra purificación, redención y santificación dependen del derramamiento de su sangre. Su sacrificio nos limpia y nos capacita para entrar para siempre en la presencia de Dios.

¿Cómo, pues, puede la sangre de Jesucristo8 ser tan eficaz como para realizar esta purificación en profundidad en todos los que creen en Él? Veamos lo que dice el texto al respecto:

1.  Un sacrificio inmaculado

En primer lugar,9 observamos que el autor dice que Jesús se ofreció a sí mismo sin mancha. Es una frase que ya hemos visto en el 7:26, con esta sola diferencia: allí se aplicaba a Cristo en su capacidad de Sumo Sacerdote; ahora, en la de ser la víctima sacrificada. El Señor Jesucristo es inmaculado en sus dos funciones de sacerdote y sacrificio.

En el caso de los sacrificios levíticos, se exigía que el animal fuese sin mancha en el sentido de no tener ningún defecto físico. Pero, en el nuevo pacto, dejamos atrás los símbolos físicos y pasamos a las realidades espirituales. Naturalmente, esta frase, referida a Jesús, señala su perfección moral y espiritual. Nadie pudo acusarle de pecado. En todo cumplió la voluntad del Padre. No hubo contaminación moral en Él. Nunca hizo maldad ni hubo engaño en su boca (Isaías 53:9).

Para que el sacrificio sea válido para nuestra limpieza moral, la víctima tiene que ser moralmente pura. Jesucristo es el único ser humano que ha reunido esta condición. Se ofreció sin mancha a Dios.

2.  Un sacrificio voluntario

En segundo lugar, observemos que se ofreció a sí mismo. No fue ofrecido por otro. Cierto, el Padre le envió y las autoridades judías y romanas fueron los autores legales y materiales de su muerte. Pero Él mismo puso su vida. Afirmó su rostro para ir a Jerusalén, sabiendo perfectamente lo que le esperaba. Su sacrificio fue voluntario y, como tal, fue un acto consciente, racional, razonado y predeterminado. En contraste, los animales del sistema levítico eran víctimas involuntarias, irracionales e inconscientes.

Decir que el sacrificio de Jesús fue voluntario no es decir que fuera fácil. Todo lo contrario. El saber de antemano lo que le iba a pasar le costó sudores como gotas de sangre. Precisamente porque se ofreció voluntariamente, tuvo que tener pleno conocimiento de causa al entregarse.

3.  Un sacrificio espiritual

En tercer lugar, la ofrenda de Jesucristo fue un sacrificio espiritual. Dice el texto: el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo. Esta frase es notoriamente difícil en cuanto a su significado exacto. De inmediato, podemos señalar que, obviamente, esta frase tiene que contemplarse en contraste con los sacrificios físicos de la antigua dispensación. El de Jesús, en cambio, tiene dimensiones espirituales.

Por supuesto, el sacrificio del Señor Jesucristo fue un sacrificio corporal. Éste será uno de los énfasis explícitos del capítulo 10. Por ejemplo, en el versículo 5, veremos que la encarnación fue necesaria porque el Señor, en su eterna divinidad y como ser espiritual, no podía morir. Para poder ofrecer su vida en sacrificio, era necesario que se le preparara un cuerpo. Y en el versículo 10 se nos habla de la ofrenda del cuerpo de Jesucristo.

Pero aquí, puesto que el autor quiere señalar las consecuencias espirituales del sacrificio, subraya su naturaleza espiritual. Sólo un sacrificio con dimensiones espirituales puede efectuar aquella limpieza espiritual necesaria para que podamos tener comunión espiritual con Dios. Por supuesto, un animal no tiene estas propiedades y, por lo tanto, su sacrificio no puede lograr nuestra limpieza espiritual.

Entonces, ¿qué quiere decir esta frase? Su interpretación provoca cierta incomodidad, no sea que vayamos demasiado lejos o nos quedemos cortos. Es una frase difícil porque nos introduce de lleno en el misterio de la naturaleza del Señor Jesucristo: la eterna deidad reducida a las limitaciones de un cuerpo humano. Ningún ser humano puede sondear este misterio, ni explicar todos sus matices y ramificaciones, porque, como criaturas del tiempo y del espacio, no podemos entender la eternidad, ni mucho menos la divinidad. No debe sorprendernos, pues, si el alcance de esta frase se nos escapa y si hemos de confesar que, finalmente, no entendemos la profundidad del significado del sacrificio de la Cruz.

El debate en torno a su interpretación se centra en la definición exacta del Espíritu del que el autor está hablando: ¿se trata del espíritu humano de Jesús, del espíritu eterno del Hijo o del Espíritu Santo como persona diferente del Hijo? Pero ¿qué teólogo puede contestar a esta pregunta? ¿Acaso tuvo Jesucristo dos espíritus?10 ¿Y cómo distinguir entre el espíritu de Cristo y el Espíritu Santo, a quien el Nuevo Testamento llama Espíritu de Cristo?11

Por supuesto, el solo hecho de plantear estas preguntas es evidencia de nuestra ignorancia. No se puede hacer esta clase de distinciones sin correr el riesgo de cometer alguna torpeza teológica. Si el ser humano no es capaz de hacer un análisis definitivo de su propia composición psicológica, ¿cómo podemos analizar a las personas divinas?

Sin embargo, puestos a aventurar lo que estaba en la mente del autor al emplear esta frase, diríamos que lo más probable es que la referencia sea al espíritu de Cristo mismo, y esto por varias razones. En primer lugar, esta interpretación enlaza con las palabras de Cristo en la Cruz –Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lucas 23:46)–, palabras que posiblemente estuvieran presentes en el pensamiento del autor. Desde luego, no tenemos base autorizada para pensar que el Espíritu Santo tuviera necesidad de ser encomendado al Padre, ni que Él fuera el espíritu que Jesús entregó al expirar. Más bien parece que las Escrituras indican que Jesús encomendó al Padre su propio espíritu.

En segundo lugar, el texto griego omite el artículo delante de la palabra Espíritu, lo cual –según los expertos– favorece esta interpretación. Literalmente el texto reza: El cual, mediante espíritu eterno, se ofreció a sí mismo, lo cual viene a significar: El cual, mediante su propio espíritu eterno, se ofreció a sí mismo.

Sin embargo –insisto–, no podemos establecer una distinción clara entre el espíritu de Cristo y el Espíritu de Cristo. El Señor Jesucristo, a lo largo de su ministerio terrenal, siempre vivió bajo la dirección e impulso del Espíritu Santo: fue engendrado por el Espíritu en la virgen María; fue bautizado en el Espíritu al salir de las aguas del Jordán y así capacitado para su ministerio; bajo la dirección del Espíritu se dirigió al desierto para afrontar las tentaciones del diablo; fue en el poder del Espíritu como realizó sus señales y milagros; y el texto que eligió para su primera predicación no fue otro sino los primeros versículos de Isaías 42: El Espíritu del Señor está sobre mí… (Lucas 4:18). En todo, el Señor Jesucristo fue sostenido y dirigido por el Espíritu Santo. Por tanto, aunque el texto bíblico no lo dice explícitamente, podemos suponer que, cuando Jesús afirmó su rostro para ir a Jerusalén y afrontar la Cruz, lo hizo bajo la dirección, comunión, fortalecimiento y poder del Espíritu. Es correcto, pues, entender que el Espíritu Santo estuvo implicado, de alguna manera, en la entrega de Cristo.

Sin embargo, es más sencillo entender nuestra frase como referencia al propio espíritu de Jesús. El autor está diciendo que el sacrificio de Jesús implicó la entrega, no sólo de su cuerpo, sino de su espíritu. En este sentido, en contraste con los animales del Antiguo Testamento, el Señor Jesucristo es una víctima espiritual. Puso su vida física, corporal; pero también entregó su espíritu.

La vida que Él ofreció en sacrificio no era como la nuestra, muerta en delitos y pecados. Él vivía una plena vida espiritual en la que disfrutaba de una constante e intensa comunión con el Padre. Precisamente, lo grande de su sacrificio estriba en que, pudiendo Él tener acceso libre siempre –en espíritu– al verdadero Lugar Santísimo celestial, sufrió una ruptura de esa comunión cuando fue hecho pecado por nosotros. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mateo 27:46) Por primera y única vez, hubo una especie de desgarramiento en el seno de la Trinidad.

Lo contemplamos, intentando asimilar lo que estará siempre lejos de nuestra posibilidad de comprensión. ¿Cómo pueden personas egocéntricas e individualistas entender la intensidad de la comunicación que existía entre el Padre y el Hijo? ¿Cómo pueden personas como nosotros, que nunca hemos conocido relaciones que no estén deterioradas, apreciar lo que le costó a nuestro Señor el desamparo del Padre? ¿Como pueden los seres mortales entender aquel desgarramiento divino? No podemos. Sólo podemos mirarlo de lejos, asombrarnos ante aquello que sólo captamos de una manera nebulosa y arrodillarnos en humilde gratitud y pobre adoración.

Pero ahí está. Nuestro Señor Jesucristo, en el momento de su sacrificio, sufrió no solamente física sino también espiritualmente. Para volver al simbolismo que subyace en nuestro texto, no sólo fue ofrecido sobre el altar, sino que también sufrió fuera del campamento, alejado de la presencia de Dios, tratado como un ser contaminado, hecho pecado por nosotros. Su sacrificio participó, de alguna manera, de una dimensión espiritual.

Aquí, estamos tocando verdades espirituales –percibidas como en un espejo, oscuramente– que han de ver con las razones íntimas y escondidas por las cuales el sacrificio de Jesús puede proporcionar una auténtica limpieza espiritual –y no sólo ceremonial– a todos los que creemos en Él. Hubo una dimensión espiritual en el sacrificio del Señor Jesucristo, la cual hace posible para el creyente una verdadera purificación interior.

4.  Un sacrificio eterno

A esto hemos de añadir que el sacrificio de Jesucristo es de valor eterno, porque es mediante el Espíritu eterno que se ofreció.

Por supuesto, su sacrificio se realizó en la historia, en el tiempo y el espacio, en un lugar concreto y en un momento específico. Esto es obvio. Pero esta frase parece indicar otra dimensión de lo que ocurrió en el Calvario, dimensión que –de nuevo– sólo puede ser percibida lejanamente por nuestras mentes finitas y limitadas, pero que queda confirmada por otras referencias bíblicas. El hecho de que fuese un sacrificio realizado por medio de su Espíritu eterno reviste aquel sacrificio de implicaciones eternas.

El Espíritu por el cual Cristo se ofreció es eterno. No conoce los límites del tiempo y del espacio. Por lo tanto, el sacrificio realizado por el Señor Jesucristo es eterno en su valor, infinito en su eficacia e ilimitado en su extensión. O, para decir lo mismo al revés, puesto que lo que se busca es un sacrificio definitivo que satisfaga eternamente las exigencias del Dios perfecto y que proporcione acceso ilimitado al Dios eterno, tiene que haber una dimensión de eternidad en la víctima ofrecida. Por supuesto, sólo el Hijo de Dios hecho hombre reúne esta condición.

Esto tiene grandes implicaciones. Quiere decir –como ya vimos en el capítulo anterior– que no tenemos que buscar nuevos sacrificios cada vez que caemos en pecado, o cada vez que deseamos entrar en la presencia de Dios. Quiere decir que, en la providencia de Dios, nuestra relación con Él quedará garantizada por toda la eternidad por este único sacrificio. También implica que el sacrificio de Cristo tiene un valor retroactivo,12 por lo cual se puede hablar de Cristo inmolado desde el principio del mundo (Apocalipsis 13:8).

5.  Un sacrificio eficaz

Así pues, el sacrificio de Cristo es inmaculado, voluntario, espiritual y eterno. Por todo esto, es aquel sacrificio eficaz que necesitamos para ser verdaderamente purificados ante Dios y a nivel de nuestra conciencia.

Lo que impide nuestra comunión con Dios –insisto– no es, en principio, una contaminación ceremonial. Es algo muchísimo más serio. Es la triste realidad de nuestra naturaleza distorsionada y corrompida por el pecado. La eliminación de esta contaminación no la puede lograr la muerte de ningún animal. Ningún sacrificio del Antiguo Testamento pudo quitar este nivel del problema. En cambio, volvamos a escuchar las gloriosas palabras de Juan el Bautista: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. O de Juan el Evangelista: La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado.

Sin duda, somos incapaces de captar toda la lógica y justicia de este sacrificio. Algunas de sus dimensiones se nos escapan, perdidas en la lejanía de la eternidad. Pero, a fin de cuentas, es mucho menos importante entender todos los matices acerca de cómo funciona, que someternos a la limpieza que nos proporciona. Finalmente, no es cuestión de entender, sino de creer lo que Dios dice. Y lo que nos dice aquí es que, a los que creen en Él, Jesucristo, por su sacrificio, les limpia las conciencias de obras muertas.

¿Tienes la conciencia limpia? ¿Te sabes justificado ante Dios y, por lo tanto, sabes que tienes acceso a su presencia? ¿O te sientes sucio e indigno, y te quedas fuera del tabernáculo sin atreverte a entrar en el Lugar Santísimo?

Si hay algo de este último sentimiento en ti, posiblemente se deba a una de tres causas. Una posibilidad es que nunca hayas sido rociado por la sangre de Cristo y, por lo tanto, aún seas «inmundo». En tal caso, clama al Señor Jesucristo pidiéndole que sea tu Sumo Sacerdote y te purifique mediante su sacrificio.

Otra posibilidad es que, habiendo creído para salvación, hayas caído nuevamente en alguna situación de pecado, lo cual te ha distanciado del Señor. La solución la encontramos en la primera Epístola de Juan: confesar nuestros pecados y recibir nuevamente la seguridad de parte de Dios de que la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado (1:9). Recordemos la naturaleza eterna de su sacrificio. Ciertamente, se ofreció una sola vez, pero no se ofreció para limpiarnos una sola vez y nunca más, sino para que pudiéramos tener una fuente perpetua de purificación.

Pero hay una tercera posibilidad: la de haber caído en la trampa del diablo, quien quiere minimizar y cuestionar la grandeza y perfección del sacrificio de Cristo con el fin de socavar nuestra seguridad, seguir acusándonos y quitarnos el gozo de la salvación. En este caso, debemos decidir a qué voz escucharemos: a la del diablo, que nos acusa diciendo que somos tan pecadores que la sangre de Cristo no puede alcanzarnos; o a la de la Palabra de Dios, que nos asegura que, si la sangre de los toros y los machos cabríos … santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo … limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo. ¿Quién tiene razón?

SERVICIO Y ADORACIÓN

Antes de dejar el versículo 14, debemos mirar su última frase, en la cual el autor establece la consecuencia y el propósito de nuestra purificación: para que sirváis al Dios vivo.

¿Cuál es la finalidad del sacrificio de Jesús? ¿Para qué hemos sido purificados? ¿Acaso murió Jesús a fin de permitir que sigamos viviendo nuestra vida a la vieja usanza egocéntrica e injusta? ¿Acaso murió para que podamos seguir en el pecado de antes, con la única diferencia de que ahora lo hacemos con impunidad?

Ésta es la impresión que nos causa el comportamiento de ciertas personas que profesan creer en Jesucristo. Pero es todo lo contrario de lo que el evangelio nos enseña. Cristo no murió para permitir la práctica impune del pecado, sino para liberarnos de sus ataduras y así permitir que vivamos vidas santas conforme al poder del Espíritu de Dios en nosotros.

Éste es un tema frecuente en el Nuevo Testamento. En Romanos 14:9 el apóstol Pablo dice: Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir… ¿Para qué? ¿Para facilitarnos una entrada barata en el cielo sin ninguna implicación moral en esta vida? No, sino para ser Señor. En otras palabras, la consecuencia ineludible de beneficiarnos de su sacrificio es someternos a su señorío. En esto consiste la salvación: en volver a una relación correcta con Dios, en la que Él ejerce su señorío y nosotros obedecemos su voluntad. Por lo tanto, según este texto, Cristo no murió para facilitarnos el pecado, sino para sujetarnos a su señorío.

Igualmente, en Romanos 6:6, Pablo sostiene que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo… a fin de que no sirvamos más al pecado. El propósito de la crucifixión no fue el de confirmarnos en el pecado,13 sino el de liberarnos de su servidumbre.

Gracias al sacrificio de Cristo, nosotros –acaba de decir el autor de Hebreos– tenemos una conciencia limpia. Pero ¿acaso Cristo nos la limpia a fin de que volvamos a una vida de pecado? Por supuesto que no.

Además –dice–, la limpieza no es un fin en sí, sino un medio que nos capacita para otra cosa. Nuestra conciencia ha sido limpiada por la sangre de Cristo para que sirvamos al Dios vivo. El servicio es el fin; la limpieza es un medio indispensable para alcanzar aquel fin.

Pablo dice lo mismo en 2 Timoteo 2:21:

Si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra.

La limpieza nos prepara para el servicio eficaz de Dios. De hecho, esto es lógico. No podemos servir a Dios –en el sentido en el que Hebreos nos habla del servicio– a no ser que tengamos acceso a Él; y el acceso está condicionado por la limpieza. Esto se ve en el hecho de que, en Hebreos, la idea de servicio está estrechamente vinculada al ministerio de los sacerdotes en el tabernáculo. Allí donde el texto de Hebreos habla del culto realizado por ellos, emplea la misma palabra griega aquí traducida por servicio.14

Por lo tanto, cuando llegamos a interpretar textos, como el nuestro,15 que hablan acerca de nuestro servicio, no debemos olvidar el trasfondo y paralelismo del servicio levítico. Los sacerdotes de antaño fueron limpiados mediante el efecto purificador de los sacrificios con el propósito de servir a Dios en el tabernáculo. Nosotros hemos sido limpiados por la sangre de Jesús a fin de servirle, también, en su tabernáculo. Digo esto porque, hoy en día, si alguien habla de servicio cristiano, en seguida pensamos en el «nivel horizontal»: vienen a nuestra mente personas desamparadas y diversas medidas caritativas que podemos tomar para ayudarlas. Ahora bien, estamos bajo claras instrucciones de servir a Dios, en segundo lugar, ayudando a nuestros prójimos. ¡Lejos sea de mí el restar importancia a este nivel! Sólo quiero restaurar un énfasis bíblico que vemos con especial claridad en Hebreos: que el verdadero servicio cristiano empieza con el culto a Dios y, luego, se extiende hacia la ayuda al prójimo. En primer lugar, es un servicio «vertical», centrado en Dios mismo. Es entrar en el Lugar Santísimo, como los sacerdotes de antaño, para ministrar al Señor mediante sacrificios de alabanza (13:15). Naturalmente, el creyente que verdaderamente ministra a Dios en su tabernáculo recibe las fuerzas para salir en su nombre a ministrar a otros. El cuidado y la ayuda que prestamos a nuestros hermanos, nuestro testimonio ante el mundo y nuestras obras de caridad son extensiones ineludibles –la medida de la autenticidad– de nuestro servicio principal: el culto a Dios.

En nuestros días, algunas iglesias se entregan, con un esfuerzo loable, a la acción social en beneficio de los desamparados, pero parecen haber perdido de vista la necesaria adoración a Dios y la búsqueda de su voluntad y señorío en su empresa. Acaban en un mero humanismo cuyas actividades no se distinguen en nada de las de cualquier otra entidad social con fines benéficos. Pero, por otra parte, otras congregaciones dedican mucho esfuerzo a la alabanza, sin manifestar el necesario interés por las necesidades de su prójimo. Las dos cosas son necesarias.

No olvidemos que el autor está colocando el servicio al Dios vivo en contraste con las obras muertas de las que necesitamos ser purificados. Y recordemos que éstas incluyen todo lo que no procede de una vida vivida en la fe de Dios, en la comunión con Él y en el poder de su Espíritu. Hay dos maneras de actuar: en la carne o en el Espíritu. Hay dos maneras de andar: por el camino estrecho o por el ancho. El autor de Hebreos quiere que nuestro servicio empiece allí donde debe empezar: en la presencia de Dios mismo.

Así pues, Cristo realmente limpia nuestras conciencias para que podamos servir al Dios vivo. El autor está diciendo, implícitamente, que el acceso a Dios está abierto, el velo ha sido rasgado, hay entrada en la presencia divina y tenemos el privilegio de poder servirle de verdad.

Éste es el sentido de nuestros «cultos». Al reunirnos como iglesia local, es ante todo con la finalidad de servir al Señor. Nuestra sola presencia en los cultos no es necesariamente un acto de servicio,16 porque podemos estar físicamente presentes y, sin embargo, tener el corazón, el afecto o el pensamiento muy lejos del Señor. No servimos al Señor si no entramos en espíritu y en verdad en su presencia. Si nuestra participación sólo es pasiva, si tenemos la mente distraída en medio de la oración o el sermón, si nuestro canto es mecánico y no expresa lo que estamos pensando y sintiendo en aquel momento, si no hay recogimiento y atención, entonces claramente no estamos sirviendo al Señor a pesar de nuestra presencia física en el culto.

Por supuesto, nuestros cultos normalmente se celebran en un edificio, como en tiempos del antiguo pacto. Pero ahora con esta diferencia: el edificio en sí no es nada. La iglesia puede realizar su culto a Dios en un edificio eclesiástico, en una casa particular, en el campo al aire libre, o en cualquier otro lugar. Ahora han desaparecido las sombras y los símbolos.17 Ahora, para servir a Dios, lo que cuenta no es la forma y distribución del edificio en el que nos reunimos para hacerlo, ni su ubicación, ni ningún otro elemento simbólico, sino el hecho de rendir una verdadera adoración y alabanza a Dios. Nos congregamos físicamente en un edificio terrenal, pero –lo realmente importante– en espíritu estamos en los lugares celestiales, en el verdadero tabernáculo.

Al reunirnos, solemos ser conscientes de nuestro pecado y de nuestra indignidad de estar en la presencia de Dios. Aunque limpios para siempre por la sangre de Jesucristo, sentimos que necesitamos «lavarnos los pies»18 porque se han ensuciado durante el caminar de la semana. Muchas obras muertas aún se aferran a nosotros y contaminan nuestra conciencia. De hecho, mucha de nuestra frialdad, apatía, pasividad y falta de concentración en los cultos tiene, seguramente, un origen moral. Íntimamente, sentimos que no podemos mirar al Señor a cara descubierta19 mientras estamos acariciando o encubriendo situaciones que previamente necesitan ser resueltas. Incluso, puede ser que, como consecuencia, lleguemos a preferir una práctica religiosa que consiste en cumplir con ciertos ritos externos, como si estuviésemos otra vez bajo el antiguo pacto, en vez de aspirar al conocimiento real de Dios. Nos limitamos a asistir a la iglesia, participar externamente en el culto, pero sin estar dispuestos a pagar el precio de servir a Dios en espíritu y en verdad, precio que incluye, inevitablemente, la confesión y el arrepentimiento.

Servir a Dios implica que, cuando hay pecado en nosotros, tendremos que quebrantarnos, arrepentirnos, repudiar aquello que estábamos acariciando y volver a echarnos sobre la misericordia y el perdón de Dios. Para poder servirle, nuestras conciencias han de estar limpias. Y hay una sola fuente de limpieza.

¿Hemos asimilado suficientemente, pues, el hecho de que aquel servicio (o culto) a Dios que realizaremos a la perfección cuando hayamos entrado plena y definitivamente en el Lugar Santísimo en el día final, debe ser la marca principal de nuestra vida aquí y ahora? Para esto Cristo murió: para salvar a un pueblo que adore a Dios en espíritu y en verdad. Pasaremos la eternidad sirviendo en el santuario celestial, pero el acceso ya está abierto y Dios espera nuestro servicio actual.

Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia (1 Pedro 2:9–10).

¿Qué llamamiento puede haber más glorioso que éste: dejar atrás las obras muertas, a fin de servir al Dios vivo? Fijémonos bien en el contraste: obras muertas; servicio al Dios vivo.

Vivimos en una sociedad llena de prisas, actividades y diversas formas de trabajo. Algunos se esfuerzan por acumular riquezas, otros por superar a sus compañeros y adquirir prestigio y posición social, otros por proveer para su familia, otros –hoy en día relativamente pocos– por complacer a Dios mediante sus prácticas religiosas y así ganar su salvación. Todo esto está incluido dentro de la idea de obras muertas, porque, en el fondo, no dejan de ser obras egocéntricas realizadas en el poder de la carne, con fines y motivaciones carnales. El creyente, en cambio, ha sido llamado a otro servicio, un ministerio basado en algo que el Señor Jesucristo ha hecho, no en algo que proceda de su propia carnalidad. Cristo es quien ha forjado nuestro acceso al lugar de servicio y su Espíritu eterno nos capacita para ejercerlo. Es un ministerio vital en el servicio del Dios vivo.

La gran pregunta es ésta: ¿Nos entregamos nosotros al servicio de Dios con las misma intensidad de entrega que vemos en nuestros conciudadanos en su servicio carnal? Muchos creyentes parecen tener el servicio a Dios como un pasatiempo al que dedican unas pocas horas –quizás ni siquiera esto– cada semana. Dios nos llama a que seamos sus sacerdotes. No hay llamamiento más alto. Su servicio requiere nuestra entrega total y absoluta fidelidad. A esto hemos sido llamados, a servir. La limpieza no es la finalidad. Somos limpios por la sangre de Cristo para que sirvamos al Dios vivo.[1]

 



1 Para toda esta sección sobre los ritos de purificación, ver Números 19.

2 Moses ben Maimon, exegeta, escritor y filósofo judío español, nacido en Córdoba en el año 1135.

3 Recordemos esta frase, porque volverá a salir más adelante, en el 13:11–13, con referencia a la crucifixión del Señor Jesucristo. En tiempos del éxodo, el lugar exacto de este sacrificio variaba según la peregrinación de Israel; pero nos consta que, una vez establecido el templo en Jerusalén, el lugar habitual vino a ser el Monte de los Olivos.

4 Además, en torno a la purificación realizada en preparación para el Día de la Expiación, el sumo sacerdote había de ser el objeto del esparcimiento de las cenizas y, por lo tanto, no podía ser a la vez el que realizaba el sacrificio.

5 Cuando Dios instauró este rito, siendo Aarón aún el sumo sacerdote, su hijo Eleazar fue el sacerdote designado para ofrecer el sacrificio (Números 19:1–4).

6 Estamos hablando, por supuesto, dentro del contexto del simbolismo de los ritos de purificación. Dentro del otro simbolismo de la expiación del pecado, Dios admitía en su presencia la sangre de la víctima expiatoria, porque sólo la muerte puede dar solución al pecado.

7 Romanos 8:10: El cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado.

8 Cuando hablamos de sangre, no estamos sugiriendo que haya alguna propiedad salvadora en la sangre como líquido vital, sino que estamos usando esta palabra como sinónimo de la muerte en sacrificio del Señor Jesucristo.

9 Cuando digo en primer lugar, no estoy hablando del orden del texto, sino de un arbitrario orden mío, empezando con lo más sencillo y yendo hacia lo más complicado.

10 La teología tradicional, en su afán de dar definiciones a estas cuestiones, distingue entre dos naturalezas en Cristo –si bien se apresura a decirnos que son indivisibles–, pero no admite que Cristo haya tenido dos espíritus.

11 Por ejemplo, en Romanos 8:9 o 1 Pedro 1:11.

12 Ver el versículo 15.

13 Algunos oponentes de Pablo le acusaban precisamente de predicar un evangelio tolerante con el pecado o, como él mismo dice en el primer versículo del mismo capítulo, de enseñar que está bien si perseveramos en el pecado porque así hacemos que la gracia de Dios abunde más. Contra estas, falsificaciones Pablo contesta enérgicamente.

14 Por ejemplo, el 9:9: Se presentan ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto [o servicio]. O el 10:2: De otra manera cesarían de ofrecerse [los sacrificios], pues los que tributan este culto [o servicio], limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado (10:2). Cf. también el 13:10: Tenemos un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven [o rinden culto] al tabernáculo.

15 Otro ejemplo es el 12:28: Asi que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia.

16 Aunque el autor nos recordará la importancia de nuestra sola asistencia en el 10:25.

17 Por supuesto, hay iglesias que dan una forma casi levítica a sus templos y los consideran lugares sagrados. Pero esto es volver al espíritu y a las formas del antiguo pacto. Fue precisamente para contrarrestar esta clase de error por lo que la Epístola a los Hebreos fue escrita.

18 Ver Juan 13:10.

19 Ver 2 Corintios 3:18. Mirar al Señor a cara descubierta es mirarle con el velo quitado (3:15–16). Aunque, en el contexto de Corintios, el velo en cuestión es el que cubría el rostro de Moisés, el simbolismo es parecido al que estamos viendo en el caso del velo del tabernáculo.

[1] Burt, D. F. (1994). Mediador de un mejor pacto, Hebreos 7:1–9:22 (Vol. 133, pp. 237–258). Terrassa (Barcelona): Editorial CLIE.

 

DECISIONES PELIGROSAS EN CUNATO A LA FE

Hechos 24:25

La narración de la defensa de Pablo ante Félix nos comunica la paradoja que Félix fue el más temeroso al escuchar el testimonio de Pablo. La decisión de Félix de postergar escuchar más del evangelio y no tomar la decisión por Cristo lo dejó siempre a una identificación negativa de parte de los cristianos.

 

I.  Cuando la verdad solo nos hace temblar (v. 25).

1.  Se reconoce la culpabilidad ante Dios pero no se esta dispuesto a cambiar.

2.  Aparece la cobardía porque no se quiere decidir.

II.Cuando se posterga una decisión tan importante.

1.  Es una necedad pensar que mañana tendremos oportunidad.

2.  El asunto de la salvación es un asunto de vida y muerte.

III.    Cuando nunca se decide aceptar a Cristo.

1.  No basta solo oír acerca de la fe hay que aceptarla (v. 26).

2.  Cuantos hay que escuchan el evangelio con malos motivos como hizo Félix, pero se rinden a los pies de Cristo (v. 26).

3.  Muchos prefieren sus propios interese en lugar de recibir a Cristo (v. 27).

Conclusión: Muchas personas escuchan el evangelio pero no toman la decisión por una razón u otra. Y muchos nunca aceptan el mensaje al postergar la decisión. Por eso, debemos persuadir a las personas para aceptar a Cristo en el momento propicio, el cual es ahora mismo.

Carlos Izaguirre Medina 

 

 

 

 Respuesta definitiva a un gran misterio

Por Milton Acosta, PhD

(ver sitio)

 

Esta pregunta me la hicieron recientemente; yo también me la hice alguna vez y descubrí que no estaba solo con mi inquietud. Es una pregunta válida. Aparece entre los “temas fascinantes para discusión en grupos.” De modo pues que prepárese porque ¡Llegó la hora de salir de la ignorancia!

La información sobre la vida de Jesús en los evangelios llega hasta la edad de doce años y continúa cuando ya tiene treinta. ¿Qué hizo Jesús? ¿Por qué no lo dicen? ¿Dónde está esa información? ¿Por qué nos la ocultan? Vamos por partes para poder asimilar sin problema la respuesta definitiva a nuestra pregunta.

 

Empecemos diciendo que no todas las respuestas son satisfactorias, especialmente para alguien que quiere saber de verdad. Por ejemplo, hay quienes pretenden hacernos creer que Lucas 2:40 es la respuesta, pero no lo es: “crecía y se fortalecía; progresaba en sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba.” Esto habla de lo que le pasó a Jesús, no de lo que hizo. Tiene que haber una respuesta mejor.

 

Algunos académicos han sugerido que tanto Jesús como Juan fueron parte de las comunidades de esenios de Qumrán y que allí estudiaron. Eso explicaría los “años de silencio.” La suposición se hace por algunas coincidencias temáticas entre las enseñanzas de Jesús y algunos documentos específicos usados por los esenios, como el texto apocalíptico Los Secretos de Enoc.

 

Esa respuesta tiene problemas, especialmente de lógica historiográfica. Habermas dice que (1) es ilógico pensar que si Jesús no se identificó con los fariseos ni los saduceos, entonces tenía que ser esenio; (2) si bien es cierto que existen similitudes en algunas enseñanzas de Jesús y de los esenios, también existen bastantes diferencias en temas como: legalismo, pureza, jerarquías, amistad con “pecadores” y muchas otros temas fundamentales; (3) el Maestro de Justicia de los esenios es muy distinto a Jesús; y finalmente (4) ¿Qué problema hay con que Jesús haya sido parte de los esenios si ellos también eran judíos? Vea pues cómo argumenta este autor:[1] Primero nos convence de que Jesús no era esenio, para luego decirnos que eso no cambiaría nada las cosas. ¡Cómo nos hace esto! Por eso, insistimos,tiene que haber una respuesta mejor.

 

En el segundo siglo después de Cristo se hicieron la misma pregunta, ¿Qué hizo Jesús entre los doce y los treinta años? Y también hubo respuestas. Como Jesús hizo milagros, los Gnósticos se imaginaron que Jesús desde niño empezó a desarrollar y perfeccionar sus técnicas taumatúrgicas; así, fabricaba pajaritos de barro, los echaba a volar y volaban; desde los siete años practicaba.[2] Pero quién va a creer un cuento de esos. Necesitamos una respuesta más convincente, indudable e incontrovertible.

 

Por eso, este gran misterio lo vamos a resolver aquí de una vez por todas. Sacar a la gente de la ignorancia y descubrir misterios es para un académico algo realmente emocionante. ¡Para qué se mata uno estudiando si no es para eso! Además, por la gran pasión del conocimiento, uno está dispuesto a dar estas respuestas hasta gratis. Así que prepárese porque llegó el momento de dar a conocer la respuesta a la pregunta ¿Qué hizo Jesús entre los 12 y los 30 años? La respuesta es: no sabemos.

 

Hay cosas que no sabemos por ignorantes y otras porque no se pueden saber. Cuando llegamos a esa conclusión podemos decir con absoluta certeza y sin lugar a equivocarnos que no sabemos. No existe registro sobre esos años porque para la historia que a los evangelistas les interesa contar, esa parte no es de interés. De Jesús no tenemos una biografía completa porque para la salvación de la humanidad lo que nos cuentan los Evangelistas es lo que importa, lo suficiente y lo necesario. Todo lo que se añada es especulación y suposición. Podemos suponer que Jesús aprendió el oficio de la carpintería con su padre José. Por eso Jesús es “el hijo del carpintero” (Mt 13:55). Muy sencillo, pero no tenemos más.

 

Hay temas bíblicos sobre los cuales uno tiene dudas. También es cierto que por defender ciertas cosas, a veces las autoridades académicas o eclesiásticas conspiran para ocultar cierta información, o ignoran ciertos temas. Este caso es distinto pues tenemos total certeza que no sabemos. Ahora yo pregunto, si sabemos tanto de Jesús, ¿Por qué nos interesamos más en lo que no sabemos? Preocupémonos mejor por lo que sí sabemos de él por el Nuevo Testamento directamente. ¿No le gustaría saber qué ha hecho Jesús desde su muerte hasta ahora?

 

 

 

[1]Detalles completos en Gary R. Habermas, The historical Jesus (Joplin: College Press Publishing Company, 1996), 75–81.

 

[2]“The Infancy Gospel of Thomas,”http://legacy.owensboro.kctcs.edu/crunyon/ce/koran-rushdie/koran/infancy_gospel.htm.No se confunda con el llamado “Evangelio de Tomás.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y sin contradicción, grande es el misterio de la piedad: Dios ha sido manifestado en carne; ha sido justificado con el Espíritu; ha sido visto de los ángeles; ha sido predicado á los Gentiles; ha sido creído en el mundo; ha sido recibido en gloria 

1Tim. 3:16